El “buenondismo” y los artefactos

Nos encontramos, sobre todo en radio y en tv, con lo que damos en llamar “buenondismo”, por no encontrarle un nombre mejor… o peor, dado el caso. Afortunadamente, la prensa gráfica sigue fiel a sí misma y mantiene el catastrofismo intacto, ¡qué sería de nuestras vidas si Crónica dejara de confundir violador con hiena y ladrón con caco! ¡O si Página 12 y Clarín dejaran de acusarse mutuamente de que los otros son los malos! (Si hasta acá no encontró la ironía macabra, recomendamos no seguir leyendo).
El “buenondismo” es el discurso canchero, medio progre, de amigo del barrio que te invita a tomar unas cervezas y a presenciar la charla abierta de diván. O lo que es lo mismo, te cuenta la historia de su vida, en la que cualquier cosa que pase fuera de ella es un buen punto para retomar el relato.
Si algo extraordinario ocurre fuera de la agenda del narcisismo de estilo (porque a esta altura ya podemos hablar del “estilo narcisista”), lo matiza con anécdotas personales y demás cuestiones que pueden o no tener gracia, pero que no por ello dejan de ser irrelevantes.
Entonces vengo yo, te hablo de mí, me pagan por hablar de mí, tiro dos o tres ganchos que en el fondo de ingeniosos no tienen nada, repetimos el esquema hasta el hartazgo y así nos queda una fórmula. Si esa fórmula rinde, todo bien: plata. Si no, bueno, variamos dentro de lo mismo hasta encontrarle el punto exacto.
Pero, claro, de tanto hablar de uno la cosa se agota, entonces “amuchamos”, vamos en malón, de a tres o cuatro y nos pisamos en el aire, alternamos nuestras pavadas, y así el barco por lo menos no se hunde.
¿Qué dijimos hasta acá? Nada novedoso, que los programas se basan en la “personalidad del periodista” y como hoy paga ser buena onda, todas las diferencias sustanciales, sean de inclinación política, social, etc., van hacia lo mismo: El buenondismo.
La deconstrucción
Como dijimos antes, el “buenondismo” es medio progre, o al menos suena medio progre, pero de progre no tiene nada. Si lo analizamos un poco, es un “progresismo conservador” que se repite y se copia a sí mismo de manera constante y que se esparce entre la gente de una manera que muchos llaman “viral”, nombre que nos parece más repugnante que “buenondismo” pero como se usa, lo usamos. Pero si agarramos la navaja (la de Ockam, porque suena culto y es más divertido), empezamos a sacar los pedazos, todo lo accesorio (que es bastante) y todo lo irrelevante (que también es bastante), llegamos bastante rápido al núcleo.
¿Cuál es el núcleo de este tipo de discurso? Bueno, a grandes rasgos podemos dividirlo en dos partes, una encadenada a la otra casi de forma lógica. La primera es bastante usada ya en el lenguaje coloquial y es el “Es lo que hay”. El segundo, por necesaria deducción del primero, “hacé lo que te hace bien”. Sobre esta última proposición discutimos con Máximo Paz hace unos meses y nuestras opiniones son divergentes, aunque él realizó un análisis extraordinario desde la publicidad y a mí la publicidad me interesa bastante poco, pero aplica.
Desde mi perspectiva, el problema se centra en la primera sentencia, el “es lo que hay” como núcleo del discurso. Pensemos un poco en esta frase y pongámosla patas para arriba.
El artefacto y el “progresismo conservador” (?)
Si esto “es lo que hay”, entonces esto es “lo que queda”. Y si es, digamos, el resto, es que nos están faltando partes importantes. Lo que hay es la reminiscencia y lo contingente, lo que es pero que podría ser cualquier otra cosa y de esta manera no es necesario. En otras palabras, es una construcción banal, un artefacto.
Ahí tenemos una limitante racional, un agujero perceptivo y una clara alusión ideológica del discurso. Lo que hay es pasivo porque es lo que resta para que nada quede, si no queda nada, no pasa nada, lo que es lo mismo que decir que no mueve la aguja del amperímetro. Si lo que hay es lo que queda y con eso no hacemos nada, el discurso progre (que en principio suena progre), es absolutamente conservador, ¿para qué vamos a andar jodiendo si este es el último atisbo de lo que tuvimos pero de todo lo que hemos perdido y, por eso, de lo que nos falta? En todo caso, ¿qué es lo que nos falta si esto es lo que hay?
El discurso “progre-superficial” tiene un trasfondo conservador. Nos llevaría a una pregunta más compleja a la que quizás abordemos en otro lado y en otro tiempo, que es a qué le estamos diciendo “progre” y por qué.
El discurso del buenondismo que suena “progre” pero que no lo es, apela ante todo a una afectación emocional que no tiene sustento. Una apelación emocional que no invita a la acción sino a mantener el estándar que en este caso sería seguir escuchando el mismo programa de radio, o la TV, o lo que fuere. Así, la buena onda es la serialización de la afectación de las formas y un trasfondo retroactivo al “no hagamos nada porque ya estamos jodidos”.
Con esto no hablamos de la buena o de la mala fe de muchos de los que caen en este tipo de discurso que es en sí facilista, porque en lo personal me consta de que en muchísimos casos no hay tal mala fe, sino tan solo una falta de introspección crítica y pensar a cuánta gente están haciendo mierda cuando hablan lo que hablan y del modo en que lo hacen.
La segunda proposición cae de madura de la primera y no necesita mayor explicación. El “hacé lo que te hace bien” supone la existencia de los marcos legales que nos contienen de pegarle un tiro a alguien “si eso nos hace bien”, pero que no nos cohíben de una situación homóloga a la primera que es la de la superficialidad.
El artefacto y la ignorancia
Lo que hay, al parecer, es sobre todo ignorancia. Y aunque Umberto Eco me cae extraordinariamente mal, él proponía formar al productor y luego al consumidor, con sus no tan célebres “guerrillas semiológicas”. Pero la formación ya no es tan buena onda y por lo tanto, incide en la rentabilidad del producto. Todo está, creo, en encontrar las formas que sean suficientes para un largo camino de repensar ya no el buenondismo y lo que hay, si no la visión crítica de qué es lo que queda y desde allí comenzar a armar.
Entonces, ¿a qué le decimos buena onda si de buena y de onda no tienen nada? Le decimos buena onda al esparcimiento, a las señoritas ligeritas de ropa en la TV o a cuatro muchachos que no tienen nada que decir por la radio, pero dicen la nada y la sostienen como una construcción o como un artefacto que se replica, que hace mitosis y que se esparce, quizás endemoniadamente.
Eso sí, yo voto a Cinthia Fernández.

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