El largo adiós del campeón





La película terminó mal, con el campeón roto en la esquina, con la mirada perdida en algún punto indescifrable, porque cuando la tristeza es infinita, cualquier punto de vista es un misterio, excepto lo inobjetable de la derrota.

Martínez, el campeón del boxeo preciosista y arriesgado, de la finta y el visteo, cayó. Quizás su último gran logro fue doblegar a Julio César Chávez Junior, un campeón nacido de las huestes del marketing. Allí, ante un rival duro aunque de fuste relativo, tuvo lugar su última gran lección de boxeo: manos bajas, cabeceo y una velocidad arrolladora hasta que se le paró la máquina, poco antes del doceavo round. 

Después vinieron peleas menores, rivales ignotos y un muy mal trago en Buenos Aires ante un retador de segundo orden como Martín Murray, donde sufrió, sangró y cayó, aunque al final pudo hacerse con una victoria ajustada y para muchos injusta.

Al hoy excampeón se le notaron los meses de inactividad y los años. Cada golpe del contrario lo puso a tambalear. Un show digno de una lágrima porque marca el fin de la carrera de un gran boxeador.

La edad afecta la anatomía, la fuerza disminuye, también la movilidad, las lesiones pasadas se convierten en una pinza siempre latente que estrangula con su amenaza el sueño de permanencia en la luminaria de la elite. Y Cotto, ese  rival pétreo, joven, forjado en la experiencia de perder contra los mejores de estos tiempos, no tuvo piedad. Le bastaron tres minutos para doblegar al campeón con una ventaja de tres puntos y tres vueltas más para que esa ventaja fuera indescontable. 

Cotto, el boricua, que es un gran boxeador a pesar de su físico de welter juniors, aprovechó cada una de las pequeñas ventajas y las convirtió en grandes diferencias. Si esto fuese ajedrez, Cotto hoy se vistió de Karpov: una muralla de nudillos infranqueable, y Martínez fue un Korchnoi, un grande venido a menos que no pudo vender cara la derrota.

Muchos nos preguntamos si después de su última gran pelea a Martínez no se lo devoró el personaje. El de las respuestas picantes frente a las cámaras de televisión. Hoy quizás se lo fustiga por bocón. Pero eso no significa nada. Ali fue un bocón legendario y fue el más grande de la historia, aunque perdió peleas, pudo revalidar su talento en muchas oportunidades. Maywhater es un hablador de antología y no hay nadie que le haga sombra. Martínez, sumado a las lides de los bravucones no tuvo en cuenta el factor ineludible del tiempo. Porque si perdía contra Cotto (como en efecto sucedió), sus palabras quedarían huecas porque con la edad y el largo historial de desgaste, una posible revancha significaría una catástrofe.

Quizás las campanas del retiro le sonaron en Buenos Aires, con la rodilla maltrecha y la mano fracturada, ante una multitud boquiabierta que esperaba una fiesta de escape, amago y contragolpe y se encontró con un campeón deslucido, más allá de todas las excusas, todas creíbles, por cierto.

Mucho se habla hoy de perder a lo campeón, con dignidad y coraje. Sarmiento, Pablo, el hombre del rincón, tuvo la lucidez necesaria para decir basta y evitar un floreo ineluctable del boricua. La tristeza era palpable en esos pocos metros cuadrados del equipo Maravilla. La mirada del excampeón lo decía todo sin mediar palabras, así como también lo hizo su andar errático y flojo, sus manos arriba y sus golpes desmañados.

La tarjeta más dura fue en este caso no la de la derrota sino la del factible y recomendable retiro y, quizás, lo más importante de ser campeón no es perder con dignidad (que vaya a saber uno qué es lo que eso significa), sino saber cuándo decir hasta aquí hemos llegado y dedicarse a recoger el reconocimiento de sus años de gloria, cuando fue el más veloz y, si no el más fuerte, el de una precisión envidiable.

La enorme decepción de verlo a Maravilla flamear por el ringside, con los pantalones caídos y las rodilleras (esas que tanto se empeñó en ocultar) a plena vista, quizás fue necesario para demostrarnos a todos que los años pasan y que el talento se opaca. Pero siempre quedarán los highlights de sus grandes peleas contra Pavlik, Williams o Cintrón, en pleno dominio de sus facultades.

Quedan otros grandes boxeadores argentinos, verdaderas máquinas de guerra como Maidana o Matthysse, pero ninguno de ellos puede abarcar el vacío que deja Martínez por la edad, que es la artesanía del baile, el espectáculo de la sangre convertido en el arte de obligar al otro a pegarle al vacío. Una danza peligrosa, inquietante, pero bella. 

A la estética del boxeo argentino se le ha muerto hoy una gran parte.