Carlos Monzón (en menos de 200 palabras)



La vida de Carlos Monzón puede escribirse en pocos renglones, miren:

Nació en Santa Fe (1942), la remó desde abajo hasta que encontró el boxeo y, dentro del boxeo, a Amilcar Brusa, un hacedor de titanes. Con él, Monzón se convirtió en un centauro que volteaba oponentes con el mero abanicar del aire.

Peleó con todos y les ganó a todos, hizo algunas películas y en la más importante –La Mary, digamos–, le robaron la voz. Después le ganó la farra, la noche y un largo crepitar que terminó con Alicia Muñiz en el pavimento, muerta, el último exceso del campeón.

De campeón mundial a bruto hay un solo resbalón. Y ese prócer del boxeo terminó vilipendiado, culpable antes de un fallo con mucho ruido a televisión, el mismo coro de adulones a la inversa. Pobre campeón, homicida el campeón, pero campeón. 11 años a la sombra, campeón.

Todo termina en Santa Fe (1995), con un  auto que zozobra y una foto impúdica en plano corto que muestra el maniquí de cera que es la carne sin vida.

Muerto el campeón, viva el campeón.


Toda una metáfora de la Argentina.