Algunas cosas sobre "borrando a papá"


Podemos decir que la mejor publicidad que recibió el documental “borrando a papá” fue el pedido de censura o, eufemismos más, eufemismos menos, el pedido de que no se estrene. Es lógico pensar que, de no mediar esa publicidad no deseada (por, obviamente, quienes desean que la película no vea la luz), nadie o casi nadie se hubiera enterado de su existencia y terminase en el tacho profundo de los fracasos subsidiados por el Incaa.

Estamos grandes para que alguien decida qué podemos y qué no. Así, tiene sentido preguntarse si la presidenta del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la Ciudad, Guadalupe Tagliaferri, y la vicepresidenta de la Comisión de Niñez en la Cámara de Diputados y de la diputada nacional por PRO, Gladys González, vieron el filme. Porque de esta manera entramos en una suerte de encerrona bastante problemática.

Si no lo vieron ellas mismas o algún experto de sus grupos de asesores, dictaron sendas cartas de repudio sin conocimiento sobre el objeto o, lo que es lo mismo, sobre la base de una presuposición o prejuicio, lo cual es grave. Pero si, por otro lado, lo vieron, ¿sobre qué base se sustenta el hecho de que algunos sí y otros no puedan verlo? ¿Tienen acaso el don de la omnisciencia o un estándar moral más agudo al del resto de los mortales? Porque, hasta donde se sabe, si en el contenido del documental hay algo inapropiado, digamos, por ejemplo, una apología del delito o falsedad ideológica, primero debe estrenarse y después denunciarse porque, la censura previa también es un delito.

El Comité Argentino de Seguimiento y Aplicación de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niños expresa su “preocupación” ante el estreno. Habla del intento de “confundir a la opinión pública”.

Aquí subyace algo interesante, una concepción de opinión pública que supone que su composición se da a partir de una masa amorfa, endeble en lo racional y sin capacidad de juicio o, lo mismo, de crítica (comunicación I: teoría de la aguja hipodérmica, que estuvo en boga en los años 30). También señala la pseudocientificidad del síndrome de alienación parental, sobre lo que no hay nada que agregar porque de hecho lo es. Y sigue con una retahíla de descalificaciones para la Asociación de Padres Alejados de sus hijos (APADESHI) que pueden ser ciertas o no, pero que no van al punto. Lo que sí va al punto es la misma pregunta del párrafo anterior, ¿pudieron ver la película? ¿Por qué algunos sí y otros no? En este caso la respuesta es obvia: la “opinión pública” es una runfla de brutos que no pueden distinguir una mano de un pie. El problema consiste en que todos, desde los ignorantes hasta los eruditos, en un momento o en otro, confluimos en esa categoría imprecisa.

Así,  “sin querer queriendo” y casi como un telegrama, se concibe el “Efecto Streisand”. Porque ahora, hasta a los que ni siquiera les interesaba el documental, la temática, las relaciones parentales ni el cine under argentino, van a mirar por lo menos los primeros quince minutos para ver de qué va eso que pusieron tanto empeño en ocultar.

No está demás remarcar que no apoyamos el contenido del documental, el cual desconocemos por la simple razón de que no lo hemos visto, y apoyar sin conocer es tan grave como repudiar sin conocer. Por lo demás, sí apoyamos el estreno para, entre otras cosas, hablar con propiedad no sobre los motivos de la dilación del estreno y de los pedidos de censura, sino sobre la cosa en sí, como debió hacerse desde un primer momento.