Tucumán absoluto | Solo tempestad (M).





Este libro lleva las marcas de mi impaciencia: las puntas abolladas por el traqueteo en la mochila, los lamparones verdeoscuros del mate, mi letra apretada en los márgenes, los subrayados en HB de las muchas frases que resultan exquisitas y una salpicadura de pintura blanca en las tapas que aún resulta un misterio. También lleva las marcas de lo que aprendí de Deleuze: leer a pesar de todo, aun cuando por momentos no se entienda y parezca un bodrio; captar el ritmo de la escritura y dejar que el sentido aparezca.

Pretérito perfecto (Eduvim, 2015), no es fácil. Es una novela infinita, total y extenuante. De tal modo, que al escribir una reseña de poco más de quinientas palabras a posteriori de ese huracán del lenguaje, se siente no sólo la injusticia de decir tan poco sino también lo limitado del propio léxico. Después de 40 días de compartir momentos maravillosos y frustrantes, queda un sentimiento de pérdida, como quien despide a un buen amigo –quizás, también, algo molesto y denso–, para siempre.

Para leer la reseña completa: Revista Solo Tempestad.

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