Tres poemas de René Char



LA ILUMINACION DE LA PENITENCIARIA

Quise que tu noche fuera tan corta que tu madrastra taciturna envejeció antes de haber concebido los poderes de la vejez.
Soñé con ser a tu lado ese fugitivo armonioso, de la persona apenas indicada, cuyo beneficio provenía de camino triste y de angélica. Nadie se atreve a hacer que se retrase.
El día se ha encogido repentinamente. Perdiendo todos los muertos a los que amaba, despido a ese perro la rosa, último viviente, verano distraído.
Soy el excluido y el colmado. Terminadme, belleza que se cierne, ebrios parpados mal cerrados. Cada llaga pone en la ventana sus ojos de fénix despiertos. La satisfacción de resolver canta y gime en el oro del muro.
Aún no es más que el viento del yugo.


EL TUGURIO DEL HISTORIADOR

La pirámide de los mártires asedia la tierra. Durante once inviernos habrás renunciado al día de la esperanza, a la respiración de tu hierro rojo, en atroces hazañas psíquicas. Cometa asesinado de un golpe, habrás rayado con sangre la noche de tu época. Que la prohibición de creer domine esta página desde la que tu tomabas impulso para sustraerte al gigante entorpecimiento de espina del Monstruo, a su contencioso de degolladores.
¡Espejo de la murena!  ¡Espejo de la fiebre amarilla! ¡Aguas de estiércol de un fuego liso tendido por el enemigo!
Dura a fin de poder armar un día aún mejor lo que tus manos de otro tiempo no habían hecho más que rozar bajo el olivo demasiado joven.


ALGUNAS VECES EL ORDEN LEGITIMO ES INHUMANO

A quienes comparten sus recuerdos, la soledad
los recobra, al punto se hace el silencio.
La hierba que les roza nace de su fidelidad.
¿Qué decías? Me hablabas de un amor tan lejano que llegaba hasta tu infancia
¡Tantas estratagemas se emplean en la memoria!

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