Todos los caminos llevan a… (sobre el manual de estilo y afines)

El título original era “todos los caminos llevan al índice onomástico de la concha de tu hermana”, pero me pareció un poco fuerte para los fines del blog, quizás por prejuicios míos o, más bien, por una buena y ejercitada rutina de estilo que, en otras palabras, es ponerse el collar y dejarse andar.

“El Manual” o “El libro” no es otra cosa que un contrato con fachada de “sugerencia” que dice cómo escribir lo que tenés que escribir y a quién no tocar ni de cerca con las palabras. También es un documento que le sirve al empleador para, en caso de incumplimiento sistemático, efectuar una aparatosa eyección que no tendrá repercusiones en ningún lado, hecho conocido como “patada en el culo”. Que más que despido de un medio es un exilio del mundo periodístico ortodoxo.

Es obvio que “El Manual” es en cierta medida necesario, ya que si cada quien escribe lo que quiere, cualquier diario, más que diario es un cabaret. Y hasta hay algunos que son relativamente buenos. Por ejemplo, el del viejo Diario Perfil que, al parecer, les llevó más tiempo editar El Manual que cerrar el diario. Otro bastante bueno es el de La Nación, si no fuera por esa cosa de moral rígida y conservadora, que tiene poco que ver con la ética periodística. El de Clarín, para no perder la costumbre, es una payasada.

“El Manual” es el primer límite de la escala. Después vienen muchos y más severos que conllevan una “edición” “nada antojadiza” de las notas.

Pero el periodista -tanto más si es joven-, aparte de ser un escritor que nació minimalista y con fiaca, es un animal díscolo que mirá la soga con recelo, y entre tanto formalismo se pregunta dónde quedó aquello de la verdad, la obligación y la realidad. La respuesta es cruel: esas cosas se perdieron en la publicidad, porque como un mal supranumerario, hoy tiene más veracidad la propaganda del champú que cualquier editorial.

En resumen, casi todos empiezan queriendo ser Rodolfo Walsh y de a poco se los van comiendo “El libro”, el trabajo de oficina y esa runfla de patanes que cuida su trabajo más de lo que debiera como ávidos custodios de "El Libro", a los que se llama editores. Así el trabajo se encoje, se hace frío, mercenario y maquinal, cuestión que tiene como resultado una contradicción mayúscula: lo que actualmente se conoce como periodismo, no lo es, se ha transformado en otra cosa.

Esto a lo que le dicen prensa, devino en el acto repugnante de gacetillear sobre una realidad -una realidad cualquiera, dependiendo de “El libro”-, sin siquiera un mínimo de análisis y que a la postre, termina siendo un insulto a la inteligencia del lector que confía en el contrato. Y eso más que periodismo es una estafa… o mucho peor que una estafa, es traicionarse a uno mismo.

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