El fútbol menor

A=B (A=¬A)




Ahora que todos miramos el Nacional B –por hinchas de algún equipo de la división o por la morbosidad de ver a River transcurrir sin brillo la temporada-, nos damos cuenta de que no hay una diferencia real con el juego de los equipos de la A. ¿Cuándo fue que el fútbol argentino se transformó en el entremés aburrido y amarrete que ocurre los fines de semana entre el almuerzo y la cena? ¿Qué pasó con el talento y la alegría del juego? Porque el fútbol por más que a los más aguerridos hinchas de cualquier club les moleste, es sólo eso, un juego.

Ahora que todos miramos el Nacional B, empezamos a observar con desconfianza, ¿por qué ese fútbol, en teoría más rústico y antipático no deja de parecernos más auténtico? Los recursos entre ambas divisiones no son muy distintos, ya que los jugadores más talentosos terminan vendidos al exterior prematuramente, para cumplir suplencias por largas temporadas en equipos irrelevantes hasta ver sus carreras frustradas. Los casos de éxito en Europa son escasos en relación con las ventas y esos cracks en potencia que vuelven con el gris del fracaso en el exterior ya nunca vuelven a ser los mismos.

Entonces, la primera división se compone por jugadores que buscan ese trampolín que los lleve al exterior donde están los grandes sueldos, los que nunca se irán porque no les da el piné y aquellos que una vez fracasado el traspaso, vuelven a buscar una especie de redención con el título de marketing basado en la falacia del “yo jugué en Europa”. También hay casos excepcionales donde con la gloria asegurada en el viejo continente vuelven para retirarse en sus viejos clubes, allí donde por primera vez sintieron quizás el amor por el juego y donde este fue más relevante que el amor por el dinero.

Luego, el sistema táctico se acomoda a los recursos y con estos tan escasos, la resultante es esquemática e intensa pero carente de brillo. Asimilamos el término “brillo” no al “Blem” de Falcioni sino a la ambición en el juego, a la propuesta innovadora y a los elementos necesarios para llevarlo a cabo. Hoy, todo desempeño se da en lo que hace 10 años se denominaba “de equipo chico” y la lógica de equipo chico va a la saga con los fracasos internacionales del último largo tiempo.

La pregunta se sostiene, ¿por qué el fútbol de segunda división nos parece más auténtico? La suposición que respondería esta cuestión se da en relación al divismo.

Vedetismo y síndrome Blackberry

El futbolista de primera división se parece a una vedette, le gustan los flashes, la dramatización y la utilización del escándalo… o “el cabaret” si nos adentramos en la jerga. No aplicamos la generalización por lo que damos el margen de duda: no todos lo son, pero que los hay, los hay.

El futbolista profesional local presiona por medio del escándalo más que por rendimiento en el campo. Esto no sería posible sin la existencia de ese periodismo deportivo vernáculo que devino en “periodismo de chimentos”. La falacia tiene múltiple factores. El escándalo sube la aguja del rating, si sube es porque la gente los mira, la facturación de los equipos depende de la televisación de los encuentros, pero entre los escandaletes y los encuentros no hay una reciprocidad en términos del aumento del cobro de dinero. La retórica del jugador, del técnico o de los dirigentes; el clásico “telefonazo” al periodista amigo se da en dos direcciones: usufructo personal o, también, político. Esto que de una manera rebuscada podría verse como un aumento de la competencia entre pares que a la vez fomente la mejora de los campeonatos, termina en la perorata pequeña y egoísta que en vez de sumar, resta.

¿Cómo definimos a una vedete? Maneras hay muchas, todas ellas incómodas y alejadas de la definición original. Si nos referimos al verdadero contenido del término, deberíamos decir que es una relación múltiple entre varias condiciones excepcionales que debe tener la estrella del espectáculo de revista. Baile, actuación, canto y carisma, todos esos son los recursos necesarios de una vedete. Una profesión que cayó en desgracia y que se transformó en la salida laboral de toda mediática carente de talento, excepto el de mediatizar el escándalo… y aquí se establece la similaridad. Muchas palabras y poca acción de calidad o, en latín, “res non verba”.

El jugador vedete no sería posible sin ese periodismo de chimentos que vive de los girones que va dejando tras de sí el fútbol profesional. ¿Cuántos periodistas deportivos profesionales conocemos? Mi conocimiento se reduce a pocos ejemplos, Alejandro Fabbri, una de las personas que más debe conocer de la historia del deporte nacional; Gonzalo Bonadeo, capaz de explicar una carrera de canotaje a la madrugada y de analizar cualquier deporte con la misma claridad y certeza; Víctor Hugo Morales, que a más allá de sus virajes políticos sus reflexiones sobre el fútbol local continúan siendo válidas e interesantes. La lista de etcéteras es tristemente corta.

Estrechemos el lazo. Entre futbolista local -aquel que dejamos párrafos más arriba entre los que se quieren ir, los que no se irán jamás y  los tristemente retornados- y el periodista de chimentos deportivos se establece una relación de necesariedad. El jugador mediopelo necesita de una prensa que no puede obtener por medio del juego, el chimentero necesita algo para vender y todos sabemos qué tan difícil es llenar un programa en las condiciones actuales donde el deporte se convirtió en una cosa extremadamente aburrida. Los héroes del campo parecen escasear. Con esto no pretendemos atacar al “laburante” del fútbol, que también existe, aunque de manera más frecuente en las divisiones menores y que son los que, a la larga, le dan autenticidad a esas categorías.

La vedete aplica Blackberry desde el mismo vestuario para informar al periodista amigo de los promenores del “cabaret”, más palabras que espíritu. El futbolista profesional juega, más espíritu que palabras.

Los aprendices del peor Maradona

Diego, porque en la Argentina Diego es Maradona, tenía la virtud de hacer entre el pie y el balón un arte, una melodía intensa que acalló a otros grandes jugadores. Pero esa excepcionalidad se vio opacada por lo que vino después y no hablamos de sus dislates políticos, las drogas, etc; sino de su posterior amor a la cámara de televisión y a la declaración explosiva. Maradona, como artista podía permitírselo, decir lo que él quisiera porque sólo él era Maradona y así abarcaba la totalidad del talento futbolístico. Esperar que sus declaraciones fueran válidas fue –y sigue siendo- una exageración de los especialistas. Pero sin lugar a dudas fue uno de los casos donde talento y carisma se unieron.

El jugador vedete parece olvidar varias partes de lo anterior: que sólo Maradona es Maradona y que por eso podía decir lo que se le antojaba, quién sino él había hecho aquel gol místico contra los ingleses dejando arrumbado a un equipo completo, quién había capitaneado con éxito al seleccionado nacional, quién había llegado a un equipo casi de la B italiana para consagrarlo campeón, quién había resurgido de las mismas cenizas de la drogadependencia. Maradona era Maradona dentro del campo de juego y si bien no era un superhombre, se le parecía bastante. Fuera de la cancha fue, cuando mucho, un comentarista contingente y desafortunado.  

Un comentarista contingente y desafortunado… eso parece haber dentro de cada jugador vedete, y dentro de cada periodista amigo, un receptor atento e interesado. El fútbol está a marcha a la deriva, con una soledad inquietante.

Como contrapartida, Bochini, tan admirado por Diego (que es Maradona), comprometía otros atributos no menos impresionantes. Uno de los jugadores menos dotado físicamente del fútbol argentino, con una seriedad y un silencio abrumador por partes iguales, pero capaz de gambetear caminando a quien se le pusiera enfrente. Caminando, siempre para adelante.  El cerebro de Bochini, su visión total del juego y el silencio, esas son las características olvidadas de un grande.

Como escribió Orlando Barone cuando era periodista, en la contratapa del Cronista el 10 de marzo 1991 con motivo de su retirada, “¿Por qué sobrevivió este antiguo pintor de marinas y paisajes frente al avance de ismos posmodernos? Es un misterio. Es como si en la reciente guerra de armas tecnológicas apareciera un soldado descangallado y chueco con un casco de lata y se pusiera a bajar enemigos con la honda. “¿Quién es este tipo? ¿Qué le pasa que no le tiran un misil por la cabeza?”, gritarían los oficiales sorprendidos. “No se puede. Lo que él improvisa no figura en los textos”, contestarían aterrados los subalternos. Nunca Bochini concitó la exclamación femenina que se excita con el cuerpo de dibujo de comics que luce Goycochea. Nunca a nadie se le ocurriría emplearlo de modelo de atleta ni lo pondrían a publicitar computadoras ni la first class de una línea aérea”.


B=A (B=¬B)

En la hegemonía del fútbol por computadora, del atletismo sincronizado y sin gracia, la Argentina que fue junto con Brasil “el potrero del mundo”, ve como ese juego escandalosamente feo, a la italiana, sobrevino como una enfermedad inevitable pero lógicamente predecible: los mejores de los nuestros quieren estar allá, los peores de los nuestros quedan acá, las malas ventas arruinan buenos proyectos, son contados los clubes que tienen planes a futuro que no sea salvar la bancarrota (monetaria y moral).

El fútbol de la B es más simple y por eso más honesto, no se plantea los negociados (al menos mientras se encuentre en la B). El objetivo es ascender y el jugador vedete no tiene lugar, por lo que el periodista amigo queda exento de impartir su oprobiosa influencia. La prensa partidaria, es partidaria e hincha, pero sólo es partidaria, inflamada más por el amor al club que a sus posibles dividendos. En todas las aristas, el fútbol de la segunda división es más honesto… es la verdadera A que no se niega en tanto tal y que acepta que, en sus limitaciones están las posibilidades de éxito, un éxito que no necesita del vedetismo... "La verdad está en la realidad", el problema está en la definición.