Entre rendir y suicidarse

¿Cómo hacer para preparar un examen sin pegarse un tiro en la sien? Esa es una pregunta que todos nos hacemos cuando vemos el cuerpo teórico. Pero el problema en sí no está en el corpus sino en el azar. Vemos las mil páginas y acometemos la embestida lectora pero el problema no es comprender o no comprender -en realidad sí, pero nos dirigimos a otra cosa-, el problema es el no saber qué de esas mil páginas nos van a preguntar. Si uno supiera las preguntas de antemano se acabaría el problema, nos atendríamos a resolverlas inmediatamente y fin de la cuestión. Pero esas cosas pocas veces pasan.

Como el fin de este artículo no es armar una metodología de estudio ni una teoría categórica sobre el aprendizaje, nos vamos a atener a lo evidente, o sea las cuestiones que en medio de la crisis paranoica preparcial no se toman en cuenta pero que tenerlas en mente ayudan a organizar la cosa.

Toda instancia de examen evalúa comprensión y memoria, aunque hoy esté de moda decir que vale más la comprensión del proceso que la memoria, esto es un error conceptual. Si usted comprende las fases del proceso “X” pero no puede definirlas es aproximadamente nada, porque la comprensión no puede sustentarse de forma retórica, es decir lógicamente estructurada y empieza el lenguaje concéntrico o lo que en el barrio llamamos “cuento chino”.

Entonces, el proceso de estudio para un parcial consta de tres partes obvias: leer, comprender y memorizar. Comprender es entender cómo opera el proceso, es leer, defragmentar, resignificar y volver a construir el cuerpo del concepto. Darse cuenta cuándo esto se logró es bastante sencillo, a partir de ahí se es capaz de ejemplificar. Entre más gráfico sea el ejemplo -gráfico, gracioso, significativo, lo que prefieran-, más sencillo es reconstruir el tema.

Como decíamos, uno puede hablar indefinidamente del ejemplo, pero si no se memorizan las categorías por las cuales la teoría que da sustento al ejemplo, esto no sirve para nada. Ahí viene la parte de la memorización. A veces comprensión y memorización vienen de la mano, en tanto el ejemplo es más gráfico, pero nunca debe perderse el punto de que en el ejemplo que armamos en nuestras cabezas lo que estamos reconstruyendo y resignificando es la teoría y no el ejemplo.

De esta manera, por medio del ejemplo y la memorización se llega a una valorización de la teoría que se deconstruye en una serie de palabras, que en lugar de ser etiquetas o índices que nos llevarían al camino inverso, son palabras cargadas de significado. Y estas son las que nos permiten organizar el conocimiento sobre “X” para luego enviarlo sobre la página del examen.

Todo texto, por extenso que sea, puede limitarse a un puñado de palabras cargadas de significado. Excepto que los textos sean difíciles de comprender o carezcan de coherencia aparente, lo que podríamos llamar con bastante sorna como “la intelectualidad intelectualizante de los intelectuales”, que es ni más ni menos, gente a la que le gusta escribir en “intelectual”, es decir en difícil, porque ese mero acto les asegura la permanencia impoluta de su ego, tanto más cuando este lenguaje no es necesario.

Hasta ahora definimos algunos pasos lógicos, evidentes… obvios: leer, comprender, memorizar. Dentro de estos, algunos pasos más, deconstruir, resignificar, reconstruir en términos cargados de sentido.

Ahora, ¿cómo puedo separar lo importante de lo accesorio dentro de un texto? Bueno, la primera respuesta es sencilla: leyendo. La segunda también es sencilla, con separaciones de valor de las categorías. Y una de las maneras más sencillas es con colores.

Quién sabe por qué cosa evolutiva del cerebro se tiende a asociar los colores oscuros con lo grave y los claros con lo sencillo, pero aquí tenemos una forma de segmentar: las ideas centrales en color oscuro, las de mediana complejidad dentro de la estructura lógica del texto, de color más claro. Entonces, en una segunda lectura, ya se tienen las ideas principales de forma mucho más accesible. Es decir, la cuestión parece llevar mucho más tiempo pero en realidad, es más económico. Acá vale recordar que esto no es una teoría del conocimiento ni una construcción metodológica del estudio, sino una idea, una hipótesis sobre organización.

Hay gente a la que le gusta tomar notas, apuntes, cuadros sinópticos, redes conceptuales y demás, que son estrategias válidas, pero si se tiene el tiempo necesario para sentarse a escribir, sin lugar a dudas yo no tendría que sentarme a escribir esto. Se parte de la premisa de que para el examen siempre hay poco tiempo. Y por más que el lapso de tiempo sea importante, digamos un mes o dos hasta el parcial, el tiempo siempre parece poco. Entonces, dejemos escribir a los que tengan tiempo y ganas, y sigamos con lo nuestro.

Ciertamente, es gracioso y tensionante al mismo tiempo ingresar a un aula y ver la histeria colectiva, releyendo hasta el último instante los papeles arrugados y las copias que de tanto pasarle el fibrón, el color ya es indefinido. Es conveniente pensar en probabilidades: ¿cuáles son las chances de que justo en el último instante, cargado de nervios y a toda velocidad llegue a leer algo que, muy azarosamente luego me preguntarán y que yo, en esa instancia, podré resolver? Ciertamente son escasas. Lo mejor, si se es pesimista, es pensar que si a uno le va mal seguramente habrá otro a quien le vaya peor, y así estaremos en paz con nosotros mismos.

Pero más tranquilo se está aún sabiendo que fue posible resignificar y valorizar los conceptos a través de este camino: Teoría-significación (ejemplo)-Teoría. Partimos de un lugar para llegar a ese mismo sitio pero de una manera distinta, con el conocimiento ya apropiado. Así que a tomarlo con calma.

El problema es la variabilidad de las preguntas, pero las respuestas son el orden lógico del conocimiento que adquirido. Y la vía que usamos en este texto nos permite algo importante y valorable para cualquier evaluador: la capacidad de interrelacionar teorías, textos, conceptos o ideas de distintos autores. Entonces, a las preguntas no hay que tenerles miedo, lo que se extiende al parcial que no es más que un cúmulo de preguntas.

Otro problema grande es el que vamos a llamar (por llamarle de algún modo) el “síndrome de la mente en blanco”. Horas antes del parcial parece que uno no se acuerda de nada y ahí empieza la vorágine de releer y releer, cosa que acrecienta el miedo y se transforma en una espiral.

Esto pasa por algo simple, en realidad. Quizás tengamos el conocimiento pero le falta el contexto de expresión, la pregunta en sí. Nadie puede repasar la totalidad del conocimiento adquirido en cualquier momento, falta el medio que le ponga límite, o sea la pregunta.

Cuando vemos la interpelación directamente en la hoja, el corpus de conocimiento que se adquirió en el proceso de estudio se enfoca y se dispara, porque, volvemos a repetir, nadie puede responder todo junto al mismo tiempo y en el mismo espacio. La pregunta segmenta el conocimiento, inquiere sobre una faceta del conocimiento adquirido y ahí es donde además de responder en un texto que quizás merezca cinco renglones, avanzamos en la interrelación del significado, de aquellas palabras cargadas de significado que decíamos al principio. Y es de esta manera que al final comprendemos que lo importante de una instancia evaluatoria no son las preguntas sino el conocimiento.

Difícilmente se apruebe porque se tiene suerte, ya que sería lo mismo que apostar a la quiniela y ganar; se aprueba porque se sabe, se sabe porque se entiende, se entiende por un proceso de orden lógico. Pero como este proceso no es perfecto -repetimos, es una hipótesis que cada uno comprobará o refutará-, no asegura la aprobación de la instancia evaluatoria sino que aumenta las probabilidades de aprobar y las aumentará sustancialmente, cosa que sería casi como aprobar pero a la que sólo le hace falta llevarla a la práctica.

(Sin corregir y sin soplar)

Twitter: http://twitter.com/#!/cristianmaier

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