“Querido amigo” (Una carta verosímil) | M.



Recibí tu invitación y tu mail. Tenés razón en lo que decís acerca los grandes momentos que pasamos en la adolescencia: las borracheras, los escándalos, el viaje de egresados, las salidas de los sábados y las de los viernes y la larga lista de etcéteras que me planteás con una felicidad tan solvente. Pero hay cosas que deberías saber antes de que el intercambio gane en extensión y pierda en creatividad. Espero que sepas disculparme la falta descarada de hipocresía.

La amistad es una construcción constante. Se trata de una retribución en confianza recíproca y en el interés por el otro. Desde que terminamos el secundario –hace ya tantísimos años–, miento si digo que sentí alguna curiosidad por tu devenir. De hecho, hasta este momento ni siquiera me pregunté una sola vez si estabas vivo. El que escriba, en sí, lo demuestra. Pero también trae aparejada una contradicción que es simbólica y que voy a poner en términos simples: ese vos a quien me remito murió hace años. También lo hizo ese yo, en simultáneo.

En definitiva, soy un desconocido escribiéndole a otro sobre la ilusión que proviene del pasado –todo recuerdo es una ilusión–. Creo que eso se debe a que una parte de vos vive en mí, pero todo lo demás ha muerto.

Sé que las “redes sociales” nos acercan a la fantasía de que seguimos siendo los mismos y que estaría “bueno” volver a reencontrarse. Pero no. Volver a verlos significa destrozarlos en mi memoria, devolverlos al mundo terrenal donde todo presente es injusto y achacoso. Ojo, aquel presente también lo fue, pero nos construimos con inocencia una ficción y eso da a veces la expectativa de que el pasado fue mejor. No lo fue. 

Quizás sea cruel. Quizás los adjetivos falten. Pero a los amigos los mantuve a mi lado a lo largo del tiempo. La divergencia es exacta: con estos un presente, con los otros un pasado añorado, de vez en cuando. A diferencia de la memoria, el presente sí es continuo y es absoluto, precisamente por ser continuo. La memoria es un conjunto de fotogramas dispersos y confusos de esa continuidad.

Me niego a formar parte de las reuniones donde todos sonríen y hacen “como que”, mientras se oculta y mal lo incómodo de sufrir el desfasaje entre reconocerse y no hallarse, para terminar con un “tenemos que repetirlo” –que es más un formalismo que un deseo–, a la vez que se suspira porque todo acabó. “La canción sigue siendo la misma”… pero los intérpretes ya son otros. Pobres de los Led Zeppelin, dios los tenga en la gloria y los prive de más revivals.

Supongo que esto debería facilitarte el trámite de no enviarme más invitaciones ni solicitudes de amistad por Facebook. De, en definitiva, no tratar de contactarme. El tiempo hace estragos con los cuerpos y anulando tu presente –que para mí es ajeno–, reivindico el pasado: el tuyo, el mío y el de todos los otros.

Sin nostalgia,

Cristian