Una cuestión de principios





El “periodismo” escrito, los libros de autoayuda, los divanes abiertos por radio y la suma lineal de cosas irrelevantemente televisivas buscan convencer de una sola cosa: que aquello a lo que se dice público es incapaz de comprender un vocabulario de más de 20 palabras. Eso  debería generar urticaria pero más por lo gravoso de la estafa que por cualquier otra cosa.

Cuando les recomienden libros de Dyer, desconfíen; cuando les recomienden libros de “espiritualidad” (que se establece como género ante lo inclasificable de su falta de sentido), huyan. En serio, corran lejos. Lean a Salzano, descubran la belleza de sus breves. Retomen los oscuros laberintos de Kafka. Tengan el valor de desdeñar a Proust por remilgado. Sueñen con Philip K. Dick o con Isaac Asimov. Piensen con Schopenhauer y con Kant. Niéguenlo todo con Feyerabend. Pero sobre (ese) todo, ¡hagan algo!

Crecer en palabras significa, después de todo, poder afianzar argumentos y son estos los que desde Grecia para acá fortalecen la democracia. 

Creo, a pesar de todo, que no estamos tan embrutecidos. Aunque podemos tener en cuenta que uno de los rasgos del embrutecimiento también se encuentra en la prosa acalambrada que pretende ser profunda a fuerza de la crueldad de los espasmos linguales. Esto se ve, por lejos, en la crítica de artes combinadas: un gran dominio de palabras que significan la nada.

En todo caso, el principio es crecer con el lenguaje, quitarle lo artificioso para encontrarle la belleza en lo profundo. Para esto no hace falta escribir un artículo a doble página ni convertirse en Thomas Mann. Alcanza, como gancho, con 200 palabras.

Con 200 palabras puede describir a una persona, relatar un hecho, explica una idea y captar un tono. A veces hasta todo eso junto. Con 200 palabras alcanza para hacer un dibujo con un solo trazo, sin levantar el lápiz del papel y desde ese punto, todo queda en manos de la habilidad del artista. Para hacer todo eso con sólo 200 palabras no sólo se necesita destreza sino también –y sobre todo–, no haberse rendido a esa chatura del lenguaje que nos acorrala  con sus lugares comunes que se clavan como estacas en todo lo que se mueve.

Hace mucho tiempo existían en el campo mariposas y luciérnagas. El tiempo pasó y ambas especies murieron o se alejaron a un territorio que nos es imaginario. Hoy quizás nos queden una suerte de polillas que revolotean ante la luz negra de las pantallas. Esto último, sí, es una metáfora sobre la probabilidad y el riesgo pero me niego explicarla.