Los días de nuestra vida




Anoche, mientras acunaba “El libro de las preguntas” de Edmond Jabès se me ocurrió una idea disparatada: tomarlo a Jabès por las solapas en plena noche de estrellas y arrojarlo a una altura sideral para comprobar cómo todo se tiñe de dorado y plata, y la gente sonríe, se abraza y recuerda su niñez –si es que eso todavía es posible–. A veces el mundo necesita de cosas disparatadas para sentirse mejor o, al menos, para darle sentido a las desgracias. 


Descarté el plan. No por Jabès, a quien lo tengo en alta estima, sino porque a esta edad, cuando hago grandes esfuerzos –ya sea mover montañas, apilar libros o atajar balas de plata–, el ciático me queda doliendo una semana. No me malinterpreten, cuando era jovencito podía afeitarle los bigotes a Nietzsche de un tirón y con la mano derecha, cosa que para un zurdo es todo un acto de magia. 

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These are the days of our lifes, es lo que me acompaña desde hace unos días. Pienso que debería ser el himno nacional de la república de las canciones. Es de Queen, del álbum Innuendo. ¡Cómo cantaba Freddie Mercury en ese último disco! Parecía un ser de otro planeta. 

En realidad, ya se estaba despidiendo. Él sabía que se moría, sus amigos sabían que se moría, nosotros sabíamos que se moría y, en efecto, se moría. En el clip se lo ve flaquito y demacrado, flotando entre las ropas y el maquillaje, como un yuyo a merced de la bruma al que una ráfaga de viento de seguro lo quiebra. Nunca tocaron en vivo ese gran último disco. Porque ese fue el último, los otros fueron rapiñadas de mercado: gracias Brian May por hacernos tan amargo regalo.

Miro el video y en retrospectiva pienso, “dele, maestro, no se muera, sino cómo le explicamos a nuestros hijos qué es eso de la buena música”. Permitanme decirles lo siguiente: quien no escuchó These are the days of our lifes está viendo de costado un pedazo enorme de la vida mientras esta, como quien no quiere la cosa, pasa –y no vuelve–, es como nunca haber leído una letra de Homero Manzi: relegarse a las piñas de la nada. Ese es el A del ABC de estar jodido. La B, lo sabe todo el mundo, es haberse olvidado de la infancia. Y la C tranquilamente podría ser cualquier otra cosa, por ser, precisamente, cualquiera, y no una en particular, específica, determinada, etcétera.

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Los grandes hombres lloran, sépanlo, tupido. Algunos, los más talentosos, lo hacen sin lágrimas. Otros, los menos dotados, lo hacen de espaldas al mundo y de cara a los amigos.

Grandes amigos, eso es lo que le falta al mundo. No muchos, pero sí grandes y amigos, de esos que escuchan la canción perfecta y la comparten entre medio del ruido, a la distancia, por encima del escuadrón de caracoles moribundos del pop de industria y de la suma de frecuencias de radios de mierda.

Mierda es una palabra bellísima, casi que podría definir a la humanidad si no fuera por los actos excepcionales de heroísmo. Como los de Médicos sin Fronteras o, sin ir más lejos, el de un tipo que canta una última canción sabiendo que ya le afinaron todas las cuerdas del arpa. El amor al arte es, sobre todo, un acto de amor para los otros, para los que se quedan balbuceando la pérdida. Y a mí, hoy, se me estruja la panza de sólo pensar en esto que quizás no le interese a nadie. 

Debería de haber probado suerte tratando de iluminar a mi pueblo con una centella de Jabès, aunque eso me dejara de cama.