Cinco pesitos pa' la birra

Supongamos que le doy un papel que dice que vale una cantidad determinada y en un acuerdo de partes, usted acepta que ese papel vale ese monto sólo porque yo soy yo y usted es usted. Aquí, en este momento, con mi lapicera Parker azul y la contratapa del diario Olé. ¿En qué se convierte ese papel? Bueno, se convierte en un acuerdo medianamente tácito de que ese papel vale tanto y no tanto otro. O mejor dicho, en la certificación de ese acuerdo que se basa en nuestra confianza mutua pero que carece de valor real. Es decir, mi confianza y la suya en ese determinado momento vale esa cantidad.
Obviamente, resucitando un poquito a Marx (pero no mucho), si somos miembros de una comunidad en donde todos nos tenemos muchísima confianza, ese papel resultante del acuerdo de partes adquiere valor de cambio. Usted puede cambiar mi papel que dice que vale tanto por un producto que tiene valor de uso y que se estima en esa cantidad.
El valor del objeto es arbitrario en términos de cambio y en esto tiene mucho que ver el sentido común. Yo puedo cambiarle una vaca por una naranja si es que las partes estamos de acuerdo, en tanto que usted necesite mucho una naranja y yo, una vaca. Entonces, ese valor de uso se transforma en valor de cambio y no tiene nada que ver con la confianza ni con la escasez, sino con la necesidad. Usted cambia “X” por “Y” porque necesita más lo primero que lo segundo y no al revés, sino el cambio carecería de sentido.
Pero como el mundo no funciona de manera eficiente con vacas y con naranjas, suscribimos a los papelitos. Papelitos que ya toman otro nombre, se transforman en letras de cambio. Y esto es bien claro, en lugar de intercambiar especies, intercambia posibilidades.
La letra de cambio, por su naturaleza, trasciende al papelito, se convierte en una ventana a las posibilidades de obtener cualquier cosa que se encuentre dentro del monto del papel. Digamos, usted tiene su fuerza de trabajo y la cambia por papeles en lugar de cambiarla por objetos de uso. Estos papeles pueden significar un televisor, una vaca, una naranja o cualquier cosa.
Sin embargo, nos damos cuenta que hay algo que sustenta el valor de la letra de cambio y que no se da entre las personas como tal, sino entre las personas y las instituciones, también conformadas por personas.
Entonces, seguimos con la palabra confianza como a priori del papel. Uno confía en el Estado y por eso llegamos a un acuerdo colectivo de que eso vale lo que dice que vale. Pero ¿qué pasa si la confianza se pierde? Pues bien, se recurre a otro tipo de moneda con la plena confianza de que esta sí, al fin, se mantendrá estable en tanto valor constante. Lo que significa una constancia su semiinfinita posibilidad de sustituciones por objetos.
Pero la pregunta vuelve, ¿en qué se basa esta confianza? Estimo que se sustenta en la necesidad de establecer una norma tanto del valor de los papeles como de los productos que pueden adquirirse, y es esta norma la que se transforma en necesidad para no caer en la cuestión anárquica. Esta necesidad de norma es, a la vez, necesidad de consenso. Es decir, la norma es restrictiva y por eso mismo establece las bases del acuerdo entre partes. De otra manera, ocho horas de su fuerza de trabajo no tendrían correlación con el cambio por una cantidad determinada de papeles pintados que dicen valer tanto.
Conclusiones hasta ahora: platita, norma, confianza, consenso. Pero nos faltaría una cuestión importante en nuestro análisis de sofistas de café. ¿En qué se sustenta la moneda? Hasta Bretton Woods, esta se sustentaba en el valor del oro y el valor de este en su escasez. Después de Breton Woods, se sustenta en la abstracción. Es decir, se convierte el dólar en la medida de las otras monedas.
O sea que la moneda en su núcleo, no tiene otra sustentación más allá del acuerdo. Ya no a nivel minorista, entre dos personas que en lugar de intercambiar una vaca por una naranja, intercambian papeles; sino a escalas más grandes: Gobiernos, organismos internacionales, bancos, etc.
Pero entre estas entidades lo que sustenta la significación de los papeles es, de nuevo la confianza. Pero en su centro, el billete no tiene valor, no tiene base sólida en nada más que en la abstracción.
Sin dudas existen mecanismos de regulación que exceden mis conocimientos ya que no soy economista sino que, a veces, pienso. Y así como pienso veo el absurdo de que tanto los Gobiernos como los particulares muevan su gestión y su vida por un cúmulo de papeles que sólo significan confianza y que, cada vez nos quedan menos dudas, esta confianza es infundada.
Por ejemplo, el petróleo es escaso y, por lo tanto, vale esto. Pero las dudas no están en que sea escaso sino en por qué se dice que vale esto. Dos abrigos tienen el mismo valor de uso sin embargo, distinto valor de cambio medido en billetes. Y aquí, sin ponernos psicologistas debemos recurrir a la naturaleza del hombre de hoy, a eso que algunos llaman (o llamaban) “ansiedad de estatus”. Las cosas dejan de medirse por su confort y comienzan a medirse por su “exclusividad”, cuestión que no tiene que ver con lo lindo, lo feo, lo cómodo o lo incómodo, sino en la imposibilidad de otros de obtenerlos, por supuesto, medido en dinero y no en otras variables. Y aquí tenemos la cuestión de diferenciarse, que ya pertenece a otro tema.
Y vemos el dinero, con la cara de los próceres… ¿alguna vez nos preguntamos por qué los billetes tienen caras de personalidades significativas de nuestra historia? ¿Será para generarnos más confianza? ¿Será para fidelizarnos a la idea de qué el dinero tiene sentido y que es algo más que la abstracción del cambio de una vaca por una naranja, con un slogan del tipo “Soy Sarmiento, úseme para hacerle bien a la patria”?
Y vemos que en núcleo del dinero hay un vacío que se llena con acuerdos que nos trascienden y que nos superan. Individualmente, si usted decide que el dinero no vale el papel en el que está impreso, seguramente será muy estimado por las lides de “intelectuales”, pero también morirá de inanición por esas mismas ideas acaso revolucionarias que surgen del mero, escaso, pobre, anticuado derecho a pensar. Y si usted piensa más en profundidad -porque estas palabras sólo quieren servir de disparador-, se dará cuenta de que en la base de nuestra vida de las ciudades grandes, esas donde abundan los antidepresivos, los ansiolíticos y la metafísica de bar, el vehículo a la infinidad imperfecta de los objetos alberga una nada grandiosa, nacida en un acuerdo entre partes que cada vez parecemos olvidar más.
Entonces la cuestión será replantearnos las cosas y ofrecer modelos superadores, sustentados en otros tipos de acuerdo. El acuerdo que sostiene la necesidad es triste, ofrece la posibilidad de adquirir una ventaja sobre los demás. Pensemos qué tanto supera a la necesidad un acuerdo que tome como inicio lo solidario, el que nos permita mirar al otro en lugar de esforzarnos en ignorarlo.
Los papeles, son papeles. Y por su estructura molecular -En un ámbito ideal- tienden a durar más que las personas. Quizás debamos pensar un poco más en esto antes de actuar.

No hay comentarios. :

Publicar un comentario