Dos poemas de Ahmad al-Shahawi




HUÉRFANA SOMBRA

¿Qué reservas tú para dentro de un año?

Tan sólo las máscaras,
            un cielo, exilio,

lugares que crearon tus pies,
aire que, por azar, pasó por el ojo de la aguja,
un libro lleno de equívocos sobre la marcha de mi secreto
hacia la letra de tus manos y la puerta de tu lengua,

éxodo devoto hacia un dios
que, dormido, olvida las normas de su credo,
almohada de sueños
que revive muertos,
oscuros lienzos colgados de alambres
de un cielo desprendido de la mano de un carcelero,
imágenes de una ausencia que, tras recorrer la Tierra,
vuelve a su poeta paciendo niebla,
aves solitarias que cruzan inmóviles vientos
hacia el olvido,
hastío que hiere el son de la flauta
antes de refugiarse en su escondrijo,

agua de alquimia de la nada
que filtra tiempo de la edad de la luz,
corola de cosas que atraviesa el árbol del sueño
y baja al pozo sola,
enamorada de nombres tatuados en un cielo,
río que nace en tus manos y luego vaga
hacia una pila abandonada por la leyenda en la canícula,
que declara el luto del génisis, de la cabeza del trono
y de un mar que, de la sal, prende lenguas de fuego.

¿Qué reservas tú más que una flor de acacia
que recuerda tiempos de desamor,
sombras de candelas muertas,
caballos hechos de partículas de polvo,
y palomas que se aman en la niebla?

¿Qué otra cosa que un cielo de lánguida voz,
una ausencia que toca sus dudas,
cae de la ventana de la palabra
como un verso que ha sobrado al poeta
y, ahora, duerme al pie de la puerta como sombra
huérfana?

¿Qué otra cosa reservas tú
más que una letra que ha sobrado a la lengua de nuestros mayores
y muere sola en su soledad:
no le valió ninguna revancha.

Nadie sabe dónde estás.
¿Dónde está el supremo nombre?
¿Dónde está en la Tierra el árbol de tu perfume?
¿Dónde estoy yo de ti, dónde?


NADIE PIENSA EN MI NOMBRE

Nadie piensa en mi nombre
al haber puesto el sol en el infierno,
al haber perdido el cielo cuya sabiduría acaba de morir,
después de haber entrado solo la morada del cero, precedido por una
sombra negra.

Deliro en la lejanía,
cuelgo mi letra como una estatua rota,
entono una canción con un sentimiento de pérdida
me amortajo con el agua seca,
me hundo en la eternidad herido por noches perversas,
mis pájaros agonizan silenciosos y cabizbajos.

Aislado subo por el aire
hecho una flauta
huérfana.

Me llega el llanto del mar por mi,
recorro la luz
por si así llevo el sonido al fuego.

Nadie piensa en una cueva silenciosa
nadie piensa en un ángel perdido en la multitud,
nadie entreteje con estrellas un fuego,
nadie pinta los ojos con la imagen del mundo,
nadie deja al nieto de herencia una lámpara apagada.

Me vence el sueño
porque nadie se fijará en un nombre fugaz,
ni ningún espejo me ha de reconocer jamás.

Olvidado en lo desconocido,
letra final del final de la noche.

Me extiendo como un hilo asesinado por el habla,
nadie nos protege del frío,
nadie vuelve la cabeza cortada a la luna,
tengo extendida la palma de la mano,
y mi destino se ata a sus ojos. 



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