Contra el lenguaje académico II - Échale la culpa a la posmodernidad

Resulta que hoy día la culpa de todos los males es de la posmodernidad… o al menos eso dice “la gente”. El problema radica en que esa misma gente, ante la interpelación, no tiene una idea muy clara de lo que es o de lo que significa. En resumidas cuentas, dicen por decir o porque les suena linda la palabra y, al fin, porque a alguien hay que echarle la culpa.
Pero el problema no es de “la gente” que repita a “boca de jarro”, cosa que hace desde que el mundo es mundo. La cuestión pasa por otro lado. Los estudiosos no hacen el tema lo suficientemente didáctico porque, digamos la verdad, ¿a quién se le ocurriría fumarse tres libros de 500 páginas para hablar con propiedad… si con wikipedia alcanza? Por otra parte, ¿Wikipedia es un artefacto de la posmodernidad? ¿La posmodernidad ya llegó?
Al academicismo rimbombante y pretencioso le anteponemos a Bourdieu. Bourdieu era sociólogo y francés, y a pesar de ser francés la particularidad de gran parte de su obra es que puede ser leída por todos los que tengan ganas de leerla. Escribía sobre su área de pertinencia, con un vocabulario sencillo y contribuyó al cuerpo general del conocimiento con mayor o menor profundidad, pero contribuyó. La complejidad es conceptual, pero el hecho de que a la “gente” se le hable como habla “la gente”, ayuda a desenmarañar el problema y no es tomar al otro por estúpido, es hacerlo partícipe del vehículo del conocimiento.
Por ejemplo, si yo digo “reificación”, ¿qué significa? ¿Cuál es la carga de sentido? Bueno, para cuatro o cinco tendrá sentido, para muchos más no. Y ya cuando empezamos a alejarnos en términos del lenguaje del otro, nos volvemos endogámicos y sectarios. Y un conocimiento para pocos es un conocimiento para nadie porque se le amputa su finalidad.
Pero su finalidad no tiene por qué ser práctica en lo inmediato. Cuando Einstein se probó genial, no estaba pensando en la bomba atómica ni en la hamburguesa que vemos girar en el grill del microondas. Pensó en términos teóricos (que si alguien entiende un poco de física comprende la simpleza y la belleza de su teoría), luego esos términos teóricos los hizo accesibles a todo el mundo, y no por eso dejó de ser la teoría de la relatividad y de ser bella y admirable, por mucho que le haya dolido a nuestro querido y finado Sábato (Hombres y Engranajes). Y esto tampoco es “imagología” (Kundera) si se lo hace correctamente. Es devolver el conocimiento a su lugar en la accesibilidad para todo el mundo.
Tampoco tenemos que irnos a las ciencias duras. Se puede explicar tranquilamente Lo bello y lo sublime de Kant usando como ejemplo esa maravilla de la naturaleza que es el culo de Cintia Fernández. Las formas siempre sobran, lo que suele faltar es ganas, voluntad y, sobre todo, bajarse del tren elitista de la academia restrictiva.
Y acá entramos de lleno con la posmodernidad. ¿Alguna vez alguien les explicó lo que es la posmodernidad o si ya llegó? Es un tema extenso pero vamos a dirigirnos al núcleo de la cosa y para algunos conceptos los dirigiré a la Wikipedia que, de paso aclaramos la pregunta que hicimos anteriormente, sí es un artefacto de la posmodernidad.
La posmodernidad, obviamente, viene después de la modernidad. ¿Pero qué es la modernidad en sentido estricto? Es lo que se da en llamar la racionalidad cartesiana que ya en la modernidad madura (por decirlo de algún modo), se revela en el positivismo. Es decir, tengo lo objetivo por un lado y lo subjetivo por el otro. Lo objetivo son los hechos y en los hechos está la Verdad. El discurso se adecúa al hecho o para hacerlo más fácil, el hecho se transforma en la fundamentación del discurso y se acabó. Si querés discutir, andá y traé fórmulas.
Después vienen los muchachos tipo Habermas, Wittgenstein, Rorty, Heidegger, y se produce algo que a mí me gusta dividirlo en tres: el giro lingüístico, el giro hermenéutico y el giro pragmático. ¿Qué son? En realidad no nos debería importar mucho para llegar a donde queremos llegar. Lo que sí debemos tener en claro es que en base a estos tres giros empezamos a hablar ya no de razón cartesiana sino de razón dialógica. Y acá entra a jugar un filósofo que en lo personal me gusta mucho, más por deformación profesional que por otra cosa, Charles Sanders Peirce, el papá de la semiótica (léase: si Peirce no hubiese existido yo me dedicaría a otra cosa).
Entonces, empezamos a hablar de razón dialógica. O dicho en criollo, una mancomunión de proposiciones que se chocan y se refuerzan hasta que llegamos a algo aproximado a la verdad (sin mayúsculas). Esta verdad es el producto del consenso. A la tiranía de la evidencia de la modernidad, le presentamos la violencia del acuerdo. La evidencia pierde su carácter “sacro” y se pone en cuestión por el ímpetu del análisis. Y es esta cuestión del cambio en el método lo que nos trae hasta la posmodernidad, donde la verdad es consensual y falible (a la que se le puede aplicar el falsacionismo que hablamos la vez anterior, todas las veces que se quiera). Es de este modo que la famosa Wikipedia es un instrumento y una producción por excelencia de la posmodernidad.
De acá podemos inferir ahora que los hechos tienen un doble valor, en tanto tal y en tanto significación, en el acuerdo general sobre la naturaleza del hecho. Dicho en otras palabras: cuando una pelota cae, efectivamente cae; pero a esto se le suma el significado de la proposición de “la pelota cae”, que puede ser divergente o no.
Ahora, ¿la posmodernidad ya llegó? En realidad, no. Ninguno de nosotros vamos a verla establecerse de modo completo porque es un proceso histórico y en la actualidad nos encontramos en una etapa de transición. Las estructuras modernas existen y están bien arraigadas, sin hacer de esto un juicio de valor. El derecho en muchos países es “derecho positivo”, el periodismo utiliza herramientas heredadas del eje cartesiano y así podemos seguir un rato largo sin que mengüen los ejemplos.
Pero con esto ya nos damos por satisfechos. Ahora usted puede decir “posmodernidad” teniendo una idea de lo que está diciendo cuando habla y resistir a la pregunta que antes se presentaba como fatal, de ¿y qué es eso?
Los signos de la posmodernidad son claros. La fragmentación estructural, el constructivismo cultural, la velocidad de los enunciados y su tendencia a la superficialidad. Y es aquí donde debemos anteponer el límite ético de analizar en profundidad. ¿Querían democracia? Aquí la tienen, ahora apréndanla a usar, porque cuando los academicistas retóricos y almidonados por fin se mueran, la responsabilidad será de ustedes. Y siempre la responsabilidad, pesa.

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