El campito (Derrumbe de Villa Urquiza y un año de olvido)

El yuyal crece sin orden. Desparejo y encajonado contra el viento parece querer ocultar con premura una vergüenza que en lugar de esconder, torna evidente. El tema de la vergüenza nos genera un problema porque es un sentimiento, los yuyos no comprenden de esas cosas, sólo crecen a merced del reflejo macilento del sol que les llega a través de los bloques cada vez más altos de edificios. Pero nos recuerda el constante devenir de las cosas, de ese gran abstracto que denominamos tiempo.
El campito es la tragedia y el drama, pero también el olvido, el silencio, el dolor sordo de la muerte y de los vivos que recuerdan a los muertos con una infinitez imperfecta. Todos olvidamos en gran medida a nuestros muertos hasta que se transforman en una anécdota. Se nos van ajando en la memoria porque la vida transcurre y nuestros muertos siguen ahí, estancos. El devenir los afecta pero sin dinamismo y nos aferramos a cosas con las que tratamos de mantenerlos cerca, como un amuleto o una palabra mágica que, al final, se vacía de sentido y se sostiene en la forma.
Heidegger –a quien citamos con no poca vergüenza-, nos hablaba de la avidez de novedades. Algo así como andar saltando de novedad en novedad para evadirse a uno mismo. Pero a esta altura ya podemos hablar de una lógica de la novedad. La novedad es velocidad y superficie, una suerte de negación ya no sólo del análisis sino también de la reflexión. La novedad es un drama… otro tipo de drama que hace de la tragedia del otro una suerte de espectáculo pasatista y, por tanto, descartable.
La novedad nos aleja de todo, excepto de su dinámica y así funcionaliza, ¿qué importa una muerte si se puede sustituir por otra más extraordinaria? ¿Qué importa el flagelo del hambre si puede reemplazarse por el Iphone 4? La lógica de la novedad es lo que nos vuelve ignorantes de nosotros mismos y del otro. El otro ya no es la imagen especular de nosotros mismos, se transforma en una imagen como la de los muertos, que también en el devenir se deconstruye y se transforma en una sombra o en una imposibilidad de tiempo pasado y futuro. Entre tanto, en el baldío el pasto sigue creciendo y un tapial endeble nos indica que ahí ha pasado algo.
El campito nos impacta –debería impactarnos-. En medio de una zona de torres cada vez más altas quedó el verde con un pozo en el centro y los fierros oxidados de lo que fue una bicicleta fija. El verde crece, descuidado. El hierro se corroe como último estandarte que nos dice que allí hubo alguna vez algo. La memoria también se corroe y ya es difícil decir qué ocurrió o si eso que parece haber ocurrido en efecto lo hizo o si tan solo fue un espectáculo montado.
En Mendoza y Triunvirato, hace ya más de un año ocurrió un hecho pequeño, casi irrelevante. Un operario cavó de más con una retroexcavadora y los cimientos del local contiguo aflojaron, luego se vino todo abajo. Un hecho pequeño, casi irrelevante fue el comienzo de la tragedia. Un operario irresponsable fue el padre del campito. Y su jefe, y el jefe de su jefe, donde aplica el carácter transitivo, sus oscuros familiares.
La tragedia en principio fue insignificante. Nadie pudo darle significado en un primer instante a lo ocurrido. Todas las tragedias son insignificantes, la significación ocurre después, luego de consumada la tragedia, con el despliegue de la parafernalia de luces y colores de un rescate que, en sí, de haberse hecho las cosas a conciencia, jamás tendría que haber ocurrido.
Allí, por primera vez en mucho tiempo, todo porteño que se respetara fue ingeniero o por lo menos arquitecto, como una suerte de generalización del conocimiento ad hoc que no sirve para nada. A la semana siguiente todos fueron técnicos de fútbol, y luego hábiles escrutadores de la realidad cotidiana. La lógica de la novedad tiene esas cosas, entre el marketing y la carencia de contenido entra cualquier cosa que pueda significarse fácil.
Casi todas las tragedias comienzan por algo irrelevante. Desde Edipo en el oráculo de Delfos hasta el derrumbe de Villa Urquiza de hace poco más de un año. Sólo quedan las víctimas y los muertos que duran lo que duran en pantalla bajo la máxima de que “la verdad periodística no es la verdad jurídica”. ¿Alguien acaso puede repetir los nombres de esos muertos o cómo sigue la causa? ¿Alguien puede decir acaso algo con mediana profundidad de hace 90 días?
El campito fue un tópico, como lo son tantos otros. Se vuelve a ellos como categorías que repiten lo mismo con otro ejemplo. La cuestión esquizofrénica es que los hechos trascienden el ejemplo. Dos vidas trascienden la estadística y se ubican en el plano concreto de lo que existe. En lo concreto existe el otro y el otro también es uno desde la vereda de enfrente, con la misma ignorancia e ignominia que cierran el círculo entre feedback y feedfoward.
Este es el rasgo pedagógico de la lógica de la novedad, enseña la liviandad como visión de mundo, pero también como la serialización del mundo en un eterno retorno de lo mismo con otro nombre y –en un esfuerzo de imaginación- de otra cosa, pero que es lo mismo, aunque sin memoria, como una visión deformada y estúpida de Nietzsche, aunque con una profunda función ideológica.
Hoy la gente pasa y ya nadie mira ese vacío verde y descangayado que quedó frente a un boulevard florido. Todos miran hacia el otro lado. Reflexionar problematiza porque nos baja de una dinámica veloz y nos lleva a un solo punto, en un solo tiempo y en un solo espacio. Allí el verde no refleja vida sino tragedia, no inspira el progreso del hombre sino la escueta voluntad de cosificar y borrar el hecho de la muerte del otro que también es la de uno, en un futuro que se acerca y que es inexorable.
El campito está baldío de memoria, su recuerdo es cuando mucho las lágrimas de algunos familiares en una vida que continúa y un agujero en la reflexión de todos los que pasan, aunque hoy como tópico se vuelve a hablar de derrumbes y todos nos ponemos el casco y opinamos como buenas tías viejas de almacén que de saber, saben todo, pero siempre unos cuantos días tarde... cuando ya es demasiado tarde.

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