Virgo | Josu Landa


Corre la especie
y puede entenderse
que se dice
sin miedo a volutas barrocas
el estallido de las órbitas
calcinado el suelo vacío
de los puntos cardinales
desleídos los glifos de las aves
en la altura que nadie descifrará
y se perderá lo que ya es perdido:
el silencio lívido de los ríos sin agua,
los bosques sin miembros,
los prados sin hebra:
la creación toda
imposibilitada de nombrar.

No siempre ha sido así
pero ahora corre la especie,
aumenta la velocidad,
crece la tensión,
se inflan los capitales,
revientan los cementerios
a despecho de las banderas dictadas por la esperanza
y las ínsitas panzas ubérrimas:
llanto del esperma infecundo.

En el ópalo de la intemperie
y en la plenitud inquieta de los mares
yace el hálito enrarecido de todos los muertos:
milenios de polvo, huesos y ceniza
escupidos por una boca saturnina
que trilla hijos e hijos de hijos sin parar...

Así que corre la especie
traspasada con espanto
por la centella turbia de la muerte:
lo que es calcinar
la semilla de otro mundo
tras el equinoccio:
algo simple
cuando la vulva de la noche
solapa un rosario de matrices
encendidas para encender
el denso abismo del placer:
algo teñido en demasía
con el regusto metálico del dolor
y más ahora
que no es sólo luz o tiniebla
lo que desparrama el paso del viento.

También la virgo:
la que estremece de inocencia hasta a los lobos
se trasuntó en constelación:
todo un reino,
todo un mundo de injusticia
por veinte estrellas
o puntos álgidos de eternidad.

Tenemos una tentación:
cosa de ánima y de ánimo:
el yelmo y las sandalias de Hermes:
el camino de Perseo:
una obnubilación arcaica
como el latido milenario del corazón,
como el rubor en la máscara de la diosa:
el vientre-mundo en medio de jaguares
o madre de la madre del hombre
también ataviada con un manto de estrellas
sin olvidar los plumajes seminales
y las mariposas de obsidiana:
llámese Tonantzin,
llámese Coatlicue:
siempre abierta a la espuma fértil
del divino Miembro.

Según se vea
hay paraíso para rato
pero lo que se dice
es que corre la especie
cuando más:
que se propaga:
no que contempla
y por ahí medran con facilidad
uno, dos, tres infiernos y más:
un reino oscuro
como la sed de sangre
inmerso en el seno sutil de lo eterno.

Hay que agradecer
la lejanía del asedio rapaz
que todo quede entre el ojo y la forma
como dando lugar
a las áureas alas de los dioses
cuando necesitan remontar las entrañas del día.

Hay que oficiar
el vuelo rasante del estornino
y la placidez de las gaviotas al viento
mientras vislumbran la presa
bajo las escamas del océano
como para enterrar
en la tumba de la ceguera y el olvido
la macabra ley
de criaturas fuertes
viviendo de la carne de los débiles.

Hay que agradecer
la savia y frutos de los árboles que quedan
pero también el excremento
y aun el decremento
el declive hasta un núcleo mate:
nido del fin
más el embrión de lo puro:
rumbo así hacia el pléroma:
la incandescencia o faz de los cielos,
las lenguas de luz fluyendo desde el sol,
el fuego de la flor y de la tierra

a la vista y bajo tierra.
De ahí
esa virgen altiva
y su ropaje de galaxia.

De ahí
el eco en los tímpanos del hombre:

sierpe eres y en sierpe te convertirás.

(Alisios, inédito) 

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