Pensar que pensamos pensando

Hay cosas que la ciencia no puede explicar. Por ejemplo, por qué ante un mismo enunciado entendemos cosas distintas, por qué en una imagen evaluamos distintas cosas, etc. Es decir, no tiene idea de por qué usted está pensando eso que piensa en este momento en base a cualquier sustrato.
Como mucho, en la física nos dicen que dos cosas no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, entonces podemos elucubrar una saturación de las vías neuronales y, luego, un proceso de razonamiento en base a esta información. Una elucubración chiquita en el océano del profundo quilombo del pensamiento.
Lamentablemente, mis conocimientos sobre neurofisiología no son tan amplios y ya llevan unos cuantos años de desactualización pero aun con ellos puedo decir que lo que usted llama conciencia se encuentra en la corteza prefrontal, cuya importancia se evalúa sobre todo en las lesiones de esta área. Esto, como buen pragmático, me lleva a decir que su pensamiento es como mucho, un par de sinapsis. O dicho de otro modo, que “todos los procesos mentales son procesos cerebrales”, tesis que no puedo sino que aprobar a rajatablas. Porque si alguien todavía cree en la cosa de la sustancia, del alma inmortal o en la sarta de estupideces que dice Claudio María Domínguez, retrasa por lo menos tres siglos. Usted, amigo mio, no es otra cosa que sus neuronas. Pero esto sigue sin explicar el problema que planteamos en el primer párrafo.
Si nos ponemos en psicologistas y en filósofos –todo un acto de mal gusto por duplicado-, se puede decir que la cuestión está en las experiencias pasadas, su asimilación y respuesta; también se puede hablar sobre el medio social en el que se desempeña como un factor de condicionamiento comportamental o, ya en un caso extremo, de que la perspectiva proviene del hecho de no haberse animado a aniquilar a su padre, violar a su madre y estrellar contra el asfalto a los niños resultantes. Pusimos tres enunciados al azar, podríamos seguir escribiendo una noche entera, pero la idea va tomando forma: la cultura moldea sus circuitos sinápticos. Y aunque aquí no nos vamos a poner a discutir qué es cultura y qué no es, podemos ser breves y decir que cultura, en este caso, es todo producto humano que precede y se amplía con el hombre.
Pero aquí el problema sigue siendo el mismo. Científicamente, no hay explicaciones de cómo esto sucede. Y esto es lo que da pie a la metafísica, que resucita ante nuestra incomprensión de los fenómenos; a dios, que nos quita el peso de encima de tener que proceder a explicar y a estudiar las causas, y al psicologismo criollo, que le gusta dar explicaciones inverosímiles, improbables e ineficientes.
El problema se sucita en otra cuestión, muchísimo más pequeña y, quizás por eso, muchísimo más compleja. Si hablamos de que la mediación entre los objetos (o el sustrato, para ponerlo más o menos académicamente) y el razonamiento es la cultura, tenemos que preguntarnos sobre la base de la cultura, en qué se sustenta esta. Y para mi (y también para muchos filósofos), la cultura se sustenta en una dualidad, que es la palabra y la cosa, qué es lo que liga a las palabras con las cosas, su nominación. Todos sabemos qué es una piedra, pero por qué la piedra se llama de esa y no de otra manera, no, y mucho menos qué es lo que liga a ese nombre con esa cosa.
Al parecer no hay ligazón, hay más bien convención. Convenimos que “x” es “x” y no “Y”, entonces llegamos a una construcción discursiva: una piedra es una piedra. Al nombrarlo lo significo, convertimos a ese objeto en idea de objeto y ya no decimos piedra caliza, canto rodado o diamante, decimos simplemente piedra. Cosa que se basa en el absurdo de la falta de ligazón entre el término y el objeto. Pero esta falta de sentido genera un concepto y, luego, una generalización por aproximación de características. Si usted dice que la piedra es efectivamente una piedra, está todo bien, pero si dice que es, no sé, digamos una heladera, el marco social lo comenzará a mirar de reojo.
Encontramos así, una cuestión sustancial, lo que usted piensa en este momento y lo que pensó a lo largo de su vida no se trata sobre objetos sino sobre convenciones. Hay entre su pensamiento (y el de todos) una distancia poco abarcable entre el pensamiento y el objeto, y esta distancia se llama palabra, luego concepto, posteriormente categoría y por último discurso. Es decir, tomamos una realidad de segunda mano que nos hace comprensible el mundo a través de una experiencia que es en realidad indirecta.
Pero este conocimiento tiene dos limitantes, como decía Umberto Eco cuando escribía buenos libros, por un lado la limitante del sentido y por otra parte la del pandiscursivismo. Lo que no dice Eco, quizás porque le parecía obvio, que esos dos límites están per se en la realidad. Ya que estamos, aprovechemos también para sacudirle a Habermas por escribir libros largos, serios y aburridos. Su constructivismo social es repugnante, sobre todo porque se dirige hacia la limitante que señala Eco. Es decir, lo que se construye no es la realidad, es el sistema de entendimiento sobre esta, porque las cosas son lo que son y no lo que decimos que son. Y es esto lo que nos lleva otra vez a nuestro problema que señalamos como problema básico de definición y estudio de la cultura, la ligazón entre cosa y nombre.
Recordemos que la naturaleza no tiene nombres, no tiene significados. Somos nosotros los que generamos sistemas de entendimiento, válidos o inválidos. El psicoanálisis, con todo su oscurantismo, en suma, trata de encargarse de esto aunque con una estructura fantasiosa, más como literatura fantástica que como sistema de conocimiento o praxis válida. La ciencia no puede explicar el entendimiento, el qué carajos pasa en su cabeza al responder de tal o cual manera. Sólo podemos decir que se actúa, se responde y se piensa por el sistema de entendimiento convencional, normativo y coercitivo de lo cultural primero y de lo social después. Pero volvemos a la causa y al efecto, mientras nos perdemos lo que está en el medio y que es lo que verdaderamente nos preguntamos, porque pensar no es necesariamente conocer y tampoco se basa en una abstracción lógica de ecuaciones lógicas, porque evaluación de pros y contras, la emocionalidad que nos es inherente, no son el pensamiento, son los ingredientes que sumamos en el proceso que nos es aun indescriptible.
Al final, desde la ciencia y la técnica podemos decirle qué partes de su cerebro se activan cuando usted está pensando, ya sea sobre tres medialunas de grasa o de manteca, o si está ideando el corpus teórico de un sistema filosófico. Desde la psicología, podemos aportar un montón de palabras un tanto fantasiosas y grandilocuentes sin ningún tipo de sustrato a nada. Desde la filosofía podemos complicarle la vida aplicando preguntas incómodas y generando parrafadas extravagantes. Pero en el entretanto usted piensa lo que quiere y lo que puede, mientras nosotros sobre eso, no sabemos nada de nada.
Mi filósofo dice que lo ético sería hacerle la vida más feliz, mi periodista se muere por hacer preguntas incómodas, pero mi señora me reclama en casa y eso, por lo general, marca el fin de las palabras.

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