Después del último round



Les escribo de forma patológica, con tristeza y, también, como el culo. Les escribo a ustedes que son los cuatro o cinco que me leen. Les escribo, hoy, sobre mi.


Toda mi vida la aboqué al estudio. Parte de ella también a mi hijo y otra parte a mi familia. Pero si pudiera establecer una sistematización, diría que el estudio me siguió por todas partes, ya que no siempre tuve hijo y casi nunca tuve familia. Es extraño el afán por el conocimiento, entre más uno conoce, más comprende la complejidad y menos los juicios a priori. Es jodidamente extraño. A veces el mundo comienza a parecer ajeno. Hoy pienso más que nunca que la familia es, no algo a lo que uno está determinado, sino la naturaleza de la relación y no importa que la etimología me contradiga el argumento. Sinceramente no importa.

Ayer, mientras escribía un examen, sentí toda la edad encima. Tengo 31, no es ni mucho ni poco, pero lo sentí. Casi pude evidenciar cómo se me embotaban los mecanismos racionales y la imaginación. Saqué el oficio y escribí –quién sabe si lo hice bien, yo diría que no, pero para eso estará la evidencia– un rejunte horrible, de muchos modos impertinente. 

En este último tiempo, cuando tengo que escribir, a veces lo hago muy bien y otras muy mal, esas variaciones me asustan, pero ese no es el punto.

Un examen no es sólo una instancia evaluatoria, es también un reto al amor propio. Para mi, menos de ocho siempre equivalió a un aplazo, pero ese no es el punto.

Ayer escribí un examen a medias. No podía evitar mirar a mi alrededor y darme cuenta que ya estoy viejo, que siento el alma vieja –si es que existe– y que me emipeza a sofocar. No me pude concentrar una sola vez. Yo, que en mis mejores tiempos podía escribir y recitar y cantar y reir mientras el país se caía a pedazos, sin dejar de concentrar la atención en un objetivo. Este sí es el punto.

Ya me siento grande. Envejecí muchos años en una hora y media de examen. Muy atrás quedaron los tiempos en los que podía escribir y canturrear. Tengo un agujero oscuro en el pecho. Preocuparme por un trabajo de mierda que se dirige a la nada o que siempre fue la nada, no termino de definirlo, también aporta a este inmenso hueco.

Algo decidí ayer, cuando le puse la firma a las hojas y las entregué avergonzado. Estos son mis últimos 10 días de actividad académica. Nunca más volveré a pisar un claustro, ya no siento al dragón gritando adentro mío, ya me queda un cascarón y un montón de herramientas que no tienen sentido. 

Un rato después me paré en la oficina y le dije a mi padawan, “ya no tengo ganas de volver”. Creo que nunca dije nada más sincero en mi vida y La Rusa se me quedó mirando, como sorprendida, jodida o algo. Y por segunda vez en el día no supe qué más agregar. Me fui a fumar a las escaleras. Me sacudió un regusto amargo en la garganta, los ojos se me llenaron de agua y no pude describir la sensación de que necesito con urgencia dejar todo atrás. 

Tuve mis momentos. Fui, en algunos de esos, brillante. Pero todo se perdió ya no sé hace cuánto. Tengo mis arrestos. Mis juegos de palabras también están. Pero eso equivale a rondar la nada, a garabatear en el aire, a permanecer en un eterno resbalón sin terminarse de golpear.

Hoy cierro en un solo movimiento un montón de etapas. Eso es todo. Y el todo queda atrás.

Se lo dedico a todos los que alguna vez se preocuparon por mi.