Madrigal | Pere Gimferrer



Pasó el tiempo de ser, con los árboles vivos,
las espuelas del viento, las ojivas del mar;
el tiempo de los ojos del aire fugitivos,
el tiempo de las olas en su marisquear.

El tiempo en que la noche no sabría olvidar
que con el alba enciende el carmín los olivos;
el tiempo de los huesos en esquejes cautivos,
donde las nubes prenden sus labios al azar.

Donde la luz expende al metal sus recibos
mis ojos no sabían ya volverte a mirar
sin la pinza del viento en andenes argivos:
el sol atrida muele los ojos del palmar.

La espina de las aguas tendidas a secar
en la pira del bosque de los fletes y arribos,
donde el árbol marino, mástil de macasar
sobre la luz rizada, voz de los pinos divos,

me dirá tu palabra, el florín de tu andar
en las postrimerías de los oros esquivos;
siempre al sesgo se escapan los puñales furtivos
cuando tu cabellera dora la bajamar.

La cuchara de arena dorada del aduar
no indultará en el viento los hogares votivos
que han prendido tus ojos en los fuegos pasivos
y mi marinería en el oscuro mar.

Desde ahí, incandescente, podré verte pasar,
cuando espeluzna el viento la noche de los chivos;
extravagantemente mis ojos inactivos
van en tu perla y luz a desembarrancar.


(Tornado. 2008)

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