Dios, chirimbolos y guitarrita

De vez en cuando, miro con cierto regocijo macabro los infomerciales de la “Iglesia universal”. La idea está buena: romper con la mera cuestión metafísica del dios, de la obligación de dar el salto de fe y producir una inversión, no vamos hacia dios, dios viene hacia nosotros en, por ejemplo, la forma de “agua del río Jordán” o “crucecitas milagrosas” que la casa de cotillón de cualquier barrio debe vender a no más de $1,50 cada una. Esa inversión es interesante, preocupante tal vez, pero interesante.

Durante siglos y siglos, la idea de dios se preservó en el área negativa, en el “no hagas esto o te pudrirás en el infierno” y si a pesar de la elocuente advertencia se hacía aquello prohibido, se iba a negociar, ya sea en oraciones, en metálico o en ir a ponerle el cuerpo a las componendas de esa religión con sus competidoras. De hecho, el área positiva del dios es más bien escasa en lo que se denomina “milagro”. La amenaza del castigo eterno le gana por goleada al milagro que siempre, por su naturaleza, actúa en el plano terrenal. Entonces, por decirlo así, la limosna es más bien poca.

El brillante descubrimiento de los muchachos de la “iglesia universal” es, en realidad, un cambio en las reglas comunicacionales donde todo pasa por el marketing. El dios ya no se resguarda en el área negativa, sino que ahora dios es “buena onda”, un dios amigo que en una de esas hasta sale a fumar caño con los pibes y se junta a tocar la guitarra. Pero eso sí, siempre habla en brasilero o como mucho en portuñol, no vaya a ser cosa que ese dios ya no atienda en Río de Janeiro y pase a atender en otras sucursales de la franquicia.

Profundicemos. Si uno mira más o menos hacia la teología, cosa en la cual no soy especialista, y un tanto más hacia la filosofía del Medioevo que hubo, poca pero hubo; uno se encuentra con la objeción de Ockam que decía más o menos así: si dios es perfecto y todo poderoso no está atado a ninguna regla, ni siquiera a la de la bondad. Con esto, el bueno de Guillermo le pegó una patada al tablero. Porque si dios no tiene la obligación implícita de ser bueno, el mal no se justificaría por la ausencia del bien sino por el mal en sí mismo. Así, ya en un análisis un poquito más profundo, si dios desconoce reglas por su perfección, su omnipotencia y su omnipresencia, el carácter del ritual es inválido porque, como se infiere, puede o no seguir con la estructura pretendida por ese dios.

Con este argumento, dentro del carácter abstruso que guía a toda religión si se la mira más allá de su estructura de relaciones de poder, se ve la justificación al crisol de religiones posmodernas que fusionan la espiritualidad y el marketing en una sola cosa. Pero como mucha gente desconoce estas cosas, va, pone el diezmo y cree, en la mayoría de los casos, firmemente.

Lo que habría que preguntarse es si estas creencias superan el efecto placebo. Si la señora que no caminaba, va al buen pastor brasilero y a cambio de una suma variable sale caminando, podemos decir que la cosa funciona, pero la pregunta está en los términos de la sugestión, en el placebo que también funciona en términos de la experimentación científica regulada, en la homeopatía, en la mayoría de las pseudociencias y, también, en las creencias. Y acá es dable recordar que siempre, en estos términos, para ver hay que creer (que es otra inversión del modelo de comprobación empírica) y se transforma en una profecía autocumplida, como diría Watzlawick, sólo que en este caso es 50% chanta, 50% fe.

En los casos de las religiones posmodernas, no existe el concepto de rito como revitalización del momento primigenio de lo ancestral, en el hacer presente el antes en un lapso intemporal. En estas, el tiempo pasa y hay que abonarlo, sobre todo porque dios es amigo y nos quiere una “bocha”, pero a los pastores los quiere más y dice que hay que mantenerlos.

Como todos sabemos, hoy la televisión legitima los discursos. El hecho de estar machacando noche tras noches con los supuestos milagros, con los aceites divinos y otra basta galería de chucherías hacen que después de cierto tiempo, hasta el público más atento empiece a preguntarse por la eficacia del dios amigo de los pastores brasileros, más que nada por la repetición y por la persuasión de esas letanías trabadas y a veces ininteligibles que suelen ser, siempre o casi siempre, unidireccionales.

Ahora bien, todo aquel que presume cierta cultura, dice que este negocio de la “Iglesia Universal” o de los “Pare de Sufrir” es para ignorantes, para gente que “no sabe pensar”. Y, sin embargo, tendríamos que hacer un estudio cuantitativo sobre cuántas veces al día esos mismos cruzan los dedos, hacen los cuernitos o levantan la vista al techo para decir “ay dios”, como tuviera su supuesto paraíso en el cielorraso.

Todos sucumbimos de una u otra manera al pensamiento mágico o, para decir mejor, al pensamiento mágico-religioso, como si con el simple cruzar los dedos amparara al destino del universo en nuestra acción, sin pensar que entre los miles de millones de personas que habitan el mundo, otros tantos deben estar haciendo lo mismo en ese mismo instante pero con la intención de un resultado inverso. Entre lo absurdo de lo uno y de lo otro no hay diferencias. Salvo, quizás, que esto último nos sale más barato, lo que contrapone el marketing con la economía de los recursos. En otras palabras, es lo mismo que creerle o no creerle a las ofertas Sprayette, sólo que en otro ámbito.

El problema que se les presenta a nuestros buenos amigos hoy es el tarjet. Ya que el cupo de la comunidad autoflajelante está tomado por las religiones ancestrales. Y como sabemos, todos los productos para no estancarse deben ir apuntando paulatinamente hacia públicos nuevos que redunden en un mayor marco de ganancia porque en el marketing como en la salud, estar igual es iniciar una lenta y escabrosa pendiente hacia el estar empeorando. Y aquí es donde se me presenta la intriga, ¿qué harán ahora nuestros “buenos muchachos”?

Y para finalizar, como mi análisis (aunque sé que es un exceso llamarlo así) que es meramente conceptual y comunicacional, les recomiendo que lean a Alfredo Silletta que sobre estos temas entiende mucho y es bueno en el arte de desenmascarar.

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