Esa cosa de escribir

Escribir, dicen todos, debe ser como un trabajo. Sentarse horas y horas a garrapatear probabilidades, esperando dar con la forma concreta que despierte la magia última que es, en este caso, tener un lector. Y salvo que uno sea un iluminado de la literatura contemporánea, el primer paso es inamovible.

Sin embargo, una vez resueltas las complejidades de las apetencias y las linealidades, queda un último gran escollo, el tema. Y esto es tan complejo como definir al Ser, tan simple que está en todas partes y tan complejo que no puede pronunciarse.

Vista de cierto modo –de un modo alejado de las novelas de Suar, la cotidianeidad tiene ribetes fantasmales y de otro, pequeñas profundidades filosóficas. El problema radica en ubicarlas, concentrarlas y hacerlas legibles, otra vez, lejos del costumbrismo acartonado y repetitivo de Suar.

Así, un acceso de fiebre puede convertirse en una expedición por las selvas de Sumatra y la neumonía, en un policial que transcurre en un universo paralelo donde todos los hombres dicen “por favor”, “gracias” y se saludan con la mano izquierda, aunque irremediablemente siempre haya un muerto.

A estas alturas, todos sabemos que el “realismo mágico” es una forma un tanto artificiosa de esconder la literatura bajo otros rótulos, pero ayuda con la idea de que todas las elucubraciones son posibles. El riesgo es la mala literatura y los ejemplos son todos los otros libros de García Márquez que no son “Cien años de soledad”.

Pero todo remite a lo primero, que es elemental y que en la mayoría de los casos falla: sentarse y fracasar en el intento hasta que por fin, en el desvarío imposible de la multiplicidad, encontramos como por casualidad una línea que merece ser contada y que habla de infinitas palabras que no necesitan escribirse. Ese es el principio y el fin de la escritura. De no ser así, uno incurre en el “costumbrismo irrelevante” por más ficcional que sea el relato, o bien se dedica al periodismo.

Parafraseando a un escritor legendario, no hay historias pequeñas, hay escritores incompetentes. Pero para competencias y otras argucias del estilo, se necesitaría un artículo que hablara de las providencias del talento como un bien no negociable, y eso hoy, está fuera de moda.

Aun así, el trabajo de escribir es para todos el mismo, sentarse y diseñar otras vidas con indistintos toques de fantasía e innumerables dotes de imaginación, que bien podrían ser nuestras vidas, aunque con eso se recaería en el mal gusto de la autobiografía, que siempre es ficcional, literaria y, por eso mismo, remite a una autocompasión y a una fiebre de posteridad vergonzosa.

El acto de escribir se logra con trabajo, pasión y talento, y ninguna de esas fórmulas puede transgredirse, aunque algunos tengan una inclinación natural y particular por alguna de ellas, la falta de las otras nos convierten en una aberración, en un estratagema trunco, en cualquier cuento de Cortazar.

(Publicado el 25 de octubre de 2009)

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