Esos viejos chiches nuevos.

Con la locura del Facebook, los blogs quedaron arrumbados en un rincón junto con todas aquellas cosas que hoy nos resultan inútiles como el latín, el Atari y la religión. Lo que, en realidad, no está tan mal, aunque plantea un serio dilema a los periodistas.


El problema es qué hacemos con todos esos títulos horrorosos que habíamos pergeñado y con esas historias de vida insignificantes que tratamos de elevar a fuerza de mistificación y adjetivo, y que hacen un revival algo grandilocuente del lugar común (y todos odiamos el lugar común).

El blog nunca respondió a una necesidad -en este caso, de la expresión-, sino que fue un juguetito nuevo y advenedizo que con el tiempo, como es natural, devino. No se murió, pasó de moda, cosa que en algunos casos, es peor que la muerte.


(25 de abril de 2010)

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