Los cantos de Maldoror y otros textos | Conde de Lautreamont (Isidore Ducasse)



La obra de Isidore se resumió en dos años. Porque la vida de Isidore fue así, amontonada. Una exhalación.

24 años, orilla a orilla, Francia-Uruguay. Hijo díscolo de un embajador. Acomodado, un poco, digamos, por la renta y sin mayor preocupación. Soledad. Infección. Muerte. Fin.

En el medio, entre la orilla y el fin, los cantos de Maldoror. Algo así como una oda romántica al veneno y al mal: “En pocas líneas dejaré establecido que Maldoror fue bueno durante los primeros años de su vida en los que conoció la felicidad; ya está dicho. Luego descubrió que había nacido malo: ¡fatalidad extraordinaria! Ocultó su carácter lo mejor que pudo durante muchos años; pero finalmente, a causa de esta contención opuesta a su naturaleza, todos los días le subía la sangre a la cabeza, hasta que no pudiendo soportar más ese género de vida, se lanzó resueltamente por el camino del mal”.

Del gran libro de Ducasse se imprimieron 10 copias en Bélgica. Se archivaron en un cajón y se arrojó la llave al mar. Por las dudas, dos veces la llave al mar. Las encontraron muchos años después los surrealistas –cuando eran una vanguardia–, necesitados de padres, de historia y de un monstruo en la legitimidad. Desde ahí, la obra de Isidore tiene un recorrido sinuoso entre el olvido y la espectacularidad. Pero lo que es cierto es que no es para espíritus débiles.


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