La muerte de un boliviano

Adams Ledesma era periodista y villero, periodista y boliviano, periodista y pobre y, en su conjugación más triste y actual: periodista y muerto. Pero sobre todo, era un luchador social que trabajaba en el mensuario “Mundo Villa” y en la cooperativa de TV del mismo nombre, donde escribía sobre la problemática de la 31 bis.

El 3 de septiembre amaneció cosido a puñaladas en uno de los tantísimos pasillos de la Villa, donde se mezclan la desidia de los gobiernos y las carencias, de espaldas a lo más chic del mundo porteño. Ultimaron a un periodista y la noticia no apareció en ningún medio tradicional. Apenas cinco o diez líneas en las crónicas policiales, que más que crónicas son gacetillas… unas gacetillas infames que NO señalan que una de las sospechas más fuertes que maneja la justicia es que el móvil del crimen haya sido su actividad profesional.

La metodología no es nueva, es un clásico de los grandes medios argentinos. La inclusión desde el impacto de lo policial y la exclusión desde el punto de vista simbólico. Para los medios, no mataron a un periodista, mataron a un boliviano villero que no conocía nadie... o casi nadie… o muchos más de los imaginables a priori, si se tiene en cuenta su marco de acción.

La Relatoría para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), solicitó “a las autoridades una investigación oportuna y efectiva que revele las causas del crimen e identifique y sancione a los autores materiales e intelectuales”, una investigación infructuosa, que sin la presión de los medios terminará como un crimen irresoluto, con alguna que otra marcha esporádica que los locutores de TV sindicarán como piquete, corte de tránsito o algún otro termino igual de insultante que en ese momento esté en boga... sin hablar de "los ánimos destituyentes", dependiendo de dónde venga la mano.

Cuando asesinaron a Cabezas, la reacción fue inmediata. Las noticias llovían de a motones y la “patria periodística” se levantó en pleno para condenar el hecho. Para pedir justicia. No venganza, sólo justicia. Todavía se recuerda la banda negra de las tapas de Clarín, las tapas memorables de página 12, las ediciones de la revista noticias. Pero hoy mataron a un periodista y la prensa descansa. Hoy la noticia que escandaliza es la prisión domiciliaria a Prellezo y la que edulcora, es la del recital gratuito de Zubin Mehta…

¿En qué clase de monstruos nos hemos convertido en la Argentina, cuando le damos tapa al lloriqueo bobalicón de Alfredo Leuco diciendo que un bloguero lo amenazó, mientras que a otro periodista mataron y nadie dice nada de nada? ¿Cuáles son los peligros reales a la libertad de prensa y expresión? ¿Vale más la clausula de desinversión de una nueva ley de medios que el asesinato a sangre fría de un comunicador?

Hoy nadie hace preguntas, nadie da respuestas, pero no porque no las haya o no se les ocurra, sino porque la muerte de un boliviano pareciera carecer de importancia.

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