Las trampas de la objetividad


Una de las enseñanzas más arraigadas que dejó el positivismo fue que todo puede describirse a partir de los hechos desde una suerte de vacío del espectador de esos hechos. En otras palabras, que el espectador –especializado o no–, nació de un repollo en el instante mismo en que el hecho sucede y a partir de allí describe o investiga el hecho determinado. Quizás esto funcione para las ciencias naturales, vale decir para la biología o la química, o para las ciencias formales como la matemática y la lógica.


Sin embargo, cuando lo que se analizan son productos culturales, sea un disco, un libro o un discurso –de cualquier índole que sea–, esto se torna más complejo porque, vale decirlo, nadie nace de un repollo y mucho menos en el instante preciso en el que el hecho sucede.

El espectador, sea o no especializado, es un ser histórico y, como tal, parte en la observación de la carga de su propia historia, y es aquí donde la superficial “descripción de los hechos” se complejiza y comienza la pregunta acerca de la objetividad del modo que sigue, “si siendo yo subjetivo, ya que al ser histórico no tengo escapatoria de dicha subjetividad, ¿cómo se puede ser al mismo tiempo objetivo respecto a determinado hecho?”.

Nunca hay que dejar de lado la cuestión de que la definición de un concepto no es una propuesta esporádica, sino que responde a una red conceptual inscripta en el mismo sujeto observador y, como tal, esa red conceptual es un marco ideológico a partir del cual se construye todo un soporte de significaciones sobre los hechos y, para generalizar un poco, sobre la realidad.

No hay visión sobre la realidad que no sea, en parte, una visión histórica e ideológica sobre la realidad, lo que redunda en cómo se ven las cosas. El gran riesgo en todo esto –y el gran legado erróneo de la idea generalizada de la objetividad mecanicista–, es la suposición de omnisciencia y, por lo tanto, de univocidad. Es por esta visión que se fundamenta que quien dice que el discurso se construye a partir de los hechos (y sólo de los hechos) peca de ingenuidad o de mala fe, y ahí ya la cuestión es moral, por lo que se excluye del análisis. Pero lo que no se excluye es la pretendida neutralidad, que siempre es falsa.

Por caso, en todo discurso sobre los hechos se puede intentar un equilibrio pero llegar a la neutralidad, es imposible debido no sólo a la historicidad de los hechos sino también a la historicidad del espectador, salvo que, como dijimos, se recurra a la metáfora del repollo o el espectador se convierta en un robot.

Si los hechos ocurren y hay un espectador de los hechos que informa sobre ellos, se produce un discurso que, aunque haya discusiones acerca de la naturaleza de este, también es un hecho, y he aquí el cambio: es un hecho cultural en donde la neutralidad valorativa, no existe.

Y en todo esto, si el espectador es un ser histórico, inscripto en una trama social que moldea sus visiones acerca del mundo y, de este modo, la evaluación de los hechos y la posterior construcción del hecho cultural del discurso, ¿dónde queda la objetividad? ¿Es posible, teniendo en cuenta lo anterior, plantear la idea de objetividad en un marco en donde no quede enclaustrada en la trampa de la buena voluntad del sujeto observador? Esta última pregunta es compleja y excede en mucho a los fines de este escrito breve ya que un sujeto que observa es un sujeto en acción que, al mismo tiempo, produce un discurso.

Sin embargo, buena parte de la complejidad de la pregunta quedaría resuelta a partir de un prerrequisito que debiera instaurarse en el discurso y es el lugar desde donde se parte, porque, como dijimos con la metáfora del repollo, nadie nace a la cultura (y a la construcción del discurso a partir de los hechos) desde la nada o desde un vacío conceptual. Esto es, si yo –sea periodista, relator deportivo, político o lo que fuere–, inscribo mi discurso haciendo evidente el lugar de partida, la objetividad puede ser posible, ya que sabríamos que desde ese entramado conceptual (e ideológico) los hechos se ven de ese determinado modo.

Si este punto de partida no se evidencia, sea por mala fe, vergüenza, inocencia o megalomanía, se reduce la realidad –compleja, por supuesto–, a una sola visión que partiendo de la nada misma pretende totalizar el todo desde una trampa: la de la objetividad positiva mal convertida que queda pedaleando en el aire.