El periodismo y la mar en coche

Históricamente no hay nada que ligue al periodismo con la verdad. Sí con la objetividad (aunque esto lo descartamos de plano), pero objetividad y verdad no son lo mismo. ¿Por qué no son lo mismo? Porque por el problema de las palabras no puede suscribirse todo de manera directa y verdadera. La enunciación nos genera un problema. No es lo mismo decir “el hombre se alejó del lugar”, “el hombre corrió del lugar” o “el hombre huyó del lugar”. Podemos establecer que las tres frases se refieren a lo mismo de diferente modo y es en este modo diferente donde radica la cuestión.
Se dice que el periodismo trata sobre información, que esta se extrae de los hechos y que los hechos son lo que pasa en lo que denominamos realidad. Pero la pregunta es, como bien dice el sociólogo uruguayo Silvio Waisbord, ¿cómo carajos el periodismo construye el hecho? Podemos decir fácil, con el cantito del loro: agenda setting y empezar con la cantinela de que para los medios el espectador real no existe, sino que es una abstracción, una idealización un tanto indeterminada dentro de un grupo de segmentación de gente cualquiera.
Y aquí no debemos pasar por alto que la construcción del hecho tiene dos aristas importantes. Primero, como dijimos, que el periodismo construye los hechos y, segundo, que los distintos grupos de interés (sea de vecinos, de manifestantes, de activistas, etc.), construyen un acontecimiento para el periodismo. Porque hoy, si no hay cámaras, la cosa no existe. Y si la cosa no existe, listo, se acabó.
El periodismo o, mejor dicho, los periodistas, no son malos en sí. No son un nido de caranchos que van detrás de la desgracia ajena. Hay más bien un interjuego entre el que sufre la desgracia y el que busca publicarla, porque detrás de este arreglo hay una cosa chiquitita e importante que suele pasarse de largo: hoy el medio legitima. ¿Y qué cosa legitima? No la verdad sino lo verosímil, pero una verosimilitud que cada vez requiere más de la suspensión de nuestro juicio crítico. Así como también hace más elástico el criterio de objetividad... tan elástico que se transforma en otra cosa.
“Tres personas murieron en espectacular accidente” es un título que puede leerse hoy en cualquier diario y verse en cualquier medio. Ese título telegráfico da la idea de objetivismo. De hecho, es norma dentro de las escuelas de periodismo que en los policiales los muertos siempre van primero. Ya en la conjunción de las herramientas periodísticas se encuentra la arbitrariedad, las WH son en sí arbitrarias y reminiscentes de una época que conjugó al telégrafo con el cartesianismo.
Y cuando se comienza a deconstruir se observa que en cada uno de los factores que conforman la noticia hay un grado mayor o menor de arbitrariedad. Lo hay en la observación del “hecho”, en los datos que surgen, en la cuestión editorial que tamiza esa porción de realidad ya dos veces digerida, en el establecimiento de la noticia donde se da una nueva reelaboración y, por último, en la comprensión lectora del espectador. ¿Qué es lo que queda de la objetividad periodística luego de tantos pasos que van limando una cuestión ya de por sí doblemente arbitraria como el “hecho”?
No hay verdad en el periodismo, ni tampoco objetividad. En el periodismo hay una forma de discurso que es, precisamente, periodístico y que se aleja en menor o en mayor medida de la realidad en tanto podamos establecer una definición de realidad. Pero esta definición no se aprende de los libros sino en el acontecer particular de la vida. Decirle a usted qué significa realidad para Aristóteles, para Rorty o para Bunge, carece de sentido en tanto que en su praxis diaria esto es irrelevante y sólo serviría para sorprender a amigos y extraños en coctails de “intelectualoides”, donde les gusta mucho citar a Marc Auge y a algún que otro filósofo de la posmodernidad, sobre todo porque escriben en corto.
Pero el hecho es que dudosamente la verdad esté en la realidad, porque las dos cosas en tanto usted es un humano que piensa y discute (en el mejor de los casos), aun a riesgo de caer en el pandiscursivismo y la relatividad, nos generan dudas y puntos de vista encontrados. Así, ¿cómo podríamos unir a lo periodístico con lo verdadero y, luego, con lo objetivo? ¿Es esto necesario?
El periodismo es un género, tiene sus propias formas y sus propios métodos, pero como dijimos antes, en todos esos pasos hay arbitrariedad. Es decir, la realidad que llega a través de los medios es muchas veces (demasiadas), irrelevante. Y esta irrelevancia sustentada en notas tales como “Asalto a un kiosco en la 9 de julio” trata de subsanarse con la espectacularidad. Los sustantivos y los verbos tienden a ser reemplazados por adjetivos y descripciones que sitúen al espectador en el lugar de los hechos.
Es la espectacularidad lo que atiende a la “vía emocional”, tan bien estudiada por el marketing y por las novelas de Tolstoi y Dostoievski. Lo emocional suspende lo racional en cierta medida. El espectador se introduce en la acción del relato. El espectador cree estarse informando, pero la noticia es en sí insignificante.
El afán de por la primicia y ese invento extraño y desprolijo del “periodismo ciudadano” tienden a complicar más las cosas que a subsanarlas. Por la misma vorágine a la que nos sumergen los canales de noticias de 24 horas y las páginas web con actualizaciones constantes, todo es noticia, hasta lo que no es noticia. Y eso que ya sobre lo que es noticia tenemos buenas y fundadas dudas.
Entonces, ¿qué es lo que nos liga al asalto en el kiosco en la 9 de julio, a los crímenes violentos en el conurbano, a los atentados de hace unos días en Oslo, a la muerte rutinaria por inanición en el norte? Nada. El género periodístico entra cada vez más en el género literario como una necesidad de espectacularización y de trama.
En la velocidad de los medios, la noticia y no noticia, se vuelven en una contradicción constante y necesaria por la dinámica misma que han engendrado los medios. La producción del acontecimiento por parte de las personas para atraer a los medios conjuga una arbitrariedad por partes iguales, desde los cortes de calle por la matanza de animales, por los cortes de luz, por los pedidos ya no de justicia sino de seguridad, por los planes sociales y una multiplicidad de etcéteras que nos llenarían varias páginas.
De este modo, la noticia es inducida, sea válida o inválida la causa, y con esto se suma un nuevo punto de arbitrariedad a lo que ya venimos hablando. Pero en este caso, la arbitrariedad parte de una razón dialógica: yo les ofrezco un acontecimiento y llegamos a un acuerdo entre partes, siempre y cuando este acuerdo no contravenga los otros arreglos del medio, políticos o económicos, que le dan sustento.
Podemos hablar de “independencia periodística”, pero su resultante no redunda en un aumento de la objetividad ni en un acervo epistemológico de la construcción del hecho. Sólo quita variables del medio, sólo eso, nada más.
Sin embargo podemos preguntarnos por qué razón la gente lee los diarios, mira los informativos, se actualiza constantemente por las redes, si al cabo al final del día tiene más importancia el dolor de muelas que lo atormenta por las noches que las masacres en Tanzania o el resultado de las elecciones en un distrito lejano tomando como centro su lugar de referencia. Siempre en la actualidad, sin importar las condiciones, la referencia al mundo es uno mismo y el mundo es eso que pasa mientras estamos haciendo otras cosas para nosotros significantes (quizás un poco lamentablemente).
La noticia hoy, y ya con todo pragmatismo, es mercancía. Las mercancías se consumen aunque no sirvan de nada. Y sin embargo nos preguntamos, ¿el periodismo sirve para algo más que para averiguar el estado del tránsito?
Todos los discursos (absolutamente todos me atrevería a decir) trasuntan ideología. Los diarios se leen más por costumbre y por afinidad ideológica que por cualquier otra cosa. “Piquetero”, “Manifestante” y “Activista” quizás para usted sean sinónimos aunque en realidad no lo son. Pero en esta diferencia entre los términos usted se sentirá más cómodo con uno que con los tres, y esto de objetividad no tiene nada. A todos, los medios nos construyen una realidad que ya de por sí es de segunda o de tercera mano. Y lo importante no es que esto sea así, sino que usted lo sepa y que en base a eso tenga nuevas herramientas para analizarlos críticamente, sino el periodismo adquiere un poder desmesurado y nos encontraremos bajo una égida distinta, quizás mejor, quizás peor, pero igualmente deleznable, en donde le dirán no qué pensar ni cómo pensar, sino sobre qué pensar y sobre qué no. y esa se convertirá en la realidad, una realidad que se construye desde arriba, insignificante y atrayente por partes iguales, sólo que cada vez más alejadas de lo que nos acontece a diario y, por eso mismo, más estrafalaria.
Borges fue un escritor genial. Acompañado por Bioy Casares fue un tanto menos brillantes, pero de todas formas igual de envidiable. Y allá por el 67 escribieron en conjunto “Esse est principi”, una parodia exquisita con la que nos atrevemos a cerrar: “No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del '37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un géne­ro dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”. Una crítica brillante que debe darnos mucho que analizar. al fin y al cabo, quizás el periodismo sea lo que nos dé que hablar al otro día en la oficina y decir, "pero che, qué barbaridad. Esto antes no pasaba" aunque siempre pasó lo que pasa y lo que pasa seguirá pasando, a pesar de Tinelli que también, aunque usted no lo crea, también es noticia.
(Sin corregir, sin soplar y casi sin pensar)

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