Lo inconmensurable

No hay magias en las alteraciones fatales del destino. No hay un libro que indique por qué alguien se arranca su propia vida ni experiencia en la vida que prepare a nadie para semejante noticia. Al fin, el mundo se reduce a un único instante ignoto del que sólo conocemos sus umbrales. Y después el vacío que ni el dolor ni la rabia pueden llenar.

Hay, creo, una extraordinaria confusión semántica que iguala el término insignificante a la irrelevancia. Pienso que es más bien todo lo contrario. Lo insignificante es aquello que por ser tan enorme o tan doloroso no se puede significar, no se le puede dar un sentido en lo inmediato y reduce todos los intentos a lo erróneo y a lo falso, por más que esos intentos alberguen una honestidad sublime. El efecto paradójico está en que un instante tan intenso y salvaje que parte a la lógica en dos y también a esa idea de razón suficiente, se extiende en el tiempo como una repetición de si mismo.

Son las siete de la mañana del primero de diciembre y sigo sin poder llorar a mis muertos. Ha salido el sol y una briza del oeste agita las hojas de la arboleda de la calle. Ezeiza se despierta de a poco, dominguea, mientras prendo mi primer cigarrillo después de mucho tiempo y después de tantas horas de estar despierto y en movimiento.

No puedo ponerme en el lugar de nadie, ni en el de mis familiares destrozados, ni en el de mi madre. Enterrar a un hijo, a una madre, a un hermano, son todos roles distintos. El dolor es una marea que viene y va, de una orilla a la otra, pero la arena de la soledad permanece y sedimenta. Y vivir es en gran medida soportar y soportar es una tarea a veces demasiado dura porque todo se vuelve, de repente, pasado y todo pasado es inalterable.

Nos queda, al cabo, la esperanza de volver a tener esperanza y de que la reververancia atronadora del vacío se detenga. En resumen, lo que queda es la voluntad.

Sé que sólo puedo escribir en soledad porque entiendo que muchas veces todo es soledad, más allá de la escritura. Hoy lo único que puedo decir es que te quiero, gorda, con la intensidad de mil soles a punto de eclosionar, a pesar de la natural distancia que establezco sobre todos los hombres y que me dificultan la dicción.

Y hoy que te devuelven a la tierra no voy a poder estar, porque el dolor, la pena y todas las otras cosas que se presentan como innominables serían demasiado brutales... aun no encuentro palabras.

Prefiero recordarte en la Patagonia, abrazada con Mariana, conmigo y con mamá, con la sonrisa de oreja a oreja y con el viento frío colándose por las rendijas de ese abrazo, único, esencial… irrepetible. Todo lo demás es fragor y noche y un mar de distancia inabarcable, como la vida misma, esa en la que hoy a todos nos falta demasiado.