"Nike es la cultura" y el libro también

En la vida hay tres cosas que me despiertan verdadera pasión, las tres son irrelevantes, casi estúpidas y sobre todo problemáticas. Leer, pensar y comer helado de dulce de leche. Los primeros dos factores traen problemas con la gente, el tercero con el colesterol. Ninguno de los tres es gratuito ya que insumen tiempo y dinero en el primero y en el tercero, y en el segundo sobre todo mala sangre. Y mirando el vaso medio vacío, los tres acortan la vida.
Digamos que me gusta por sobre todas las cosas leer y que escribir se me presenta como una fatalidad. Y dentro de esta categoría general de “leer” tengo dos fetiches, uno es con los libros de Mario Bunge, el otro es con los de Tomas Abraham; como se sabe, autores absolutamente irreconciliables. Pero me gusta pelearme con Bunge y me gusta reírme con Abraham, tanto como me irritan los “barcitos de sociales” y el humor absurdo de “chachacha”. Pero esto no es “cultura”. Es, cuando mucho, divergencia.
Y acá vamos al grano. Ayer entre a la librería “Hernández”, un local bastante coqueto que queda entre Corrientes y Uruguay, y que tiene la molesta costumbre de venderme los libros fallados. Lo que es anecdótico pero que nos encarrila hacia dónde vamos.
Entré al local y le pedí muy amablemente que me dijera el precio del libro “Ontología”, el tercer volumen del Tratado de Filosofía de Bunge, que hacía rato buscaba. La respuesta fue terminante: $270. Mi respuesta compartió la naturaleza: una brutal carcajada, de esas de campo que de vez en cuando todavía me salen.
Si, leyeron bien, 270 mangos. Teniendo en cuenta que el salario de un humilde servidor del recontraespionaje es, digamos, módico, un precio que resulta a las claras impagables.
Entonces me quedé pensando acerca de lo inaccesible del conocimiento en su formato específico. Que un libro salga más de 100 pesos ya debería ser no sólo abusivo y escandaloso sino que también inmoral. No seamos idealistas, nada es gratis en el mundo, aun cuando bajamos un libro, una película o un disco, estamos pagando la tasa del servicio de internet. Es decir que cuando mucho, se amortiza.
Entonces se divide entre un conocimiento de profundización que es para muchos inaccesible y otro que es de esparcimiento que tiene propensión a no serlo, como demuestran todas y cada una de las librerías de saldo de la ciudad.
La pregunta que me puede hacer cualquier “filósofo” del “barcito de sociales” es ¿A quién carajos se le ocurriría comprar un tratado de epistemología? Pero mi respuesta sería concreta e inapelable: el problema no es “a quién carajos”, sino que cualquiera debería poder tenerlo al alcance porque ahí lo inaccesible no es el área del saber, sino algo mucho más vulgar y mundano: la “platita”.
También pensé en que ya que estamos en el “X Para Todos”, por qué no hacer un “libros para todos” o ya especificando, un “Literatura científica para todos”, así quien quiere estudiar, profundizar o arrimar el bochín al campo del conocimiento puede hacerlo sin tantas privaciones. Privaciones que a la larga generan una división escandalosa entre aquellos que pueden pagar por el conocimiento (en este caso en formato de libro) y aquellos que se ven condenados a las librerías de saldo, donde a veces hay cosas buenas y otras veces no. Pero que no deja de ser una lectura connotada y válida que asocia el conocimiento específico con la alta cultura y como tal, se paga en términos dispendiosos.
Y acá aparece la contradicción. Los “X Para todos” tienden a una subvención al esparcimiento. El subsidio al conocimiento en cuanto a los libros y en comparación, se retrae.
Hace unos meses tuve una pequeña polémica con la diputada Lubertino, quien aseveró que los libros se encuentran subsidiados. La aseveración me pareció lógica y acertada, pero la falacia se encuentra en la desproporción. Digamos que un plasma del programa “para todos” cuesta 8 libros Hobsbawm (si la cuenta no me falla) y es donde la aritmética de los recursos se nos muestra desacoplada. El negocio editorial es sobre todas las cosas negocio, y es válido que así sea. Que no pretendemos una patria de filósofos, también es un argumento válido. Pero lo realmente injusto es que ante la probabilidad de que cualquiera desee acercarse al conocimiento en una rama superior vea su intención frustrada por la simple cuestión monetaria, da mucho que pensar.
Así nos vemos en la polémica del formato. Yo estoy en el bando que aboga por los ebook readers, que son aparatitos que nos permiten cargar libros en formato electrónico (Que se pueden bajar gratuitamente de internet, sin que esto configure una apología del delito), y muy amigables a la vista. De hecho, yo tengo uno y se lee de lo más bien, y el traspaso del libro hacia ebook no es nada traumático. Y lo mejor es que vale apenas tres libros de Bunge y nos ofrece un universo ilimitado (legal y no).
Sin embargo, por esa cosa del fetiche, todavía compro libros. Todavía pienso sobre la naturaleza del libro y me pregunto qué es lo que se compra cuando se compra un libro, si el objeto, si el contenido o si ambas. El primero para alardear y el segundo para informarse. O si todavía no pasamos esa estúpida barrera cultural que nos dice que el libro sin libro, no es libro, pero que debiera serlo en tanto se lee como un libro. Pero también pienso en todos aquellos a los cuales esta tecnología todavía les resulta inaccesible por su precio.
Por estos lares, Eudeba tuvo una buena idea. Vende los readers a un precio medianamente accesible y ofrece sus últimas obras en formato digital. Es una idea brillante, no sé si tendrá éxito, pero no deja de tener esa veta de entrepreneur que, según mi juicio, ha encontrado un nuevo nicho en el alicaído negocio editorial.
Speedy y Movistar también armaron una biblioteca digital, pero aun así los precios son honerosos, más baratos que el papel, pero aun así demasiado caros para su carácter de intangible. Dicen que los precios no los fijan ellos sino las casas editoriales, lo que demuestra el extraordinario negocio de las editoriales. Un escritor cobra (con suerte) el 10% del valor por cada ejemplar vendido. El resto va para la casa que con un digital no tiene siquiera gastos de logística y distribución. En resumidas cuentas, un afano.
Pero volvemos a lo mismo, el conocimiento es excluyente. Y por ahora no hay atisbos de ningún lado que intente remediarlo.

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