Periodismo y filosofía - Mario Bunge

A veces, con Bunge nos puteamos de lo lindo, tanto más cuando su área de conocimiento no es pertinente a la materia sobre la que opina, claro que él ni se entera, apoltronado allá en Canadá viendo hasta dónde se estira la longevidad. Cuando buscamos epistemología, vamos a Bunge porque es pertinente, pero cuando vamos al periodismo... buscamos otra cosa. Hoy vamos a hacer lo que nunca, vamos a dejar el artículo completo "Periodismo y Filosofía" de don Mario, y después lo desmembramos y analizamos las falacias y el abigarrado aunque bien escondido "lugar común". Aunque cuando digo "después", bien puede ser hoy como cualquier otro día.
"A primera vista, el periodismo nada tiene que ver con la filosofía. A fin de cuentas, mientras el filósofo se especializa en problemas eternos, el periodista es “el obrero del minuto”, como lo llamó el gran periodista español Pepe Ortega Spottorno.
A segunda vista, ambos campos están relacionados bastante estrechamente. Por algo el filósofo español más famoso, José Ortega y Gasset, también fue eximio periodista, maestro y padre de dos distinguidos periodistas, el Pepe que acabo de mencionar y su hermana Soledad.
Se dirá que el caso Ortega es excepcional. Lo es, pero no tanto, porque todos los profesores de filosofía hacemos periodismo cada vez que informamos sobre filosofías ajenas. Solamente quienes conciben ideas filosóficas nuevas hacen filosofía antes que periodismo filosófico.
Aun admitiendo que quien enseña filosofía hace periodismo especializado, no puede decirse que los periodistas hagan filosofía. Esta segunda aserción requiere pruebas. En lo que sigue intentaré suministrarlas. En efecto, trataré de mostrar que, aunque no lo advierta, todo periodista asume o traiciona ciertos compromisos filosóficos.
En particular, el periodista moderno admite tácitamente una visión moderna del mundo, así como la existencia de la verdad y la vigencia de normas morales. Admite todo esto aun cuando lo traicione cuando acata las órdenes de un patrón venal, servil o tiránico.
Empecemos por la visión del mundo. El buen periodista no informa que han aterrizado extraterrestres a bordo de un plato volador ni que una hechicera cura el cáncer. A lo sumo, informa que un granjero de Kansas asegura haber avistado un Ovni o que una curandera promete curar el cáncer con sortilegios.
El periodista, como el historiador, se limita a contar objetivamente lo que ocurrió en realidad y deja que el lector crea o descrea lo que afirman los personajes aludidos. Por ejemplo, no escribe “Nuestras tropas libertaron el territorio T”, sino “Nuestras tropas ocuparon el territorio T”. Tampoco escribe “El partido P defiende la democracia” sino “Los voceros del partido P afirman defender la democracia”. Ni escribe que X delinquió, sino que X fue acusado de delinquir.
Actitud realista y escéptica
El buen periodista adopta, pues, una actitud neutral y sobria, tan realista como escéptica. Lo hace incluso cuando, en lugar de informar, escribe editoriales con la aspiración de formar o reformar.
Esta actitud objetiva contrasta con el constructivismo-relativismo que propagan los llamados posmodernos. Según ellos, no habría hechos objetivos sino solamente construcciones sociales, o sea, inventos compartidos. Por ejemplo, no habría locos, sino psiquiatras y hospicios empecinados en reprimir y explotar a excéntricos indefensos. Por consiguiente, tampoco habría verdades objetivas, excepto la afirmación: “La verdad no existe”.
El periodista no acepta semejantes sofismas. Sabe que su tarea es decir la verdad; o bien, si depende de un patrón mentiroso, ocultarla, para lo cual tiene que empezar por discernir lo verdadero de lo falso, el hecho de la ficción y la crónica de la opinión.
Si el periodista miente, viola el código moral que rige su profesión. Y si insiste en decir verdades que no le gustan al poderoso, se arriesga. Los conflictos morales de este tipo ocurren a diario, pero rara vez salen a luz. Un caso reciente, que tuvo enorme repercusión política, es el de la BBC de Londres, la empresa periodística más vista y escuchada del mundo.
Como se recordará, esta empresa estatal autónoma informó que el primer ministro Tony Blair había arrastrado a su país a la guerra con Irak sobre la base de informes falsos acerca de las armas de que dispondría la dictadura iraquí. Las intensas presiones que ejerció el gabinete del primer ministro sobre la BBC no surtieron efecto. Y el público británico desconfió más del primer ministro que de la B En efecto, la cota de popularidad del primero bajó catastróficamente, en tanto que aumentó el prestigio de la B
Ese público sabía que la ética periodística es mucho más rigurosa que la ética política. No en vano el periodismo no ha producido un Nicolás Maquiavelo. Los grandes magnates del periodismo amarillo, tales como el legendario William Randolph Hearst, mentían y obligaban a sus escribas a mentir, pero no escribían obras maestras tales como El príncipe (Hearst fue inmortalizado por Orson Wells en la película clásica El ciudadano Kane).
El célebre lingüista norteamericano Noam Chomsky ha estado fustigando a la prensa de su país, acusándola de fabricar la opinión pública a base de ocultar crímenes políticos diversos. Sin duda, algunas de sus denuncias son verdaderas. Pero ¿cuál es su principal fuente de información, sino la misma prensa que ataca? Esa es la prensa que informó sobre los escándalos de Watergate (Nixon), Irán-Contra (Ronald Reagan), las estafas multimillonarias de los empresarios amigos del presidente George W. Bush y mucho más.
Esa es también la prensa que informó recientemente que el libre comercio internacional favorece a las grandes empresas agropecuarias norteamericanas y europeas, las que gozan de enormes subsidios estatales, lo que les permite vender granos, algodón y otros productos a menos del costo de producción, con lo que están arruinando a los agricultores del Tercer Mundo. Todo eso fue publicado por The New York Times, The Washington Post, Le Monde, The Independent, y Der Spiegel antes que en el diario cubano Gramma. Por manso que sea, el periodismo norteamericano no es mendaz. Por ejemplo, nunca afirmó que el presidente Bush (h) fue pescado leyendo un libro o promoviendo legislación favorable a los pobres.
Siempre ha habido prensa venal o servil, particularmente la que controlan partidos o gobiernos. También es cierto que hay prensa patriotera, que se autocensura para no restar autoridad a su gobierno en tiempos de guerra o de agitación social. Pero dondequiera que haya libertad de prensa, la noticia interesante es mercancía que el público está dispuesto a pagar. En cambio, allí donde la noticia no es sino instrumento de poder político o económico, no se difunde a menos que favorezca a los mandalluvias.
¿Y dónde está la filosofía?
¿Dónde está la filosofía en todo eso? En todo eso. Está en la estricta distinción, inherente al realismo gnoseológico, entre hecho y ficción, entre verdad y falsedad y entre noticia y opinión. También está en la negativa tácita, característica del naturalismo filosófico, a atribuir hechos a poderes sobrenaturales y el conocimiento de hechos a facultades paranormales. Y la filosofía está en el respeto a la verdad, que forma parte del código ético profesional del periodista.
Quien se compromete a buscar y difundir la verdad asume un compromiso filosófico. Recordemos que Aristóteles, Spinoza, Kant, Russell y otros filósofos instaron a decir la verdad. Y recordemos también que, en cambio, Platón defendió el uso de la “noble mentira”; que Nietzsche exclamó “¡Hágase la vida y perezca la verdad!”; que los utilitaristas y los pragmatistas pretendieron reducir la verdad a la utilidad; y que los llamados posmodernos afirman que todas las creencias son interesadas y locales, en particular tribales.
El periodista honesto, al buscar y publicar verdades, rechaza tácitamente estos sofismas. En esto se parece más al filósofo auténtico que a ciertos filosofantes de moda. Y cuando arriesga su vida buscando la verdad, como ocurre con el corresponsal de guerra y el investigador de organizaciones criminales, es un héroe.
En resumen, el buen periodista, como el buen científico, hace buena filosofía sin proponérselo. No la explica ni predica, pero la vive. Y sirve al público en la medida en que la vive".
(Del libro "100 ideas").

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