Te encuestaré hasta que mueras! (Y luego te seguiré encuestando)

Hoy están de moda los números, tanto mejor si aparece en porcentajes porque se nos presentan como abarcativos. Salen encuestas por todos lados y como el número tiene una apariencia técnica y objetiva, lo naturalizamos.
El problema de la naturalización es el siguiente: una vez que algo se toma como “normal” deja de ser percibido por adecuación al sistema mientras que, por el otro lado, se transforma en una herramienta de fundamentación. Entonces, si el dato es “natural” y “fundamenta”, “la gente” deja de preguntar acerca del método por el cual se obtiene la cifra e la incorpora en su visión de mundo como algo concreto.
Como las encuestas están en boga, prácticamente no hay material periodístico que carezca de por lo menos una. Si se entrevista a un candidato se le pregunta por las encuestas, si se habla de inflación se recurre a las encuestas, si trata de seguridad otra vez las encuestas. Así se llega a buenos títulos con letra catástrofe del tipo “3 DE CADA 10 PROFESORES LE PEGARÍAN UN TIRO A UN ALUMNO Y, LUEGO, SE COMERÍAN UN ALFAJORCITO”.
Esto es lo que denominamos periodismo idiota. El que ante el tecnicismo del dato no sabe anteponer la pregunta ya sea por ignorancia de método, por economía de espacio o, de última, por pura tendenciosidad. Esto es grave, tanto más cuando vemos que los muchachos de las consultoras no vienen dando “pie con bola” desde hace rato.
Entonces la pregunta es, ¿cómo combatir al periodismo idiota cuando nos presenta los datos? La respuesta no es muy elaborada sino más bien de sentido común: hay que preguntar por el método. Y aquí recurrimos al sucio, viejo, amargo, puro y duro método científico.
Si mantenemos una mirada crítica (cosa difícil si las hay), cuando se nos presenta el resultado de una encuesta tenemos que pedir, por ejemplo: autor, financiamiento, universo, cantidad de casos relevados, sistema de distribución geográfica y demográfica, margen de error, tasa de fiabilidad, método de entrevista y el cuestionario. Estas son las que se me ocurren de buenas a primeras, pero si nos ponemos a pensar seguramente aparecen más.
O sea, por cada cifra que nos dan deberían aparecer todas estas preguntas, porque cada porcentaje se nos presenta como un signo natural y obvio, y detrás de ese signo, como vemos, hay un montón de cosas… que es lo mismo que decir que es una construcción. Y podemos llegar a arriesgar que ese “análisis de opinión pública” sólo es válido dentro de los parámetros de dicho análisis. Por más representatividad que se estime, los resultados son los del estudio y no los de la realidad… para esto último están los censos.
Ahora, como el signo (la cifra) es una construcción, puede connotarse. Detrás de la denotación que nos vende objetividad vemos dos cosas, primero la construcción misma (en la que influyen los ítems que citamos arriba) y después la falta de datos que remitan a esa construcción (todos esos mismos ítems enumerados). Como no se nos da el método, no se puede cotejar el número. Si no se puede cotejar el número toda comparación es inválida y, así, el periodismo idiota está contento.
En la suposición de que el método sea público (y publicado), ahí podemos establecer la referencia del signo entre determinados parámetros, no como Realidad (con mayúsculas) sino como una realidad menor que puede estar a la altura de una metodología válida mas no necesariamente verdadera sobre una “Opinión Pública” que también es una construcción.
Es decir, imaginármelo a Majul enumerando los datos que le pasó un productor, tiende a levantarme un poco de fiebre… casi como escucharlo a Varsky y su opinión sobre los diarios con una fundamentación aproximada a cero. No sé por qué, pero me gusta más el Majul que le pregunta a Susana por el color de la bombacha y el Varsky que habla sobre deportes.
Quizás el problema sea que el periodismo se ha convertido en una cuestión opinativa en el que cada quien dice lo que le parece (o sea, editorializa aunque el sustrato pueda ser falso). Y ante esta perspectiva, la salvajada de un número y un ítem (cortito como para que entre en una línea o en tres segundos de televisión), se transforman en una palabra santa o en una verdad revelada.
Vale recordar, “autor, financiamiento, universo, cantidad de casos relevados, sistema de distribución geográfica y demográfica, margen de error, tasa de fiabilidad, método de entrevista y el cuestionario”. Todos estos ítems hacen variar los resultados y esta es la postura de mínima, sin preguntarnos por la honestidad del consultor, de la presión del financiador, de la pulcritud del que publica y ni siquiera de la capacidad de connotación del que lee o escucha.
Hagan valer su libertad, para eso la tienen.

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