Los genuflexos

Juguemos a actualizar los nombres del párrafo que sigue:
“Con frecuencia –con demasiada frecuencia-, acercarse al monarca constituye para los intelectuales y los filósofos la ocasión de ofrecer sus servicios, y a modo de recompensa o de participación, gozar de una parte del aura que nimba al jefe. Al vivir por procuración, abandonan el espíritu crítico, con todos sus petates, a cambio de lustre. Así encuentran a quien adorar, venerar y luego por quien interceder. Devociones y ejercicios de piedad de toda índole reemplazan la lucidez y la libertad de espíritu. Todos tocados por la gracia, ofrecen sus buenos y leales servicios: tal el caso de Platón, que cortejó al tirano Dionisio el Viejo de Siracusa, y como si eso no bastara, también a su hijo. (…) Entre los más célebres citemos a Hegel, figura emblemática de la colaboración entre Alemania –Prusia, por entonces- y Francia: en efecto, el digno autor de la Ciencia de la lógica aclamó a Napoleón en Jena como a un salvador, el espíritu del mundo encarnado, etcétera. Hoy podríamos escribir abultados volúmenes contando las relaciones idílicas entre Freud y Mussolini, entre Heidegger y Hitler, o entre Sartre y Stalin, Castro o Mao. (…) Diógenes es el antídoto de estos oportunistas que prostituyen sus talentos en las causas más deplorables: un jefe de Estado es siempre un hombre deplorable; todo es sencillamente una cuestión de medida y el acomodo es una regla del género. (…) Las ideas son las primeras víctimas de sus caprichos. Todo se sacrifica en aras del pragmatismo, suerte de altar donde el realismo y la eficacia hacen las veces de incienso turiferario”.
ONFRAY, M. “Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros”. Ed. Paidos.

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