Un cura en el conurbano

Hace muchos años, cuando mis andanzas se extendían a Fiorito, lo conocí al padre Dennis, un francés alto y con cara de loco que no tenía ningún problema en ponerse a hombrear bolsas de cal o en puntear furiosamente con la pala angosta. 

A Dennis lo vi bastante poco, digamos tres o cuatro veces en mi vida. Pero lo que me impresionó todas las veces fue el poco uso que hacía de “la palabra del señor”. Quizás, especulo, la guardaba como un bien preciado para las misas y para no espantar a una feligresía un tanto insegura entre los ambages crueles de la pobreza honda.

Nunca fui a sus misas… ni a las suyas ni a las de nadie, porque si bien mi tolerancia es bastante distensible, tiene un límite. Pero concurrí a otro rito más particular y profundo, que fue verlo trabajar junto con los demás, en una comunión de manos con argamasa bajo el rayo del sol. Ahora pienso, con unos cuantos años más encima, que quizás esta ceremonia sea más antigua que la otra, cuando en lugar de la función de control social de la religión se establecía una solidaridad horizontal.

En los últimos tiempos medito bastante sobre religión, sobre la acción social de algunos curas, sobre otros pastores que llevan los bolsillos tan gordos y sus fieles las carnes tan magras, sobre los nuevos “evangelismos pop” y sobre el discurso que cada cinco palabras lo intercala a dios, como un refuerzo innecesario, una mala conciencia o un lavado de cerebro.

El francés hablaba bastante con mi padre y mi padre era bastante poco respetuoso con las cosas que no le interesaban. Pero más de una vez me dijo, como lo pude comprobar más tarde, que el cura era tan inteligente como terrenal, y que podía charlarse de cualquier cosa sin la sermoneada de rigor.

Yo escucho. Se me da por escuchar más que por hablar… y escucho de todo. Pero cuando aparece el “discurseador”, esa clase de persona que quiere convencerte a toda costa de las beldades y beneficios de su propia creencia, pierdo atención y automáticamente, por el gatillo de la memoria, lo veo al cura de Fiorito diciendo “la opción por los pobres, pibe, la opción por los pobres” y nada más, a una distancia de 10 años.

Al fin y al cabo, la religión es la instrumentación de la creencia (porque lo de control social ya sólo le aplica al converso) y es tan válida como creer, por ejemplo, que el color rojo trae buena suerte o que pasar por debajo de una escalera también la trae, pero mala.

Por fortuna, desde que existe la libertad de conciencia –y de esto no hace tantísimos años-, cada quien puede creer lo que quiera pero de ahí surge una pregunta mucho más importante que la propia creencia y es ¿qué está haciendo con eso en pos de los otros, que no sea malgastar el silencio con una labia intrascendente?

Pensamos con fervor que mientras más se hace, menos se habla. Y que si las religiones basan su discurso en la práctica de afinar el arpa, ya que nadie le escapa al convite, lo importante es lo que está en el medio y eso debería llevar bastante menos cháchara, como practicaba un cura con cara de loco en Fiorito, un héroe ignoto que a veces usaba sotana.