Vote a Salzano



Cuando Daniel Salzano escribe es como si te mandaran a la escuelita con un cachetazo en la nuca: “andá nomás, muñeco, aprendé y después vemos”. El problema es que uno va, aprende, pero cuando vuelve y compara se da cuenta que la cajita de palabras se rompe. Con aprender nomás, no alcanza. Si fuera tan fácil habría duendes y hechizos por todos lados. Minga. Por decir algo, en mi biblioteca hay mucho de literatura clásica y de filosofía, pero también está este periodista y poeta cordobés que es lo mejor que le pudo pasar a las letras argentinas.

Es una pena que el canon que se escribe en Buenos Aires le ponga la gambeta larga para ver si finiquita antes de que sus libros se conozcan y que a todos se les caiga la baba con este tipo que, entre otras cosas, también es un genio. 

Como a casi todo lo bueno, lo encontré de casualidad, chusmeando La voz del interior, donde escribe cada tanto. Leí la página tres veces y a la cuarta salí corriendo a la librería. Tristeza absoluta en la barrabrava de la cultura: sus libros no se consiguen en Buenos Aires. Quizás porque Buenos Aires, de tanto mirarse el ombligo, olvidó la diferencia entre lo bello y lo horrible o lo simplemente aceptable. Vacilando entre estos últimos dos conceptos están, por ejemplo, los libros Birmajer.  

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Estuve tres días y tres noches esperando a Salzano en el café Sorocabana. Dicen que apareció justo cuando cabeceé y que después se fue a regar sus libros, cosa que hace a menudo, sobre todo a los de Whitman y a los de Blake, que son los que más se ofenden desde que lee con los ojos cerrados. No pude siquiera estrecharle la mano. Entonces la tristeza fue dos veces más profunda. Cuando lo vuelva a encontrar en la página del diario le pegaré un flor de reto por haberme dejado pagando.

A ustedes les digo, a ustedes que no lo leyeron: lo lamento muchísimo, no saben lo que se pierden. Pero sepan que cuando logremos conformar la liga en contra de lo feo y de lo cursi, yo a Salzano, lo voto para presidente

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Manzi, un tipo extraordinario (Daniel Salzano)

Cómo habrá sido de poderosa la influencia de Manzi en Argentina que, a pesar de Homero Simpson, aún hay niños que se llaman Homero.

Manzi fue el que escribió Sur.

A ver, niños repitan conmigo: Una luz de almacén. Ya nunca me verás como ­me vieras. Recostado en la vidriera. Espe­rándote.

A ver, concejales, si en la próxima sesión avivan el seso y al nomenclador callejero le agregan 100 gramos de poesía.

Sugerencias: 1) Calle del Ciego que Fuma Fuma y Fuma Sentado en el Umbral, 2) Glorieta de Pobre mi Madre Querida, 3) Cortada del Abandono, 4) Esquina de San Juan y Boedo y 5) Centro Cultural Paredón y Después.

Lo curioso es que Homero Manzi no se llamaba Homero Manzi y que no era porteño sino santiagueño. En serio. Había nacido en Añatuya: “Localidad del N. de Argentina de la Pcia. de S. del Estero, depart. de Gral. Taborda. 11.918 habitantes” (Espasa Calpe, edición de 1978).
El papá lo llamó Homero porque era un apasionado de la épica. En la familia ya había un Aquiles, un Ulises y un Héctor.

Homero, el griego: “Así que se hubieron embarcado, empezaron a navegar por la líquida llanura. Aquiles mandó que los hombres se purificaran, y ellos hicieron lustraciones, echando al mar las impurezas, y sacrificaron en la playa hecatombes perfectas de toros y de cabras en honor de Apolo. El vapor de la grasa llegaba al cielo enroscándose alrededor del humo”.

Homero, el santiagueño: “Fuimos como una lluvia de cenizas y fatigas / en las horas resignadas de tu vida / gota de vinagre derramada / fatalmente derramada / sobre todas tus heridas”.

El hombre, que nunca murió en realidad, vivió muy poco, 44 años. Pero fue como si hubieran sido 88: escribió, editorializó, cronicó, militó, dramatizó, timbeó, discrepó y compuso una docena de tangos que están en los cimientos de nuestra cultura popular: “En lugar de ser hombre de letras, he decidido hacer letras para los hombres”.

Homero Nicolás Manzione Prestera nació en Santiago, pero se educó en Buenos Aires, en Pompeya, barrio de tango.

Era alto, fortachón y, para compensar su incipiente calvicie, se dejó crecer la barba siguiendo el modelo de Athos, el mosquetero más desgraciado de Dumas.

Por eso le decían Barbeta.

–Che, Barbeta, ¿tenés el teléfono de Pichuco?

Homero, el nuestro, caminaba habitualmente, por timidez, con las manos en los bolsillos. Y es que Dios le había concedido palabras de gigante y manos pequeñas. Por eso no las enseñaba. Ni usaba anillos. Y, ojo, que estamos hablando de una década en la que los señores de la noche se medían entre sí cotejando sus zafiros.

Después de todo, y aunque hubiera tenido las manos de un leñador, tampoco hubiera usado anillos porque los habría empeñado. Barbeta, rey del escolaso, tenía cuenta corriente en el Monte Pío.

Chiste de Discépolo: “Cuando Homero firma sin hache, es porque acaba de empeñarla”.

Ya va a aparecer Discépolo de nuevo en esta nota. O al menos debería, porque alrededor de Manzi, el sol, giraron obedientes, todos los pesos pesados de la década de 1940: Cátulo Castillo, los Hermanos Expósito, Hugo del Carril, Sebastián Piana, Mores, Pugliese, Pedro Mafia, y Malena, loco, Malena.

Fue el poeta de las cosas que se iban: el orsay, el fueye dormilón, el terraplén, los muñecos de aserrín y el último organito.

Intentó, además, ser el poeta de las cosas que vendrían: el plan quinquenal, el campeonato Evita, alpargatas sí libros no. Pero no lo consiguió porque el tiempo, implacable, le dio jaque mate.

Sabía todo: desde cambiar el cable de un enchufe a palpitar el ganador del domingo en la cuarta de Palermo.

Militó como murguero, periodista, libretista, político, docente, gremialista, peronista y fumador de cuatro manos. Sus pobres fueyes se pincharon. Al fin y al cabo, cada uno se va como puede.

Murió el 3 de mayo de 1951, rojo, impar.

Final de taco: “Saludarán su ausencia / las novias encerradas / abriendo las persianas / detrás de su canción / y el último organito se perderá en la nada / y el alma del suburbio se quedará sin voz”.

Es triste que nadie sepa quién era Homero Manzi.