Experiencia de gobierno y voto, una falacia compartida

I

Las elecciones nos ponen ante muchas falacias, pero hay dos que de momento nos deberían resultar importantes y una de ellas es la que vamos a tratar hoy. La otra se la dejaremos a los politólogos o a los filósofos, que son los que se encargan de refinar los sofismas.

Por un lado, hay una mentira que de tan grande parece creible: que la democracia actual es representativa. Esta es la cuestión que no vamos a tratar, por lo menos por ahora.

De la otra mano tenemos un tema más naif y que, por lo tanto, se asocia mucho más al sentido común. Es la enunciación, “No lo votaría, ese muchacho no tiene experiencia de gobierno”.

La frase es simple y concreta, casi una sentencia. Se centra en el sujeto, el candidato, “ese muchacho” y en la capacidad de gestión, “experiencia de gobierno”, y por último en la praxis, “No lo votaría”, y que levante la mano el que no escuchó esas palabras.

A primera vista parece un juicio bastante acertado, ¿cómo va a gobernar el almacenero de la esquina de mi casa si no tiene experiencia? Pero la misma pregunta pone en vista lo absurdo de la premisa y se consume con otra pregunta, ¿por qué no? O sea, la afirmación del juicio nos lleva a la evidencia del prejuicio.

Nos preguntamos qué significa experiencia de gobierno, ¿significa efectivamente experiencia de gestión, experiencia ejecutiva o representa otra cosa?

Si gobernar y gestionar son sinónimos, cualquier gerente o director de una empresa podría calificar fácilmente como “candidato” para el puesto “X” de la gestión pública. Debería ser claro que no se refiere a eso ya que los cargos ejecutivos de la antinomia público/privado se manejan desde lógicas distintas, el privado desde el criterio de eficiencia en la rentabilidad, el público desde el fin de Bienestar Social que, por lo general, no es rentable.

La Argentina ya probó en hacer del gobierno una gerencia y los resultados fueron catastróficos.

Entonces descartamos la gestión de nuestra reflexión. Pero sigue vigente la pregunta sobre qué significa experiencia en este sentido. Nos queda una única expresión, la de gobernar o haber gobernado algo, y esta es una expresión discriminatoria.

II

Parece inocente, pero las expresiones del tipo “no puede gobernar porque no tiene experiencia de gobierno”, “no lo votaría porque no tiene experiencia”, cierran un círculo. Son excluyentes en el sentido de haber sido “X” para ser “X”. De esta manera, los únicos que pueden ejercer cargos ejecutivos son los que ya ejercen o ejercieron estos cargos, lo que genera una suerte de “sector privilegiado” que vela por sus intereses en una cuestión probabilística: si el círculo se amplía, las chances se reducen y tienen menos posibilidades de resultar electos. Y si un sector vela por sus intereses en términos de sector o clase (política), ¿puede al mismo tiempo velar por el interés general? ¿Esto significa experiencia? Esto, más que experiencia tiende a un intento de inmutabilidad.

Se demuestra de manera sencilla: enumere los intendentes/gobernadores que están desde hace más de 15 años en sus cargos, haga un promedio, visualice la cuestión y, por último, replantéese su responsabilidad democrática.

Ahora empezamos a tomar conciencia de la profunda implicancia en la vida pública del prejuicio que en un principio nos parecía inocente, irrelevante, casi gracioso. Pero no es algo natural, ni racional, ni analítico. Es algo más bien naturalizado por algún discurso (político o extrapolítico) que se repite, sea del sector interesado en la permanencia de su cualidad de “gobernante” o de las corporaciones que tienen acuerdos implícitos o explícitos con los diferentes componentes de este.

Las posibilidades racionales y analíticas de un candidato deberían medirse no tanto en la experiencia –porque, que se conozca, en la historia del mundo no hay otra forma de hacer experiencia que transcurriendo la experiencia-, sino también en los enunciados que conforman las propuestas y, sobre todo, en los procesos definidos para que esas propuestas se transformen en hechos.

Pero aquí aparece otro problema: el proyecto. Es decir, el cómo hacer para conseguir los objetivos. Todos los aspirantes a cargos ejecutivos por medio del sufragio suelen plantear un único objetivo: alcanzar el cargo. Luego, lanzan los objetivos, las “promesas electorales” pero el faltante es el cómo y por lo tanto se transforman en enunciaciones vacías de sentido. Y no es azaroso que esta falta de sentido sea el problema o la virtud, dependiendo de en qué lugar se esté, de la videopolítica de la que nos hablaba Giovanni Sartori.

Entonces cuando se dice “no lo votaría porque no tiene experiencia de gobierno”, no se está juzgando el contenido sino la imagen y la ascendencia de la imagen. Pero el que vota no es el único responsable de esta situación anómala, porque sería muy sencillo encumbrar a la falta de responsabilidad ciudadana.

Si entendemos la acción política como un servicio público, ¿no debería el político, el candidato político, ser responsable de llevar al ciudadano la información necesaria, una información que trascienda el título y la imagen? Porque la responsabilidad ciudadana se construye de ambos lados, desde el discurso y desde su análisis. La construcción del discurso requiere de varias cosas que requieren una ligadura con lo real, el qué hacer, el cómo hacerlo y el cómo decirlo. Por otra parte, el análisis conlleva un esfuerzo, el de deconstruir las partes y pensarlas en términos de sentido y posibilidad, cosa que evaden los productores del marketing político apelando a la vía emocional, cosa sobre la que no nos extenderemos. Pero todos deberían saber que siempre hay alguien del otro lado, un asesor, un productor o un analista que dice que “el éxito de una publicidad política es hacerles pensar que están pensando”.

Entonces, en el “no lo votaría porque no tiene experiencia de gobierno” se suman varias cosas, la irresponsabilidad de ambos lados, el marketing político, el discurso que se instala, el prejuicio que se forma por todos estos factores y, por todo esto, una falta de uso del recurso racional que, en vistas del futuro de una nación, cualquiera esta sea, debería ser fundamental.

Y a todo esto no respondimos qué significa “experiencia de gobierno”, ¿será manejar la “rosca”? ¿Normalizar la corrupción? ¿Armar una distribución siempre injusta de las áreas intermedias en el ejercicio del poder? Una cosa es indudable, estar en los cargos electivos del Ejecutivo (en cualquier escala) implica una ventaja competitiva indubitable respecto a los otros candidatos, sino un punto más a ser analizado, junto con la propuesta, su contenido y factibilidad; ergo, quizás el más irrelevante.

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