John Carlin, Malvinas


Vaciar las palabras de sentido nos lleva de manera inminente a un problema: cuando llega eso a lo que la palabra se refiere, ya no tenemos cómo llamarlo o ya nos hemos acostumbrado a que eso sea tantas cosas que, a la larga, resulta insignificante... o lo que es lo mismo, se banaliza. Un hecho atroz que carece de nombre es dos veces nefasto, primero por el hecho en sí mismo y después por la ineficiencia al tratar de darle su profundo significado.

Una palabra, no es una palabra sola, es la palabra y su contexto y al mismo tiempo el peso de la historia de una sociedad y de una cultura que se ciernen sobre ese vocablo. Romper su significado es desconocer todo esto. Cuando John Carlin se refiere a la dictadura argentina de 1976 a 1982 como “los nazis argentinos” no sólo comete un error, sino que borra el significado nefasto de una circunstancia histórica plenamente latinoamericana –apañada desde su reconocimiento como gobierno por el ámbito internacional-. Los “nazis argentinos” no fueron nazis, fueron dictadores asesinos argentinos, y esto siempre debe tenerse en la memoria. No se debe tercerizar el horror desde su significado.

Después y como buen británico, Carlin puede decir de la guerra de Malvinas lo que quiera. Puede vestirse de hombre preocupado por la realidad argentina, cuando dice “Me despertaron a las cuatro de la mañana del 2 de abril de 1982 para informarme de que los militares habían tomado las Malvinas. Mi espontánea reacción: “¡Qué hijos de la gran puta! Se jugaron la última carta que les quedaba” (…) Fui a la plaza un mes antes de la guerra, el gran día en el que los argentinos por fin le perdieron el miedo a los militares y más de 30.000 gritamos: “¡Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!”. O puede pretender que los argentinos levanten un monumento a Margaret Thatcher junto a la Pirámide De Mayo. Aunque del mismo modo, sería lógico que algún diario liberal conservador esgrima una respuesta que exija como contraprestación simbólica la figura de Galtieri ya que su hundimiento luego del experimento ominoso de una guerra imposible fue lo que permitió que el gobierno conservador inglés llegara a puerto.

No hace falta cierre ni editorial sedicente para esta introducción, sólo es necesario citar la fuerte opinión del periodista inglés y asombrarse de que sea el mismo que escribió “El factor humano”: “Viví en Buenos Aires cuando tenía entre 3 y 10 años. Cada mañana nos poníamos en fila en el colegio frente a la bandera y cantábamos el himno nacional. Yo, nene británico, “juraba” todos los días “por la patria morir”. En las clases nos metían en la cabeza una y otra vez que los “ingleses” eran unos “piratas” y que las Malvinas eran argentinas. Supongo que, por mi condición de “inglés”, tuve una cierta inmunidad al mensaje. El lavado cerebral, como se demostró aquel 2 de abril, funcionó mejor con mis amiguitos nativos”.

Caeríamos en el mismo error de Carlin si no ejercemos una autocrítica sobre lo que es hoy la memoria sobre la guerra de Malvinas. Pero no en los términos de tal o cual gobierno, sino desde la sociedad. Una sociedad que no es toda, porque eso es una falacia, una categoría sin sentido. Sino en esos miembros de la sociedad que abarrotan las plazas turísticas con una sonrisa indolente. La parte de la sociedad que puede, es una sonrisa indolente. 

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Los “nazis argentinos” se habrían consolidado en el poder si la Dama de Hierro se hubiera cruzado de brazos ante la ocupación de Las Malvinas hace treinta años

Nunca he entendido del todo por qué los argentinos jamás han reconocido la enorme deuda que tienen con Margaret Thatcher. Tendrá que llegar el día en el que algún representante del Gobierno argentino demuestre la inteligencia, la madurez y la cortesía necesarias para darle las gracias. Mientras esperamos, aprovechemos el 30º aniversario del comienzo de la guerra de las Malvinas para explicar por qué la Dama de Hierro merece ser considerada en Argentina como la gran libertadora del siglo XX.

Viajemos 30 años para atrás. No al 2 de abril de 1982, cuando tropas argentinas “recuperaron” o, según el punto de vista, “invadieron” las Malvinas. Volvamos al día antes, al 1 de abril. Yo vivía en Buenos Aires en aquel momento. Llevaba dos años y medio allá, dos años y medio de creciente rabia y rencor hacia los asesinos en serie de la Junta Militar que gobernaba el país. En aquel 1 de abril solo había una cuestión política en Argentina: ¿cuándo iban a dejar el poder los hijos de puta de los milicos? Si a cualquier persona remotamente sensata, no asociada directamente con el Gobierno, se le hubiera preguntado en ese momento: “¿Qué es más importante hoy, que se recupere la democracia o la soberanía sobre las Malvinas?”, creo —quiero creer— que la respuesta hubiera sido la democracia.

Los generales Videla, Galtieri y compañía hicieron desaparecer a 30.000 personas durante sus más de seis años en el poder. Es decir, los secuestraban, los torturaban, los mataban y escondían sus cuerpos en fosas comunes o en el fondo del mar. A la crueldad física se agregaba la crueldad mental hacia los familiares de las víctimas. Saber que un ser querido ha muerto es mejor, o menos terrible, que aguantar años alimentando la remota esperanza de que (tras sufrir inimaginables horrores) quizá siga vivo. Lo sé. Conocí íntimamente a personas que padecieron esta precisa agonía mental.

Por eso fui a ver al embajador británico por el año 1980 a pedirle ayuda en un caso concreto de una mujer desaparecida (me dijo el embajador que el aparato represivo de los militares era como “una máquina para hacer salchichas”); por eso escribí artículos en la prensa argentina comparando el terror de la Junta Militar con el holocausto nazi; por eso, cuando las Madres de Plaza de Mayo hicieron un llamado al pueblo a acudir a la plaza a denunciar al régimen a finales de 1981, fui (éramos unos treinta manifestantes, recuerdo); y por eso también fui a la plaza un mes antes de la guerra, el gran día en el que los argentinos por fin le perdieron el miedo a los militares y más de 30.000 gritamos: “¡Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!”.

Me despertaron a las cuatro de la mañana del 2 de abril de 1982 para informarme de que los militares habían tomado las Malvinas. Mi espontánea reacción: “¡Qué hijos de la gran puta! Se jugaron la última carta que les quedaba”. O sea, apelaron al patriotismo de los argentinos, apostaron a que la gloria de haber recuperado esas inútiles y prácticamente vacías islas frenaría la incipiente rebelión y les mantendría en el poder. Nunca me imaginé que la jugada les saliera tan bien; que al día siguiente fueran a celebrar a la plaza de Mayo 100.000 personas, algunas de ellas las mismas que se habían manifestado en contra del borracho Galtieri y sus compinches unas pocas semanas atrás.

Debería de haberlo entendido, al menos en parte. Viví en Buenos Aires cuando tenía entre 3 y 10 años. Cada mañana nos poníamos en fila en el colegio frente a la bandera y cantábamos el himno nacional. Yo, nene británico, “juraba” todos los días “por la patria morir”. En las clases nos metían en la cabeza una y otra vez que los “ingleses” eran unos “piratas” y que las Malvinas eran argentinas. Supongo que, por mi condición de “inglés”, tuve una cierta inmunidad al mensaje. El lavado cerebral, como se demostró aquel 2 de abril, funcionó mejor con mis amiguitos nativos.

Lo curioso fue que pasados unos días la gente no recapacitara, que no hubiera sido capaz de superar la infantil irracionalidad a la que había en un primer momento sucumbido. Más curioso aún es que 30 años más tarde sigan estancados ahí, aparentemente sin entender la extraordinaria fortuna que tuvo Argentina de que en ese preciso momento estaba en el poder en Reino Unido una mujer considerada repelente por un alto porcentaje de la población británica (no me excluyo), y que se la veía como repelente precisamente por su marcial patrioterismo, por su nostalgia imperial, por su estrechez mental y por su obstinada forma de ser, cualidades que la condujeron a emprender una aventura militar de infinitamente más valor para el pueblo argentino que para el británico.

El valor económico de las islas era nulo para ambos países, ya que en aquellos tiempos no había señal de que hubiese petróleo debajo del mar. Todo se hizo con el pretexto del honor. El argumento de Thatcher fue que montó su contraataque para defender los principios de la soberanía y la democracia. Bien, pero para Argentina el valor de la guerra fue mucho más allá de los meros principios. La consecuencia directa de la derrota argentina fue que los militares se retiraron, humillados, del poder; que se vieron expuestos eventualmente al castigo de la ley; y que se instaló la democracia, como hemos visto, de manera duradera. Si Margaret Thatcher se hubiera quedado con los brazos cruzados ante la ocupación de las Malvinas hace casi exactamente 30 años, los nazis argentinos (los más nazis, sin duda, de los muchos regímenes militares en aquellos tiempos en el poder en América Latina) se habrían consolidado en el poder. Seguramente hubieran torturado y matado a más personas. La pena es que antes de caer tuvieran que cargarse las vidas de casi mil soldados argentinos y británicos, entre ellos más de 300 reclutas argentinos en el torpedeado crucero General Belgrano: todos ellos, que nadie lo dude, las últimas víctimas de la Junta Militar argentina. Los 255 soldados británicos que cayeron nunca lo llegaron a saber, pero el fin más noble por el que dieron sus vidas fue que los hijos de puta más aborrecibles de la historia argentina del siglo XX se fueron de una vez y por todas, como dicen por allá, a la puta que los parió. Un pequeño aplauso para la señora Thatcher, que nunca hizo por su propio país —ni de lejos— lo que hizo por Argentina, no estaría de más.

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