Oh, Mónica


Dicen que allá por los 60, cuando Dios jugaba con la idea de perfeccionar la belleza mediterránea, chasqueó los dedos (o estornudó) y por las lindes del Adriático apareció Mónica Bellucci, acunada por dos ángeles y dos demonios. Desde entonces, el latido del mundo enloqueció.

Mónica, la que en el mundo de la anorexia lleva las carnes bien puestas carga con la maldición de que los hombres se le desarmen a diestra y siniestra, se le desaparezcan, se le hagan evanescentes, chiquititos, niños, fomes, invertebrados. Triste la prisión esa, la de Mónica, cautiva en la soledad del epicentro de la belleza.

Películas, de un tirón: L'appartement (la mejor), El pacto de los lobos (la más larga), Irreversible (la de la sórdida violación), Matrix Reloaded (la nada misma), La Pasión de Cristo (la de la controversia). El resto es etcétera. Pero ¿quién habría sido capaz de encender o sofocar un incendio con una sola lágrima sino ella o, para ser más claros, quién, acaso, podría haber interpretado mejor el papel de María Magdalena?

La síntesis y la belleza son un experimento injusto, Mónica, siempre quedan cosas en el aire. Y el aire está viciado por las brumas del mediterráneo y por la sal de los sueños que se rompen, como todo, como nada, como siempre.