El corto adiós a Falú





Me entero tarde y mal de la muerte de Eduardo Falú (1923-2013) y es inevitable pensar que con esto al folclore argentino le crece un poco más la amnesia o que le gana la partida el alzheimer o, también, que los ídolos que parecían eternos se mueren de a poco y que el mundo se queda con la soledad del marketing y el ruido atroz al que no se le entiende nada.

Busqué en los archivos de televisión ese gran homenaje que sería a todas luces necesario. No lo encontré. Quizás estuvo y mi búsqueda fue ineficiente. Pero lo más preocupante sería que en verdad no hubiese existido. Una necrológica, al fin y al cabo, parece demasiado poco.

Para los datos duros está Wikipedia –escueta en este caso–, o las notitas de despedida de los diarios –¿800 caracteres? ¿1000?–. Es triste imaginar que todo se solvente con una crónica al paso que, imagino, dirá más o menos en todos lados lo mismo: cable de Telam + recorrido por la discografía + comentario inspirado de algún músico allegado + reconocimientos en vida, etcétera (en realidad, poco etcétera).

Cuando Sábato murió muchos sentimos el frío subir por el espinazo porque, más allá de que gustara o no, se estuviera de acuerdo o no, era impostergable en sentimiento de que una parte viva de la historia se apagaba en ese mismo momento. Que en un futuro podría haber mejores y peores pero no iguales y que para eso está el axioma de que la historia nunca se repite. 

Con Falú es lo mismo, una despedida que nunca termina de suceder por el simple hecho de que no quiere abandonarse pero que al mismo tiempo se aleja, de manera inexorable, como la vida misma, en donde quedamos los vivos con un agujero grande en la tristeza que, sobre todas las cosas, es innominable.