A propósito de Merton


Robert Merton, el padre del Merton que ganó el premio Nobel, era el campeón de las teorías sociológicas de alcance intermedio. En éstas, decía, se encontraba el futuro de la sociología. Sin embargo, este no es un artículo sobre sociología sino sobre algo que escribió este autor referido a los sociólogos y que aplica a casi todo lo que requiere fundamentación. Incluido, claro, el periodismo… y más en detalle, el periodismo que requiere de argumentación.

El sociólogo decía que como la cantidad de información que se produce es tan pero tan grande,  es imposible leerla en profundidad y comprender la postura de la contraparte. Por tanto, esa información –en el caso de los sociólogos, estudios sociológicos-, en lugar de cumplir el rol de fundamentación de la contraargumentación, se tornaba irrelevante. Para Merton esto era un defecto, y en eso coincidimos, en tanto provoca una encerrona entre los estereotipos que tienen los participantes sobre los contrarios. En esta dinámica, la superficialidad se refuerza y, cuando mucho, el argumento se transforma en un slogan.

Si cualquiera se detiene a analizar el discurso de un político de forma seria –de cualquier político–, utilizando elementos cuantitativos, cualitativos e inferenciales, salta en su total medida la cuestión del discurso como ilación de slogans, con forma coherente y que atiende al lugar común… aunque el lugar común nunca es el mejor lugar. Así, el debate se ejerce no sobre el fondo de las cuestiones sino sobre lo irrelevante de la coyuntura.

Conocer es un trabajo complejo. Requiere sentarse, leer (ver o escuchar), buscar las variables y las confrontaciones profundas para saber de qué estamos hablando. El lugar fácil es el de “a ese no lo leo porque es un pelotudo” o “porque no estoy de acuerdo”, etc. Eso refiere, como dijimos antes, al estereotipo. Y hasta donde alcanza la lógica, dice que no hay otra forma de conocer que estudiar. Cuando se estudia el problema, la proposición o la postura del otro, se puede llegar a un análisis y a una confrontación con sentido que trasciende lo irrelevante.

Pero así como hablamos del plano político, también hablamos del plano periodístico. Cuando para flagelarme no me alcanza con los libros, agarro los diarios y en ninguno encontré, donde dice “columna de análisis”, un análisis sino cuando mucho una mera especulación fundada de manera artificiosa pero, eso sí, con riguroso lenguaje “periodístico”.

En los medios audiovisuales parece que la fundamentación ya no es necesaria. Alcanza con escuchar cualquier dislate de “periodistas” como Marcelo Bonelli, por un lado, o como Orlando Barone, por el otro. Barone, por ser que tiene más “cancha”, más años o le da un poco más de pinet, alcanza a recubrir el discurso con algo parecido a la argumentación –estrictamente inválida en muchos casos-. Bonelli, no. Con este último se nos impone una doble dificultad, primero en tratar de entenderle las palabras y, segundo, tratar de entenderle el sentido de la proposición. Pero que la fundamentación está ausente, está ausente lo mismo. Entonces, a un tipo como Mario Bunge –de quien pusimos un artículo entero hace poco y con el cual no concordamos–, se le deben retorcer las tripas al ver cómo se cae a pedazos su concepción prístina e inocente de lo que es el periodismo.

Muchísimos periodistas por deformación profesional son profundamente ignorantes. Saben un poco de muchas cosas, pero de nada en profundidad, y esto más que un insulto debe ser un llamado de atención. El discurso periodístico, no en la forma sino en el contenido, se enfrenta con el problema que señala Merton con los sociólogos, sólo que a una escala mucho mayor: refuerza el estereotipo de un público según el marco ideológico del medio (lo que no está mal en tanto el punto de partida sea abierto y conocido). Este refuerzo, como efecto de mínima, funcionarliza el discurso y, por eso mismo, funcionaliza el estereotipo.

Y aquí nos encontramos con la cuestión democrática a pleno, fuente de violentos peleones entre teóricos norteamericanos de la opinión pública, como Lippman y Gallup. ¿Y qué tienen que ver Lippman y Gallup con Merton, el problema de los estereotipos y la democracia? Tienen todo que ver, porque se nos plantea la pregunta sobre cómo se fundamenta la democracia, ¿en lo que “la gente” opina o en lo que “la gente” sabe? Parece una pregunta de Perogrullo, pero “la gente” opina en base a lo que sabe y si quienes los informan no saben mucho de cualquier materia de la que tratan, ¿cuál es la base formal de esas opiniones? ¿Terminan siendo los estereotipos?

Desde Bourdieu sabemos que los medios más que hablar sobre la realidad, hablan sobre la realidad de los medios y, también, que entre los medios y el público se genera una dinámica circular de la información que, de última, también impacta en las encuestas lo que las transforma si no en elementos inválidos, por lo menos en algo cuestionable por más que su metodología sea brillante.

Si “la gente” opina de lo que sabe y lo que sabe lo obtiene de los medios y estos manejan los hilos superficiales de lo que podríamos denominar “actualidad relevante” o, en otras palabras, en hacer de lo irrelevante algo comercialmente relevante, la pregunta que hicimos se sostiene y nos enfrenta al problema ético del discurso y del conocimiento.

Para Habermas, la cosificación nos hizo mierda. Hay una baja de la razón pública desde el siglo XVII en adelante (Historia y Crítica de la Opinión Pública). Pero nadie es enteramente racional. Lo racional y lo emocional tiene la particularidad de estar mezclado en una misma cosa, es decir el hombre. El slogan, como dijimos, apunta a lo emocional porque lo emocional tiende a abolir el conflicto y a unificar tras una causa común de las partes de manera endógena, y así nos quedan dos grandes partes que son las que se reparten garrotazos. Repartirse garrotazos (de forma discursiva), es parte de la democracia, todo está en el sustento de esos palazos, en qué se fundamentan.

Para alguien que lee Clarín, La Nación, Ámbito Financiero o que lo escucha a Willy Kohan por la radio, el convencimiento de que el país se va al demonio no requiere mayor elucubración que la enunciación de los medios. En cambio, para los que leen Tiempo Argentino, Página 12 o miran 678, el país es una fuerza pujante en el horizonte internacional. Los últimos tienen una ventaja, la del ejercicio del poder por parte de la fuerza a la que apoyan (y aquí nos ponemos bien foucaultianos). Los primeros tienen la ventaja de que en el ejercicio del poder hay que tomar decisiones que no dejan a todos felices y, por esto mismo, se toman de estas cuestiones que son en sí necesarias para justificar su discurso (no argumentarlo, sólo justificarlo), porque a la larga los pesimistas también en algún momento la pegan.

Si analizamos a los unos y a los otros, vemos en seguida que la cosa es, como dirían las tías viejas que toman mate en la vereda y critican a las muchachas ligeras de ropas gracias a la primavera, “ni muy, ni tan”. Ni el país se va al demonio como aseveran unos, ni el país es un adalid de justicia social y repartición de la riqueza como precisan los otros. Pero el discurso es el discurso, y siempre (o casi siempre) es pasible de ser manipulado.

Al final volvemos al principio y vemos que Merton quizás tuvo razón, y el problema está en la falta de interés de conocer en profundidad a la contra parte, en encerrarnos en una espiral lógica que puede terminar en cualquier parte, pero no por falsedad ideológica o estupidez sino por el simple hecho de la perspectiva. Desestimar al otro es fácil. Leerlo y estudiarlo aun cuando no se está de acuerdo es una tarea mayúscula, difícil y necesaria. 

Para cerrar y porque aplica, vamos con una anécdota personal. El otro día tomaba unas cervezas con unos colegas en un barcito chiquito y apacible de la calle Junín. Y entre cerveza y cerveza elucubre una hipótesis tan áspera como exuberante. Dije: “el periodismo no existe”. Y uno de mis amigos queridos me preguntó, ¿si decís que no existe por qué estudiaste periodismo? Mi respuesta fue una sola pregunta, ¿se puede hablar bien o mal de lo que no se sabe? La respuesta fue “no”, y seguimos con la cháchara y el comadreo. Todos sabíamos que la respuesta era falsa, pero no nos importó, acaso por vergüenza. Al cabo, de encuestas, todo el mundo habla y de ellas nadie sabe nada.

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