El espigón más largo, el aviso y el crawl | Héctor Viel Temperley



Vengo de comulgar y estoy en éxtasis,
                                        aunque comulgué como un ahogado,

mientras en una celda
     de mi memoria arrecia
     la lluvia del sudeste,

  igual que siempre

embiste al sesgo a un espigón muy largo,
y barre el largo aviso
de vermut que lo escuda

con su llamado azul,
casi gris en el límite,

para escurrirse por la tez del mundo
hacia los ojos de los nadadores:

dos o tres guardavidas,
dos adolescentes

y un vago de la arena que cortaron
con una diagonal

el mar desde su playa.

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis
junto al hombro del kavanagh y de cara

a la escuela de náutica
y al plátano,

hacedores de fuego que me impiden
flotar con éste entre esos pocos hombres

que allá –solos y lejos con la puma
del espigón desierto–,

mecidos como sábanas

y cobijando, ingrávidos,
la vida en ese extremo

de monedero roto,
de chubasco enfrentado,

desasidos de todo
piensan en el regreso:

descansan; se dan vuelca –en silencio–, y se tienden
otra vez boca abajo,

con un brazo apagando los graznidos
de las gaviotas

y las alas.


Vengo de comulgar y estoy en éxtasis
contemplando unas sábanas
que sólo de mí penden

sin querer olvidar que en esta balsa,
de tiempo que detengo y de escafandra

con pasos de mujer,
nunca fui absuelto

en el adolescente y en el viento

ni en la cuerda de crawl, que de los hierros
cavernoso comienza
a separarse;

ni siquiera en las manos deslizándose
ni en el agua –que corre entre los dedos–

ni en los dedos, ligándose despacio

para remar con aprensión
de nuevo

allí donde no hay mesa para apoyar los brazos

y esperar que alguien venga
desde su pueblo a visitarnos;

nadie fuma ni duerme, y –en días
de gran calma–

sobre el plato de un hombro

puede viajar un vaso.


Vengo de comulgar y estoy en éxtasis
y no me está mareando un sexo, una fisura,

sino una zona:

el patio de esa escuda
de náutica sin velas –¡cuerpo solo!–

donde unos niños ciegos,
envueltos en miocardio,

con tambores y flautas
reciben a las costas;

la carne comentando,
ya hasta en la espalda,
el frío

–que asciende repentino donde parte el océano

y las yemas, heladas,
en su Pudor se pierden–;

y el miedo que, en el vientre, de su piel hace párpado

–entre el ojo que tiembla
y el ojo del abismo--,

y es cordel, por el pecho, de la voz que naufraga

en el aire que hierve, despedido
corno sangre,

en los pómulos tronantes.


Peces de cima,
cajas bamboleadas.

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