45 grados



La luna sobre un rancho en el campo grande. Esa es la imagen, en 45 grados. Una soledad tremenda y toda la belleza en un instante. Ahí las palabras deberían de escribirse con mayúsculas.

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Estamos en la sala de terapia intensiva, es decir, fuera del tiempo. Se escuchan gritos, después berreos, las personas se transforman en un manojo de sentimientos. No comprendo bien la cuestión pero Mariana me aprieta fuerte los dedos. Alguien murió, sin magias, sin prismas, sin flashbacks; alguien ha muerto en ese lugar horrible, fuera del tiempo, donde todo es funcional y práctico, como un poema escrito con el retumbar de la artillería.

Alguien murió y los deudos lloran. Huelga decir que los muertos no lloran porque están muertos, sino también llorarían por algo. Le digo a Mariana que de las seis personas que están internadas, por lo menos tres están afinando el arpa y me deja los dedos morados. Aunque nadie me lo crea, en ese belleza tranquila coexiste una fuerza que haría temblar los cimientos de la tierra aunque, en este caso, los que cimbran son mis huesos.

Yo, con mi sangre que tiene un tercio de monje, un tercio de soldado y el resto de dragón, no estoy hecho para comprender esas cuestiones. Mi ojo es vulgar, no tiene la refinación de un artista. Veo muros blancos, sábanas blancas, aparatos blancos, ruidos blancos, gritos, llantos y un fuerte olor a desinfectante que es capaz de inundar el organismo y de arruinar las comidas por semanas y –quizás–, para siempre.

Cuando mi padre murió luego de una cirugía al corazón, también en terapia intensiva, recuerdo haber sentido un aturdimiento. Como si Carlitos Monzón me acomodase un planchazo sobre la oreja izquierda, y todo mi cerebro convertido en gelatina se negase a funcionar. Creo que una parte de mi encéfalo murió en ese instante. Pero ahí estaba Mariana apretándome los dedos, dejándomelos violetas del impulso. 

Sé que en terapia el paciente son los instrumentos. Se aprende a chequear más los aparatos que a la persona, quizás por un instinto de supervivencia. Por eso cuando me toque afinar el arpa, prefiero que sea una guitarra, mi Gibson SG desvencijada, en casa, con los que quiero, sin tanto grito ni berreo, y que alguien me recuerde la imagen del ranchito perdido en el medio de la nada verde con la luna en 45 grados que aparece como intemporal, mientras la tormenta avanza. Y, por supuesto, lo sabe todo el mundo, que esté Mariana para apretarme los dedos, porque sin eso sería la misma nada.