Retórica oscura sobre la libertad

(Me voy a poner enigmático como cuando era jovencito y tenía mucho más para dar).
La libertad en el hombre es ante todo un ejercicio, una práctica primera y constante y, también una obligación. La libertad es del hombre para sostenerse lo más valientemente posible ante el sinsentido de la realidad y de todas y cada una de las definiciones de realidad que no son otra cosa que discursos en tensión por las relaciones de poder que las sostienen. El hombre es así la resistencia a la carencia de sentido en un vano y vago esfuerzo por significar categorialmente. Significar es tratar de sustentar la primacía de uno contra otro uno que, en definitiva, es un todo carente de conexión y de sentido.
Nuestras categorías son palabras, y de palabras conceptos y de conceptos un alejamiento a la falta de sentido. Así podemos ver que el esfuerzo de dar sentido no es más que una mera invención para sustentar categorías de entendimiento y doblegar a un sinsentido que, aun así, no puede someterse.
Son nuestros intentos de significar lo que generan la hermandad entre los resistentes. Una hermandad que es ubicua y superficial. Donde hay categorías de entendimiento también se establecen relaciones de dominio que pueden disfrazarse de ordenamiento eficiente. Uno manda, otro obedece. Se llega a un punto medio con arreglo a fines. El arreglo a fines es enfrentar el sinsentido tanto de la realidad como de una historia que carece de finalidad. La imposibilidad de un thelos de la historia es lo que nos hermana en la libertad. La libertad que se condiciona en los arreglos a fines. No puede haber esperanza en el futuro que no se convierta en falacia por su improbabilidad. El futuro es abstracción e ideología, una promesa sin fundamentos, “el futuro llegó, hace rato”.
¿La razón es dialógica? ¿Lo es sin volvernos reflactarios? Llegamos a acuerdos sobre lo indispensable para la denominación del sentido, pero en las estructuras complejas lo dialógico no es racional, se sustenta en la emotividad de la persuasión. La idealización del diálogo nos lleva al límite de toda filosofía: el pandiscursivismo. Así, una filosofía acerca del lenguaje se mueve entre dos límites estrechos, uno se da en los hechos, el otro en la dispersión del discurso. El diálogo por debajo del primero y por encima del segundo, es inválido. Donde podemos establecer una sintaxis, podemos sacar la razón que depositamos en los términos, en esas palabras que cargamos de sentido por convención. La convención se transforma en norma. En el medio los que se adecúan a la norma, en los extremos los irreconciliables.
La norma se establece como sujeción de la hermandad y, también, de la libertad. Las normas son antropológicas, no naturales. Son heredadas, construidas, armadas en relación al dominio tanto del hombre contra el sinsentido como del hombre contra el hombre mismo. Son por esto mismo, invención. Son las líneas de resistencia que podemos encontrar del pasado hasta aquí. La idea del movimiento dialéctico se ha roto.
La libertad es la soledad contra el tiempo, y el tiempo es la invención de la eficiencia. Y la eficiencia es el ritmo del dominio. Y el dominio somete la hermandad superficial que al fin hemos inventado.
Siempre las palabras sobran, esa es la dimensión de mi esperanza.

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