Feria del Libro de Buenos Aires, una crónica


Lo vi a Verbitsky mientras firmaba un libro en uno de los stands de la Feria. No había cola, fila ni tumulto. Estaba Verbitsky casi solo en un rincón. Con una silla y una mesita, en un rincón. Y el rincón, menos solo que Verbitsky, estaba acompañado por libros que no se venderán, al menos no en la feria, porque la feria es todo ruido y luces, y los libros difíciles son una anomalía.

Y Verbitsky estaba solo en un banquito con su saco marrón, como si tomara la configuración del olvido aunque, a la vez, firmaba un libro con una sonrisa pudorosa.

La vida es contradictoria, parece, en este punto, donde las luces y el gentío se funden. Verbitsky que, guste o no, es una institución, mira el horizonte que es un caos de marketing y sacarina y resopla. La vida es, en fin, contradictoria.

Pero no fui a verlo a Verbitsky. Me lo encontré por casualidad, mientras le explicaba a mi esposa la importancia central de un libro de Richard Hoggart. Las casualidades a veces son tristes. Casi como los libros de Hemingway, pero a diferencia de estos, no se les nota el esfuerzo.

Hoggart, superhéroe de los estudios culturales, murió hace unos días y a nadie le importa o parece no importarle (¿Lo leyeron? ¿Saben quién es? ¿Qué hizo? ¿Qué escribió? ¿Por qué es importante?). Para los menos, es un punto más en la larga fila de la parca: Hoggart, Márquez, Laclau, Verón, etc. Para los más, es (fue y será) una incógnita.

Los superhéroes no son inmortales, sólo son brillantes o valientes, o ambas cosas. No sé si Verbitsky fue (es o será) un héroe. Sé que escribió buenos libros. Sé que verlo sentado en un banquito, en la orilla de un stand, casi a la deriva entre la chorrera de personas que vienen, chocan y se van, me dio lástima. Quizás, visto de cierto modo, toda la cultura letrada dé lástima.  

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Pongámoslo de este modo: sí armamos una megafiesta carísima, todo full y top con brillantina,  con algunas celebridades, con otros tipos menos frívolamente célebres pero más importantes, lo que ponemos de relieve no son los libros, ni las novedades editoriales, ni el desagravio a la cultura del leer, ni la discusión acerca de lo injusto de la cadena de producción editorial sino el mismo hecho del marketing. La fiesta es la fiesta de la fiesta. El resto, la excusa, es lo que en realidad debiera ser importante.

La fiesta es muy sofisticada, digamos, para celebrarse en un galpón remozado de la Sociedad Rural. Pero es sofisticada como un galpón con maquillaje: sólo en la superficie. La aclaración pertinente sería explicar que un galpón es un galpón y no otra cosa, más allá del rictus de elegancia que hay en eso de “centro de exposiciones”.

Pienso en lo glamoroso, en el color amarillo y en la chica del stand de Fondo de Cultura Económica, de ojeras violetas y sonrisa cansada, que ya no podía sumar ni restar para darme un vuelto.

Me imagino a esa chica envuelta en un pañuelo blanco, doblada en cuatro, debajo del mostrador de la editorial para arrancar temprano por la mañana. Porque ella no es Verbitsky. Ella es nadie, nada, minga, coma, etcétera. Ella es la cara que viene a la mente si el puto libro tiene fallas. Ella que no es nada, es el esqueleto de la feria. Y la feria se le ríe en la cara, que es su cara y otra, en una monstruosa alteridad.

Compré un libro de Laclau, por mala conciencia, en la megafiesta del libro de la sociedad rural y me lo dio una piba que arrastraba los pies y que, claramente, estaba siendo explotada. Esa es una oración llena de inconsistencias. La vida está llena de inconsistencias. Laclau se murió y nadie dijo nada. Pienso en Hoggart que también se murió y en un viejito con los ojos vidriosos que espera a que alguien se acerque para pedirle que le firme su libro, cosa que no sucederá.

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Algunos puntos:

·        La feria estuvo casi vacía hasta que abrieron las puertas para hacerla gratuita. Estamos hablando del sábado. La noche de la feria empezó a las 21. Si algún momento aparece un titular que diga que fue un éxito en concurrencia, o es falso o en anteriores ediciones era el desierto después del día del fin del mundo.

·        El stand más concurrido fue el de Cúspide y por afano. ¿Vamos a la feria de las ferias para ir a la librería que está en la esquina de casa o que levantás el teléfono y te manda los libros a tu casa? La organización de Cúspide fue brillante. En la primera mesa estaban todos los libros agotados hasta el momento, como 2666, sin ir más lejos. Eso demuestra un alto grado de expertice en el armado de vidrieras. Pero ese no es el punto. El punto es que vamos a Cúspide (o a El Ateneo, etc.) mientras que las editoriales de esos mismos libros están alrededor. La derrota cultural es preferir la multiplicación de pasos en la tercerización. Y toda derrota es humillante.

·        El stand de Orsai fue decepcionante. Los muchachos más roqueros de la movida editorial se quedaron con dos libros de Casciari, algunos ejemplares de la revista vieja y algunos otros de la revista nueva. Bastante poco. Hubiéramos esperado ver a un payaso en llamas, un tigre de bengala fosforescente, a Casciari en zunga, pero no. Sé que estoy siendo leve, por más que para la barrabrava del Orsai esto sea un sacrilegio, estoy siendo leve porque los banco por una cuestión ideológica. Me duele la decepción, nada más.

·        No hay nada más triste que ver a un escritor sin nadie a quien firmarle el libro. Es la demostración empírica de la tragedia que es dejarse hasta los huesos en una historia y que nadie le dé pelota, o que te miren al pasar con un gesto de incomodidad.

·        Tiffany Calligaris (Buenos Aires, 1988) es la estrella nacional de la literatura para adolescentes. La larga cola de fans lo demuestra. Había un pibe de seguridad y todo. ¿Quién es? Le pregunté a mi esposa y se encogió de hombros. La literatura para adolescentes es, digamos, especial. ¿Es de aventura? ¿De fantasía? ¿De ciencia ficción? ¿Es una versión reducida en su espesor de cada una de esas categorías? ¿Es sólo una nueva tabulación en la base de datos de las empresas? No lo sé. Me pongo contento por Calligaris. Que los pibes lean está perfecto y si leen libros, tanto mejor. Porque estoy en contra de aquellos que livianamente dicen que se lee cada día menos. Sostengo que se lee distinto y que se lee más, que un muchacho de 20 años ha leído hoy más que una persona de estatus cultural medio del siglo XIX en toda su vida. Esto es interesante, pero excede por mucho al tema.

·        Julio Bárbaro no mide más de un metro cincuenta. me dijeron “Mirá, ahí está Bárbaro”. Hice paneo desde el metro ochenta y cinco, no lo vi. Mire más abajo, ahí estaba. Julio, petiso, ronco, peleador, ídolo del club de fans de Puerta de Hierro, ejemplar pateador de goles en contra con la ley de medios. Lo bancamos por historia, no por convicción.

·        El público es heterogéneo, escapa al estereotipo de snob, aunque los hay. También hay docentes, jubilados, gente al pedo, lectores avezados, señoras gordas que leen dos libros al año.

·       Las charlas sobran. Deberían reservarse para la apertura y la clausura. Me lamentaré hasta el día en que me muera no haber escuchado a Quino que es, discúlpenme, el último gran humorista gráfico. Coetzee no me importa porque demuestra la falta de rigurosidad para la elección de los Nobel. Paul Auster, en cambio, que es un gran escritor, podría dar la charla de clausura. Pero Quino es más importante que ellos dos juntos, hay que tomar conciencia de que en una sola tira de Mafalda hay más visión crítica, simplicidad y justeza que en muchos otros grandes nombres de la literatura universal. Y estamos hablando de una tira cómica. Quino, genio y figura. Esta es la expresión de mi lamento, como una elegía, pero desganada.

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¿Qué deja la Feria del Libro? No deja nada, excepto la certidumbre de que es a uno de los lugares donde no volveré a asistir. La fiesta del libro no está en un galpón remozado y con gigantografías de Ñ o de Clarín. Está con el librero de la esquina que sabe que soy un lector maniacodepresivo, que odio tanto ciertos libros hasta que los quiero mucho y viceversa, y que sabe aconsejarme. Porque esto lo sabe todo el mundo: los libreros saben más de literatura que todos los profesores de letras juntos.

La otra fiesta de la literatura está en mi Kindle, aunque sobre esto ya he escrito antes. En mi Kindle he leído: toda la saga de Wallander y me he aburrido bastante; todas las obras de Shakespeare y reí y lloré y lloré y lloré y lloré; todos los libros de Murakami sin entender ni por un momento cómo es que le llegó la fama; Todos los libros de Cormac McCarthy y me he enamorado del desierto; todos los rusos salvajes y hermosos, como Tolstoi, Nabokov, Dotoievsky, Gogol, etc… ¡y a Celine, dios mío, Celine!

El Kindle nos acerca al mundo de los libros y no al revés, tanto más cuando los precios de los libros en papel son privativos. Sin embargo, esto no es excluyente. Considero que ciertos libros hay que tenerlos en un estante para subrayarlos y leer y repensar y escribirle los márgenes en una discusión donde tiempo y espacio se doblan. Los libros en papel no se perderán. Aunque los precios deberían regularse.

Ah, y la feria del libro es  pura cháchara… un evento social de montaje.