Unas cuantas palabras



Cuando encuentro una palabra me quedo en posición de monje shaolín, con todos los músculos en reposo por miedo a que se asuste y salga volando con sus amigas. De a poco comprendo su secreto y sólo entonces escribo como un endemoniado, pero siempre sobre una sola palabra. Escribir sobre dos o más, es un despropósito y, después, no se entiende nada. 

El riesgo de las palabras está en aferrarse, como hacen los caniches toy con las pantuflas, y destrozarlas. Destruidores profesionales de palabras, sobran; muchos de ellos son periodistas, pero no todos. Muchos otros se creen poetas pero no les sale. Cuando mi hijo era chiquito y me preguntaba qué hacía, le respondía que salía a jugar con las palabras porque todas ellas tienen un encanto particular si se las pone en el lugar adecuado.

“Pelotudo”, sin ir más lejos, es un preciosismo en su contexto. Pero la repetición de boludo-boludo-boludo-boludo, tan cara al habla de los adolescentes y a la muchachada con síndrome de PeterPan, le cava una fosa y le pone una lápida a una palabra tan nuestra como pocas. Fontanarrosa que era un genio, defendía la palabra boludo como un talibán. Y tenía razón: decir “boludo” en el momento y lugar indicado, es insustituible; un acto de maestría. 

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Se han escrito libros enteros para dar con una palabra que redondea una frase. Frase que significa el libro entero y le da sentido. Significado y sentido, le aviso a mis amigos menos avezados, son dos cosas distintas, pero no importa, sigamos con la cuestión de las palabras.

A veces atacan solas, caminado bajo los tilos de Paso de la Patria armo grandes parrafadas en el aire que olvido cuando me siento a escribir. Quizás esa sea la forma de vengarse de las palabras porque yo también trabajo de prostituto del lenguaje: escribo porque se me paga, salvo en lugares como este donde lo hago porque se me antoja, después de estar quieto más una hora, con el mate lavándose y los dedos torpes sobre el teclado.

Por ejemplo, hoy mientras caminaba a las 7 de la mañana por Paso de la Patria, casi entrando a Brandsen, me agarraron unas ganas terribles de escribir sobre un viejo supermercado que había en la estación de Ezeiza, donde hoy se yergue, enorme, un “Pare de sufrir”, a una cuadra de una iglesia evangelista –la de toda la vida– y a media cuadra de otra que es de factura reciente. El local se llamaba “Burbujas” y decía mi madre que ahí te arrancaban la cabeza. El supermercado sigue existiendo, sólo que venden otras cosas, medallitas milagrosas, aguas del Jordán, aceites mágicos, sanación de culpas, etc. Es decir, otro tipo de burbujas. Pero la cabeza te la siguen arrancando.

Media cuadra después me raptó la palabra Maradona –raptó, no hay otra forma de llamarle–, y la idea de todos los ídolos que se van muriendo cuando uno crece. Sin lugar a dudas, mi hijo lo tiene a Messi, que también morirá antes que él, aunque deseo que tenga más suerte que con el Diego. Es triste ver al ídolo babear y decir estupideces.

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Cuando yo era niño, digamos cinco, seis, siete años; durante el día si te quedabas lo suficientemente quieto, las mariposas te envolvían y se te pegaban en la piel. Por las noches, las luciérnagas revoloteaban cambiando el orden de las estrellas a un plano más terrenal. Era sencillo agarrar una luciérnaga-estrella o mariposas, de ahí adquirí el entrenamiento para atrapar palabras en el aire y de tratar de aprender sus secretos. 

Nuestra infancia en el campo era así, mariposas de día y luciérnagas de noche, y siempre jugar en la vereda para volver con las rodillas peladas y los codos averiados. Hoy de eso ya no queda nada, sólo las polillas, que son como mariposas pero gordas y sin gracia. Toda una metáfora de las palabras cuando andan con planes de venganza. Se te aparecen cuando no las llamás, te arman una historia tremenda alrededor suyo para demostrar que lo bello es aún posible, y luego se desvanecen, como las bandadas de mariposas cuando llega el frío o las libélulas. ¡Qué bicho espantoso la libélula que se come a las palabras! Pero convengamos que los diarios son grandes libélulas.

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Un amigo dice que se escribe feo porque se lee feo, ya que sostiene, que eso de que no se lee son puras patrañas. ¿Por qué se lee a Federico Andahazi y no a Daniel Salzano? Porque ganó lo feo. Y lo feo –dice–, es irrefutable: más polilla que mariposa. 

Pero la justicia es pura y dura para todos: siempre llegarán los ácaros y adiós a tus libros avejentados, los buenos y los malos, todos desaparecen. Se reproducen pero mueren y sólo quedan las palabras, que de vengativas lo tienen todo y de amables también, sólo hay que saber tratarlas, regarlas con cariño cada tanto y pedirles disculpas justificadas por escribir, digamos, adefesios como este que no conducen a ningún lado.