The mexican revenge (una visión sobre los doblajes)



Partamos desde la concepción de que de cine no entiendo nada, lo que es verdad. Si bien mis gustos literarios son más sofisticados, con las películas me sucede que ni siquiera necesito que sean buenas para verlas. Con que haya sombies, vampiros, balazos y sangre, es suficiente. Formo parte del público “pochoclero”. Entiéndase de este modo: Ana Karenina de Tolstoi me parece un novelón brillante, sin embargo no existe chances de que vea la película porque es, sin lugar a dudas, un bajón.

Pero acá no tiene nada que ver la crítica cultural, ni literaria ni cinéfila, sino el doblaje al español… esa cosa repugnante del doblaje que es una suerte de venganza poética de los mexicanos para con sus vecinos hollywoodenses y que repercute en toda latinoamérica.

Esto lo sufrimos en el cine, en las películas de televisión (tanto más desde que Cinecanal, uno de los pocos bastiones de películas más o menos decentes decidió cambiar el tarjet y vender en “neutro”), en los documentales y hasta en los informerciales –excepto en los de la Iglesia Universal que mantienen un esmerado y a veces inextricable portuñol-.

Siempre se dijo, con mayor o menor acierto, que Estados Unidos exporta su ideología más que con los tanques y las bombas, con las películas. Y cuando vemos al Capitan América decir “emparedado”, entendemos que algo está mal o que, al menos, esa tesis no es del todo cierta.

La imagen y el lenguaje no condicen. Por lo tanto, podemos prever (y más que prever, ver a secas), que a la invención de way of life norteamericano se le suma el acervo cultural de México. Entonces hay una transposición doble, de imágenes y de texto no condicentes que tienen una repercusión no sólo lingüística sino también, podemos arriesgar, de visión de mundo.

El llamado “neutro” no es “neutro” ni aproximativo a la neutralidad, en todo caso, ¿qué es neutro en el lenguaje? Nada. Porque en la cuestión de la dispersión de acentos, formas y culturas llegamos a regímenes de acuerdos donde cedemos ciertas partes a condición de imponer otras, cosa que no tiene nada de neutralidad.

Lo que llamamos neutro, lo es desde una mirada egocéntrica (etnocéntrica) del otro, otro que nunca somos nosotros mismos. Por lo que hay, no una integración a través del lenguaje (la traducción de las películas, en este caso), sino una normalización. En otras palabras y para hacer más expeditivo el término, se crea una norma (arbitraria, como toda norma) que establece la metonimia (una parte en lugar del todo).

Claro, el “neutro” es puramente instrumental, simplifica e ideologiza. En todo caso, para una productora norteamericana, un boliviano, un argentino y un mexicano son más o menos lo mismo; cuando para nosotros en la constitución del otro podemos llegar a dar la vida por las diferencias (específicas, de detalles, pero diferencias).

Si achicamos el encuadre, entendemos que para un productor de Hollywood que sabe que el fuerte de la película está en los tiros y en las bombas, el lenguaje es irrelevante. Para la frontera caliente con Estados Unidos que sabe que los tiros y las bombas (en la producción) no son su fuerte, el lenguaje se transforma en fundamental.

Así, mientras nos extasiamos con los sombies, nos van machacando una terminología que nos es ajena, que primero entra como latiguillo y luego se naturaliza. Uno ve una película, sabe que es una película y que en toda instancia es una construcción (un discurso, un encuadre, una selección de problemática, etc), es decir, una mentira, por más que trate sobre hechos reales. Para soportar la mentira anulamos la incredulidad y allí, en ese preciso momento, es donde la venganza mexicana se hace efectiva. Ante la grandilocuencia del espectáculo tenemos una normalización que nos entra parasitariamente: el lenguaje del otro.

Esto es evidente al comienzo de las películas dobladas, nos resulta molesto y hasta provocador. Luego enganchamos la trama, la forma del lenguaje pasa a un nivel secundario y es allí donde realiza su trabajo. De hecho, es por esta molestia inicial –de contraposición de estilos- que elegimos las películas subtituladas o bien en inglés bruto nomás. O sea, si culturalmente nos van a doblegar por lo menos que sea uno, porque dos ya es un número exagerado.

Ahora que deconstruimos, nos encontramos con dos grandes principios culturales enfrentados en un mismo producto cultural. Cuando lo pensamos la discordancia se nos hace inaudita, pero en el entretanto miramos y cuando miramos no hacemos.

La venganza azteca es, de este modo, silente y ordinaria, es decir que es dable de naturalización y, como dijimos, naturalizamos. Por tanto, cuando su hijo diga “Ooooorale padre, cómprame goma de mascar”, ya sabe por dónde viene la mano, nosotros ya cumplimos: avisamos. Y después de tanto esfuerzo, bien merecido nos tenemos una de esas películas clase “B” a la norteamericana con señoritas ligeras de ropas y muchamucha sangre falsa.