La plata de los diputados (y de los periodistas)

Cuando le preguntan a un legislador nacional cuánto gana, empieza a recular. La mayor parte tartamudea y dice que no sabe o desvía el tema con alguna excusa de menor o mayor calidad, dependiendo de la rusticidad del entrevistado… tengamos en claro que no todos los legisladores son ases de la retórica y mucho menos de la oratoria. No está de más abundar en el siguiente concepto: a algunos sólo los debe conocer la familia, los amigos, los padres de las candidaturas testimoniales y la tipografía de la boleta sábana; es decir, poca gente.
El tema del salario para un político es un problema porque no da bien en las encuestas y es una patada en contra del discurso instrumental de “los pobres” “la inflación” y el “hay que cuidar el mango” que se pone en boga una vez cada dos años. De esta manera, los honorarios se comen a las chicanas.
Cuando la carga de la pregunta se invierte y se le pregunta a un periodista* (o mejor dicho presentador) cuánto cobra, la reacción suele ser la misma, con la diferencia de que aquí se escuda en el ámbito de la práctica privada… o sea, de empleado. ¿Por qué tengo que decir cuánto gano si a mi no me paga el Estado? La pregunta es válida hasta como respuesta.
Sin embargo, nos entra la dicotomía. El presentador se inviste en la función pública de informar (es decir, de presentar la noticia, de hacer preguntas en la entrevista, etc), pero al mismo tiempo se protege con el secreto de la función privada. Aquí hay que decidirse, si decimos que el periodista forma parte del ámbito público, su información debe ser pública en tanto atienda a su transparencia.
Si pertenece al ámbito privado, su función social debe entenderse como la de empleado y en tanto tal, no se le permite ser díscolo con las reglamentaciones de trabajo de la empresa a la cual presta su servicio. Aquí la pregunta sobre la transparencia es secundaria, lo que vale también para el caso donde el salario del periodista no se deba ni al Estado ni a la empresa del medio sino a los auspiciantes… pocos periodistas son rebeldes con los anunciantes.
Escribe el sociólogo Silvio Waisbord, que el máximo grado de democracia está en la sociedad que se permite investigar no sólo a sus políticos y a sus empresas, sino también a sus empresas periodísticas y a sus periodistas. En la Argentina, andamos un poco lejos, tanto más cuando la respuesta suele ser una pregunta retórica que deja todo en el olvido.
Decir que un periodista cobra un sueldo (jugoso en el caso de los starsmedia) y que los legisladores también lo hacen, ponen en la opinión pública algo indeseable y que por lo tanto sería mejor mantener oculto: que todo se mueve por dinero y que ser legislador o starmedia es, sobre todo, un gran negocio.
¿Es tan así? ¿Es todo un gran negocio? La respuesta es casi irrelevante para los que se agarran del hilo argumental que asevera que “la gente no es tonta”, y como no da “progre” ir en contra de esa máxima -por cierto, infundada-, vamos a dejar la pregunta abierta y que la “gente” piense lo que quiera o lo que pueda y como pueda, porque no se sabe si la gente es tonta o no y en qué contexto. Lo que sí se sabe es que por lo general la información para que pueda tomar sus decisiones y asentar sus puntos de vista es deficiente y casi siempre interesada, tanto en el sueldo de un legislador o de alguno de esos popes que se llenan de lo maravilloso de la información cuando de sus cuentas bancarias tienen la data bien guardada.
*En este caso, cuando hacemos referencia a “periodista” o “presentador” hablamos de las “grandes estrellas del periodismo”. No caben dudas de que un movilero, un cronista, un redactor, etc. se manejan en el magro margen salarial que acoge el sindicato por convenio.

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