Desagraviemos a Llonto...

Hasta no hace mucho tiempo, en las escuelas de periodismo Pablo Llonto era una suerte de héroe. No sólo porque lo hubieran echado a patadas de Clarín, sino porque, además, escribió “La noble Ernestina”, que es, vale la pena decirlo, un buen libro.
Hoy, cuando la muchachada lo ve, da vuelta la cara y dice por lo bajo, entre otros floridos epítetos, “kirchnerista hijo de puta” o simplemente “resentido”, sea por la aguda crítica a Clarín -no sólo en el tratamiento de las noticias sino también en el tratamiento de sus empleados-, o por su identificación a priori con el Gobierno. Esto último, si se me permite la disgresión, no me resulta evidente, pero parece ser que para la abrumadora mayoría sí lo es. Claro que Llonto, con toda justicia podría decir “¿y ustedes quién carajos son?” o usar el axioma chilavertiano de “tú no has ganado nada”.
Sin embargo, en esta parte el periodista-escritor-abogado no es relevante. Su figura aparece de forma colateral en algo mucho más profundo, que es la pelea grande entre el Poder Ejecutivo y el Grupo Clarín.
Aclarémoslo, en esta pelea no hay buenos ni tampoco malos. Hay dos grupos que defienden intereses divergentes, fundamentándose en premisas que parecen nobles pero que terminan siendo falsas.
Por un lado, el grupo comandado por Magnetto, esgrime la libertad de expresión y golpea como un partido político en pos de evitar la desarticulación de su holding nefasto -que también hay que decirlo, no es monopólico, pensar realmente eso es pecar de pelotudo-. Mientras que por otro, el Poder Ejecutivo enuncia los derechos del “pueblo”, para intentar desactivarlo, pero con un fin más carnal: la continuidad de una forma del ejercicio del poder.
Analizarlo de otro modo es dar por sentado que “el pueblo” tiene unos derechos distintos a lo largo del tiempo; es decir, cuando Clarín y el Poder Ejecutivo hacían negocios en conjunto los derechos eran otros, menos relevantes en lo que a divergencia de medios y a calidad democrática se refiere. Y ahora que ambos conjuntos de poder están en pugna, los derechos de “el pueblo” reverdecen y al grupo hay que desmantelarlo. Aunque, claro, en estos últimos 20 años nadie aclaró quién compone "el pueblo", qué significa, porque está claro que "el pueblo" no somos todos, sino la parte reducida que se adueña discursivamente de un término sociológicamente indefendible.
Pero más allá de los nombres, aquí nos encontramos con algo mucho más interesante, el enfrentamiento entre dos formas distintas del ejercicio del poder, el discursivo-económico de Clarín y el factico-político del Poder Ejecutivo. Y la pelea se presenta encarnizada, porque el diario -principal aparato de influencia política del grupo- no perdió influencia en su público diana, y el Ejecutivo muestra signos de agotamiento de cara a una sociedad cada vez menos tolerante a su estilo.
El tiempo límite de esta pelea son las elecciones y los dos contenientes lo tienen claro. Ese será el tiempo de llegar a un arreglo.
Mientras tanto, deberíamos desagraviar a Llonto y aconsejarle que se desligue, porque los políticos –y no la política- usan y descartan, y al final lo terminan manchando todo.

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