Oh My God! (Capitanich y el “plan de Dios”)

"El plan de dios” implica varias cosas: creer en dios (en cualquier dios), creer que ese dios tiene la suficiente razón para establecer un plan, creer que ese dios efectivamente tiene un plan, creer que a ese dios le importa y, luego de una larga lista de etcéteras, creer que ese plan de ese dios es bueno.
Okcam que en sus años de gloria era un crack (a pesar de ser franciscano), decía más o menos que si Dios es Dios, no le rige ninguna regla, ni siquiera la de la bondad. Es decir que con la voluntad de Dios no se jode y hace lo que le viene en ganas. Entonces, desde acá planteamos el tema del plan. Si tiene un plan, germinamos la duda, ¿tendrá ganas de aplicarlo? ¿Será bueno? Para esto es necesario dar el salto de fe y así puede verse la “historia de la revelación”. En otras palabras, se invierte el orden de la experiencia, ya no hay que “ver para creer” sino que hay que “creer para poder ver”.
Primo Levi, que conoció todos los horrores del campo de concentración, nos dejó una máxima extraordinaria que de tan usada y reinterpretada se transformó en un título. "Existe Auschwitz. No existe Dios". Esto es antes que nada una fórmula lógica en dos términos con una doble negación. Si Dios existe y existe Auschwitz, a Dios no le interesa lo que existe o si lo que existe es bueno. Si Dios es Dios –como dijimos con Okcam-, para él todo es contingente. Si es contingente no es necesario, y si no es necesario no es relevante. Lo irrelevante, no importa, ni siquiera en la suma de las características de lo irrelevante.
Hasta aquí son críticas racionales al campo de la creencia, y como dijimos, son dos esferas distintas. La salvedad es que las dos esferas cohabitan en el hombre.
Si el hombre es público y su creencia es privada, ¿esa creencia es pública o privada? Bueno, es privada hasta que afecte la cuestión del orden público. Si el arbitrio de la creencia del hombre público afecta la cuestión pública, es la razón pública la que debe devolver las cosas a su lugar.
La cuestión del aborto es dura, nadie va de conga a hacerse un aborto (la realidad dicta que el potencial en esta materia no existe). Abordar la cuestión desde la esfera de lo privado de la fe –por más que se lo vea muy convencido y fervoroso en su discurso-, es inválido, tanto como hablar de lo “sagrado de la vida” es falso.
Para esto último nos remitimos a dos ejemplos estúpidos. En la guerra lo “sagrado de la vida” desaparece, incluso se premia al que liquida al otro. Cuando se aplasta a una cucaracha, nadie se pregunta por lo “sagrado de la vida” de la cucaracha, ni por su parte en el “plan de dios”. Si usted se quiere pegar un tiro en la cabeza, va y se lo pega… sólo la primera vez, para la segunda ya está medicado.
También encontramos deficiencias en el lenguaje en referencia al objeto. Cuando se dice “el niño”, aunque se diga con profundo desconocimiento, se remite a la pars emotiva. No es “el niño”, es preembrion, después embrión y luego el feto. Esto es DE LIBRO y al ser así nos da una de dos, o ignorancia o intento de manipulación. Con la fe particular está todo bien, pero desconoce de embriología.
Entonces comenzamos a ver cómo se nos llena de agua el bote. Dentro del plano de la creencia se dice “plan de Dios”. Desde el plano de la razón, el Dios, el plano y la mar en coche son irrelevantes, aunque la creencia tiene su órgano militante en la institución religiosa, cuyo origen es irracional pero su fin es bastante racional y concreto, y su peso se hace sentir en las directivas, llámese “bula papal” o como se quiera, pero atiéndase que si el fin es concreto, entonces es político e ideológico.
También desde la fundamentación racional tenemos inconvenientes en tanto valores, desconocimiento, ignorancia y/o manipulación. El tema de los valores no es una cuestión menor, estar en contra del aborto (o de cualquier cosa) atendiendo a los valores racionales es válido.
Hasta ahora, en el tema del aborto vemos a dos grandes bandos tirándose cascotazos mediáticos. Uno de estos grupos se define como “a favor de la vida”. Como a la vida ya nos referimos, vamos hacia el criterio de demarcación, que en el lenguaje coloquial del barrio es el “¿de qué estamos hablando muchachos?”.
Entre la lluvia de petardos en los medios encontramos que nadie define el sujeto del debate. ¿A qué nos referimos, al preembrion, al embrión o al feto? Ya observamos qué tan absurdo puede ser referirse a la defensa de lo “sagrado” de la vida. Establezcamos el debate en términos de razón y de profundización del conocimiento. Entonces, de cara al debate algunas preguntas se nos presentan como necesarias.
Si el sujeto de derecho es precisamente el sujeto: ¿defendemos la vida o defendemos al sujeto? ¿Cómo se conforma el sujeto? ¿Desde cuándo se es sujeto? ¿Si tiene vida es sujeto? ¿Aceptamos la “muerte digna”*, aunque aún haya vida? ¿Cuáles son las diferencias necesarias entre aborto y “muerte digna”, y dónde está el sujeto? Estas serían algunas de las preguntas de mínima que deberían realizarse para poder establecer un debate, preguntas que, por supuesto, nadie se hace pero que deberían hacerse porque atendemos a la razón del Estado y no a la creencia del Estado. La ley es (o debería ser) eminentemente racional.
Y por ahí nos quedó bailando el “progresismo conservador” de Capitanich que nos sirvió de buena excusa para una reflexión, ante todo, necesaria.
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*(Dejamos en claro que "muerte digna" es el eufemismo de eutanasia y que lo usamos por convención aunque estamos en desacuerdo con el término)