Tres poemas de Czeslaw Milosz



LA HUIDA

Cuando nos escapábamos de la ciudad incendiada,
En el primer camino campestre volviendo atrás la mirada,
Decía yo: “Que la hierba cubra nuestras huellas,
Que en las llamas se callen los gritantes profetas,
Que los muertos a los muertos cuenten lo sucedido.
A nosotros nos tocó crear una generación nueva y violenta,
Libre del mal y de la dicha que ahí han existido.
Sigamos”. Y la espada de fuego nos abría la tierra.
1944, Goszyce

DESPEDIDA

Te hablo después de los años del silencio,
Mi hijo. No existe Verona.
Trituré el polvo de ladrillo entre mis dedos. He aquí lo
que queda
Del gran amor a las ciudades natales.

Oigo tu risa en el jardín. Y el olor
De la primavera loca corre por las hojas mojadas hacia mí,
Hacia mí, que sin creer en alguna fuerza salvadora
Sobreviví a otros y a mí mismo.

Si tú supieras cómo es cuando de noche
Uno despierta de repente y pregunta
Al oír el corazón palpitando: ¿Y tú qué quieres más,
Oh insaciable? Es la primavera, canta el ruiseñor.

La risa infantil en el jardín. Primera estrella pura
Se abre encima de la espuma de las colinas cerradas
Y a mis labios de nuevo regresa el canto ligero,
Y de nuevo soy joven como antes, en Verona.

Rechazar. Rechazar todo. No, es eso.
No voy a resucitar nada ni regresar a lo pasado.
Dormid, Romeo y Julieta, en la cabecera de las plumas
rotas,
No levantaré de la ceniza vuestras manos unidas.
Que el gato visite las catedrales abandonadas
Luciendo con su pupila sobre los altares. El búho
En la bóveda muerta que construya su nido.

En el mediodía caluroso y blanco la serpiente entre los
escombros
Que se asolee sobre las hojas de tusilago y en el silencio
Con un círculo resplandeciente que ciña el oro inútil.
No volveré. Yo quiero saber qué es lo que queda
Al rechazar la primavera y la juventud,
Al rechazar la boca carmesí
De la que fluye en la noche bochornosa
Una ola de calor.

Al rechazar el canto y el olor de vino,
Los juramentos y las quejas y la noche de diamante,
Y el grito de las gaviotas detrás del que sigue corriendo
el brillo
Del sol negro.

De la vida, de la manzana rebanada por un cuchillo de
fuego,
¿Qué semilla se salvará?

Créeme, hijo mío, no queda nada.
Sólo la pena de la edad viril,
El surco del destino sobre la palma de la mano.
Sólo la pena,
Nada más.
1945, Cracovia

OECONOMÍA DIVINA

No pensé que viviera en un momento tan particular.
Cuando Dios de las alturas rocosas y de los truenos,
Señor de los Ejércitos, kyrios Sabaoth,
humillara tan dolorosamente a los hombres
permitiéndoles actuar como ellos quieran,
dejándoles conclusiones y no diciendo nada.
Fue un espectáculo que de verdad no se parecía
a un ciclo secular de las tragedias reales.
A los caminos sobre los pilares de concreto, a las ciudades
de vidrio y hierro,
a los aeropuertos más extensos que los estados tribales
de repente les faltó el principio y se desmoronaron.
No en un sueño sino en desvelo, porque sustraídos a sí
mismos
duraban como dura solamente lo que no debe durar.
De los árboles, de las piedras en el campo, hasta de los
limones en la mesa
Huyó la materialidad y su espectro
Resultó un vacío, un humo en la película.
Hormigueaba el espacio desheredado de sus objetos.
En todas partes era en ningún lugar y en ningún lugar en
todas partes.
Las letras de los libros se volvían plateadas, vacilaban y
desaparecían.
La mano no podía trazar un signo de la palmera, ni un
signo del río, ni un signo del ibis.
Con la algarabía de muchas lenguas se anunció la
mortalidad del habla.
Fue prohibida la queja porque se quejaba a sí misma.
Los hombres, tocados por un tormento incomprensible,
Se desvestían en las plazas para que su desnudez llamara
el juicio.
Pero en vano añoraban el horror, la piedad y la ira.
Demasiado poco motivados
eran el trabajo y el descanso
y la cara y el pelo y la cadera

y cualquier existencia. 

Versiones de Jan Zych

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