El justiciero equivocado



–Perdiste, loco–, me grita mientras para la moto a mi lado y saca del bolsillo de la campera impermeable de River Plate un revolver negro y grande.

 –¿Lo qué? –, respondo riéndome –más que por gracia, por no saber bien qué decir o qué hacer–. 

–Sí, loco, bajá toda la guita. 

–Mirá, capo –le digo–, tengo un atado de puchos, cincuenta pesos y el celular, pero el celular no te lo voy a dar.

Mira con desconfianza. Tiene la capucha puesta. Se le ve una parte de la cara, un respingo guachín en el habla y el temblequeo nervioso. Los ojos son de color oscuro.

Llueve. Los árboles ya verdes permanecen inmutables bajo el agua y la calle está desierta. Las gotas me recorren la cara y no tengo miedo. Sé que de algún modo hacemos una mala pareja, él como maleante y yo como víctima. Quizás, en el fondo, los dos lo sabemos.

Me mira de cerca, siempre apuntándome. Un arma suele ser un pequeño bastón idiota para mantener la distancia, implorar respeto o someter. Una herramienta estúpida y peligrosa.

Siento sus dudas, flotan en el aire entre las gotas pesadas.

–¿Vos sos el Luqui?–, pregunta mientras zarandea el fierro. 

–No, maestro. Estás equivocado–, le respondo mientras la sonrisa se me ahoga en la cara y se transforma en un gesto puro de desprecio, porque no sólo odio profundamente a los cobardes que se esconden detrás de ese bastoncito idiota, sino que mi sentimiento es indescriptiblemente peor hacia los cobardes que al mismo tiempo son estúpidos.

–Uh,  disculpá. Es que le acaban de afanar a mi mujer–, dice y da vuelta en redondo con su motito para enfilar por donde vino. 

No sé qué sentir, ¿ira? ¿Asco? ¿Lástima? ¿Miedo? Por fin, lo único que me sale es un: “todo bien, vieja, yo recién vuelvo de laburar”. Ni una frase célebre, ni un gesto heróico. Nada. Sólo  mirar con desprecio.
Me quedo parado, lo veo alejarse. Después de media cuadra mira para atrás todavía no muy convencido. Yo sigo ahí, inerme, casi filosofando con los pocos elementos de la situación. Son las 7.50 de la mañana en Ezeiza, provincia de Buenos Aires. Llueve. Un tarado con un arma y una moto pudo haberme liquidado a tres cuadras de mi casa por error.

Pobre la imagen de los justicieros. Los “Vigilantes” como le dicen los yanquis. Para eso están las películas viejas con héroes a lo Charles Bronson, aunque las balas fueran una entidad casi metafísica, con su sonido metálico y su cantidad infinita.

En Buenos Aires un justiciero es otra cosa. Es un accidente a punto de ocurrirle a alguien.